miércoles, 21 de abril de 2010

La nube delatora

Aunque parezca inverosímil, una nube de cenizas y cristales ocasionada por un volcán en erupción en Islandia, ha sido capaz de producir el cierre del espacio aéreo europeo durante seis días seguidos, con distintas afectaciones. Tan sólo hoy empiezan a estar operativos todos los aeropuertos, todavía con restricciones, especialmente en el Reino Unido, uno de los países más perjudicados.

Esta grave situación geológica tiene consecuencias políticas, por cierto no menos graves, además de las evidentes pérdidas económicas para las aerolíneas, los pasajeros y las empresas afectadas, directa o indirectamente. En primer lugar, desde un punto de vista de la Unión, parece totalmente injustificable que los ministros de Transporte de los Estados miembros tarden cuatro días en reunirse desde el surgimiento del problema el pasado jueves.

Sencillamente no se puede aducir ningún tipo de obstáculo institucional para que la reunión se produjera y se pudiera tomar una decisión conjunta de forma inmediata. Cierto es que el caos vino producido por las autoridades de seguridad aérea, cuya consecuencia es que el temor ha podido sobre cualquier otra consideración, y no se ha planteado ningún plan alternativo a la situación real de caos. Tan grave ha sido la falta de previsión, y tanta la descoordinación real, que durante esta crisis todas las autoridades afectadas han tenido que remitirse a una única fuente de información, un ordenador que realiza simulaciones desde la Met Office británica. A partir de los datos que Londres emite, cada país decide por sí mismo si cierra sus aeropuertos.

No hace falta ser un avezado experto en materia comunitaria para deducir que este funcionamiento va en contra de la lógica de un espacio interior sin fronteras. Es pertinente que nos preguntemos si la eliminación de las fronteras terrestres no tiene su paralelo en el aire. Más allá de especulaciones filosóficas, es innegable que ante una catástrofe natural imprevista, a menudo no queda más que la resginación, pero no es aceptable políticamente la indefensión que han sentido centenares de miles de europeos dejados a su suerte en territorio comunitario.

Además de la evidente parálisis política y la incapacidad de respuesta rápida, esta crisis ha evidenciado dos cosas: la primera es la necesidad de eliminar la fragmentación del control del espacio aéreo, que además de provocar costes adicionales al transporte por avión, ralentiza su funcionamiento y merma la eficacia; y es por ello que Eurocontrol (Organización Europea para la Seguridad Aérea) debe dotarse de plenas competencias; y la segunda es hasta qué punto se paga cara la ausencia de una red transeuropea de transporte terrestre, verdadera alternativa al transporte aéreo. Concretamente, es incomprensible que España, que lleva 24 años formando parte de la Unión Europea, todavía tenga un ancho de vía distinto al resto del continente, además de una red de transporte exigua, además de totalmente anticuada.

Entretanto, las compañías aéreas piden responsabilidades a los gobiernos por la decisión de cancelar todas las operaciones unilateralmente, y en este sentido exigen compensaciones a los gobiernos por sus pérdidas económicas. Los representantes de los Estados han afirmado, cada uno a título individual, que esas ayudas podrían llegar, siempre que se justifiquen correctamente, aunque también debemos preguntarnos hasta qué punto los Estados (o los contribuyentes) hemos de asumir la carga de cualquier imprevisto de esta naturaleza. Una vez más, la Unión no dispone ni de instrumentos normativos ni de dotación presupuestaria para afrontar una crisis. Cada Estado miembro decidirá por su cuenta, mientras Bruselas se ve totalmente maniatada, más allá de las buenas intenciones que ha expresado Barroso, quien ha aprovechado para denunciar la precariedad de medios económicos de que dispone la Unión Europea.

El otro día, reflexionaba en soledad sobre cómo la naturaleza y el universo nos imponen de vez en cuando unas buenas dosis de humildad. La nube del Eyjafjallajökull, además de dejar totalmente paralizado a un continente durante cinco días, ha certificado las limitaciones y la vulnerabilidad de la Unión Europea.