martes, 2 de marzo de 2010

La Europa del 2020 en controversia

Cuando afrontamos el debate sobre el futuro de Europa, siempre surgen visiones alternativas, como es natural en toda controversia política o ideológica. El problema de raíz en la Unión es que hasta ahora desconocemos con exactitud quién toma qué decisiones, y sobre todo quién responde por ellas.

La gravedad de la indefinición se multiplicaría si no fuéramos capaces de dibujar mentalmente dónde y cómo queremos estar a diez años vista. El calendario avanza implacable. Tras la implementación del Tratado de Lisboa, los inicios coyunturales tan inciertos y complicados no han propiciado la fluidez decisional (en el contexto de los cambios institucionales que estamos experimentando en la Unión). Estos primeros meses se están mostrando altamente conflictivos, particularmente en los países de la Eurozona, que han debido tomar decisiones drásticas para penalizar a los países más alejados de los objetivos presupuestarios. La lentitud no deja de ser una manifestación simbólica del propio anquilosamiento de unas instituciones comunitarias, que se ven maniatadas por las subterráneas batallas políticas nacionales.

El bloqueo institucional se percibía hasta ahora en la falta de logros concretos en materia de modelo político compartido, en la ausencia de liderazgo económico, en la inexistencia de política exterior, y también en esa extraña legitimidad que no convence a todos. Hoy puede concretarse de un modo especialmente visible en la falta de eficacia. El gobierno de Europa se muestra ahora mismo incapaz de internalizar la asimetría que la crisis económica está agudizando dentro del territorio comunitario.

Mañana miércoles, la Comisión de Barroso presentará su propuesta definitiva para la Estrategia 2020. La canciller Merkel ha rechazado el documento, tras su análisis previo, aduciendo que vincula logros económicos concretos a la tradicional contención presupuestaria, definida por los objetivos del Pacto de Estabilidad y Crecimiento instaurado en 1993 con Maastricht, cuando se diseñó la estrategia de la unión monetaria.

Objetivamente, y en vista de los datos reales que manejamos, parece que no le faltan razones a Merkel para temer, aunque la Estrategia 2020 que presenta la Comisión, es a nuestro juicio tan realista como imprescindible, cuando ya se ha más que constatado el fracaso de la Agenda 2010, aquella que en el año 2000 definía una estrategia para que Europa fuera la economía del conocimiento más competitiva de todo el planeta en el año 2010. Ya estamos en 2010 y no se han cumplido objetivos, ni en índices de empleo, ni en competitividad, ni mucho menos en capacidad tecnológica. Nadie podía predecir el gran colpaso financiero que nos asola desde hace dos años, pero aún así la incapacidad de implementar el proyecto de la Agenda 2000 tiene que ver con el nulo margen de maniobra de que dispone la Comisión europea.

Porque no nos engañemos, la Comisión es el órgano ejecutivo, y Barroso, su actual presidente, se comprometió personalmente a darlo todo por conseguir superar los obstáculos de los intereses nacionales y trabajar por articular una gobernanza europea de verdad. Por ello, y ante el parón económico actual, Barroso ha optado por dar un impulso al gobierno económico imponiendo logros concretos: aumentar el gasto en I+D del actual 1,9% al 3 %, e incrementar la tasa de empleo (entre 20 y 64 años) del actual 69% hasta el 75 %.

Ahora bien, podemos preguntarnos a qué se debe el rechazo inicial del gobierno alemán a estos loables adjetivos. El rechazo no se debe a los ojetivos establecidos en la Estrategia 2020, sino a que estos logros se vinculan en el proyecto realizado por la Comisión al tradicional objetivo de control del déficit. Es decir, el ejecutivo comunitario considera que exsite una vinculación directa entre la política fiscal y el déficit, y por ello es pertinente que se establezcan preguntas del estilo de: ¿Es capaz un gobierno de contener el gasto y a su vez aumentar la inversión pública en I+D? ¿Qué políticas de creación de empleo se van a fomentar desde los gobiernos nacionales?

Si la Unión impone objetivos de inversión y empleo, al tiempo que exige reducir el endeudamiento, la incidencia sobre las políticas nacionales será evidente. Es decir, el texto viene a reconocer eufemísticamente que el gobierno europeo incidirá sobre los presupuestos públicos de los gobiernos. Merkel teme que muchos Estados no puedan soportar dicha presión.

¿Quiere decir esto que Merkel es contraria a una mayor coordinación económica en la UE? No, aunque alberga recelos, seguramente relacionados con la asimetría de comportamientos fiscales en los Estados miembros. Es perfectamente comprensible que sorprenda que sea así cuando, precisamente por ausencia de supervisión y por mal funcionamiento de los mecanismos de alerta previa, los ciudadanos alemanes se pueden ver afectados por el mal comportamiento de Grecia. ¿Cómo es posible que Grecia, Italia, España o Irlanda vengan incumpliendo los criterios del PEC sin haber sido penalizados? Paradójicamente, este mismo argumento es la causa del escepticismo de la canciller, porque ella fundamenta sus temores en otra ecuación, la resultante de que ciertos Estados miembros se escuden en los objetivos macroeconómicos para justificar el incumplimiento de las restricciones en el déficit público. Hecha la ley, hecha la trampa, y nunca mejor dicho.

Con todo, y comprendiendo los temores de Merkel, es precisamente la gran crisis de la deuda pública que sacude Europa la que demanda una actuación, no ya coordinada, sino integrada. Por ello, los temores a un intervencionismo europeo no es que sean infundados, es que deben asumirse, para aquellas eventualidades en que la coyuntura no acabe de ser favorable a los objetivos de crecimiento y pleno empleo. Es innegable que los precedentes nos hacen temer comportamientos free-riding de ciertos Estados, aquellos que tienden a incumplir el deber de la contención, que ahora debe ser la triste prioridad, para garantizar la supervivencia de la moneda única que, recordemos, une a 16 Estados y a 330 millones de europeos.

También es cierto que la coordinación económica debe traspasar la línea, y que sólo un gobierno que establezca parámetros de fiscalidad y presupuesto comunes puede precisamente evitar los comportamientos abusivos de los Estados miembros con más problemas para salir de los ciclos económicos recesivos. Ya es hora de que la práctica de los buenos consejos entre vecinos se transforme en objetivos vinculantes, cuando la Unión Económica y Monetaria ya tiene casi 20 años de vida.

Para generar eficiencia, el cuidadoso diseño de las políticas es tan necesario como el imperativo del libre funcionamiento del mercado. Los fracasos de estas décadas hablan por sí mismos. No se trata de que las instituciones europeas moldeen las economías, sino de algo tan obvio como que la realidad económica culmine en realidad política, en una jerarquía institucional ante la que todos los Estados deban responder, porque de otro modo la ciudadanía seguirá percibiendo el entramado institucional europeo como algo amorfo, gris e incompetente. No nos lo podemos permitir. Esta vez, estoy con el jefe del "gobierno europeo", el señor Barroso. Mañana en Bruselas puede darse un paso fundamental hacia la Europa política.