sábado, 6 de marzo de 2010

Entre Bartleby y Europa

Narra el genial Vila-Matas cómo Schwob creó en sus Vidas imaginarias personajes reales que protagonizaban hechos fantásticos, como Petronio, que viviendo en las nubes acaba por escribir historias tremendamente imaginativas, para acto seguido atreverse a vivir lo que ha escrito, hasta que termina por renunciar a la escritura. Borges, que tenía un gran olfato literario, recuperó la historia. Con el olfato literario se nace, como con el poder emocional o el instinto inversor. Una, que sigue en el tortuoso proceso de redacción de la tesis doctoral, se autodisciplina en la escritura, verificando cuán exigente es la densidad del tema estudiado para mi temperamento.

Esto del proyecto europeo tiene mucho de ilusión, y por ello de cualidad poética, aunque reconozco que a menudo me aqueja el síndrome de Bartleby, el de la negación literaria que para mí se traduce en la incapacidad de encontrar algo nuevo que contar. Ya hemos hablado en esta bitácora sobre pequeños y grandes episodios europeos, sobre la historia en que se sucede la destrucción primero y la construcción después, una construcción de Europa que a veces se ha hecho a empellones y que, hoy más que ayer, adolece de compromiso ciudadano, sobre todo cuando los más visiblemente comprometidos con su causa son los más dotados para el escepticismo y lo ejercen con visceralidad.

Me piden hoy unos colegas que haga uno de mis resúmenes "entendibles" sobre la Estrategia 2020 presentada por la Comisión esta semana. Confieso que no lo haré, porque tendría que ser demasiado despiadada, no con la Europa de los burócratas o de los supuestos autócratas, porque ninguna de ambas es cierta. Sí es cierta en cambio la Europa de las vaguedades. La política europea es vaga. Se critica a los políticos cortoplacistas porque actúan por condicionantes electorales o de oportunidad, también a los largoplacistas porque no habrán de rendir cuentas de objetivos establecidos para los gobernantes del futuro. Ambas críticas se justifican, pero el ámbito supranacional exige superar ambos enfoques, porque ha de dar respuestas globales que los gobiernos locales serían incapaces de dar, y porque ha de predecir los contextos futuros. Sé que siempre cometo el pecado de esperar demasiado de los que toman decisiones políticas, pero a fin de cuentas las decisiones las seguirán tomando. Esto conviene tenerlo presente para que no bajemos la guardia del control democrático.

Pero no nos desviemos, la estrategia para los próximos diez años era el asunto a tratar, en fin, juzguen ustedes mismos. Lean los detalles estratégicos que nos presenta nuestro gobierno europeo. Por supuesto, todo ello se debatirá y concretará en la próxima cumbre del Consejo del mes de junio. Una vez más los Estados deberán tomar las decisiones políticas, en el marco de una agenda tan ambiciosa como escasamente realista, aunque reconozco que sí me gusta que se impongan controles periódicos y se exijan resultados a los gobiernos (que no pase como con el repetidamente incumplido Pacto de Estabilidad).

Si he de ser elogiosa en algún aspecto, podría decir que es encomiable que la Comisión tenga el valor necesario y la moral para creer que en 2020 seremos más verdes y más ricos, y que incluso desaparecerá el fracaso escolar, porque hasta de ello habla la Estrategia 2020. Yo siempre he desconfiado, y lo sigo haciendo, de los planificadores, pero les aseguro que en Bruselas no planifican, sino que anhelan. Puedo proponerme contarles todos los días qué se cocina en las bambalinas de las instituciones comunitarias, aunque comprendan que en ocasiones -como hoy- caiga de lleno en la nada literaria de Bartleby. Dirán que es por desidia, aunque también podría ser un síntoma de felicidad. Y cuando una es feliz es propensa a creer hasta en los milagros por obra y gracia de "San Barroso", quién sabe si el próximo en la lista del Acta Sanctorum de Juan de Bolando. Cierto es que Barroso y los suyos ambicionan una Europa mejor, más unida y más fuerte. No podría poner objeciones a dicho anhelo. Tengamos fe, es un buen principio, y... un buen fin.