martes, 16 de febrero de 2010

Si hubiera existido una Hacienda europea

El otro día contábamos que a los contribuyentes alemanes o a los franceses no les hace ni pizca de gracia pagar los excesos del gobierno griego, a costa de sus impuestos. Ahora todos hablan del resurgir del eje franco-alemán y se ufanan de que el presidente Van Rompuy quede desdibujado. No se precipiten señores, decir que Alemania es el motor de Europa no es novedoso, y ni siquiera sorprendente, pero aprovechar la circunstancia para desacreditar el proyecto europeo no resiste el mínimo análisis. Parece que la Europa periférica tiene un ciclo económico algo distinto a la Europa central, y ese tipo de perturbaciones ya se preveían cuando se diseñó la unión monetaria. Con todo, es imprescindible valorar objetivamente la gravedad de los hechos. Todo apunta a que Grecia falseó los datos para poder cumplir los criterios de Maastricht y acceder a la Unión Económica y Monetaria y, aún más, que el mundo financiero de Wall Street ha actuado en connivencia con el anterior Ejecutivo griego para manipular los datos suministrados a Eurostat.

En buena lógica debemos plantearnos si en estos términos tiene sentido que Grecia siga en la Eurozona, porque ¿en qué lugar deja la maniobra de rescate a los países que sí actúan con responsabilidad? ¿No parece que precisamente los disciplinados que cumplen con su obligación están siendo penalizados, al tener que soportar el comportamiento irresponsable de los Estados que generan un alto nivel de déficit?

Vaya por delante que soy partidaria de que Grecia permanezca en la Eurozona, pero a cambio de algo que vaya más allá de un mero compromiso escrito. Quien incumplió su palabra puede reincidir. Si el objetivo era la unión monteria, ya la conseguimos, pero ahora es perentorio mantenerla, y esto jamás se logrará sin un gobierno económico supranacional.

Más allá de un análisis profundo sobre la conveniencia de la unión monetaria, el euro nos ha reportado una gran ventaja, que no es otra que la disciplina, es decir la férrea obligatoriedad de mantener reducida la deuda pública. España, y los países con cierta tendencia al endeudamiento público, han encontrado en los criterios de la Eurozona una excusa para disciplinar su comportamiento. Esta es una buena noticia para los que creemos que el libre mercado sin trabas es el sistema económicamente óptimo, a pesar de que sigamos creyendo que el estado del bienestar no es algo a extinguir, aunque sí merecería una revisión profunda (responsabilidad compartida de los servicios universales, por ejemplo).

Aún así, el tiempo nos ha dado la razón a los que siempre hemos defendido un gobierno económico europeo, incluso una Hacienda de la Unión, porque el caso de Grecia (y de los países que están poniendo al euro en dificultades) tiene mucho que ver con gobiernos que han incumplido ejercicio tras ejercicio el mandato de la contención del gasto. Probablemente, bajo un gobierno económico europeo no se habría incurrido en tamaño déficit, porque no nos engañemos, algunos Estados han actuado como si dispusieran de la mágica herramienta de las depreciaciones o devaluaciones. En ausencia de ese mecanismo, un gobierno tiene en la política fiscal su instrumento más útil para contrarrestar los ciclos recesivos. Y más, en ausencia de soberanía monetaria, como es nuestro caso o el griego, la soberanía fiscal parece carecer de sentido.

La visibilidad del rescate de un Estado cumplidor al Estado irresponsable rebela que la fiscalidad debe dejar de ser una cuestión nacional, que la coordinación económica, que ha predominado desde la Agenda 2000 en la Unión, es del todo incapaz de dar resultados.

Con todo, dadas las grandes disparidades en cuanto a culturas fiscales en el continente, parece una aspiración a largo plazo. Difícilmente un británico, acostumbrado a poca presión fiscal, estaría dispuesto a soportar la carga impositiva de un sueco. Y más aún, en el supuesto de que se instaurara un régimen fiscal europeo, éste debería ir acompañado de competencias en industria, trabajo, políticas sociales, energía, desarrollo, etc. porque es obvio que no todas las regiones de la Unión Europea tienen las mismas necesidades de inversión, ni todas pueden ofrecer lo mismo. Pretender que los Sillicon Valley a la europea proliferen por la UE es tan absurdo como querer convertir todo el sur de Europa en un balneario.

No obstante, la gravedad de la crisis nos ha traido una excusa para reforzar el gobierno europeo, máxime porque es muy oportuno en la situación de riesgo que está atravesando el euro en estos momentos. ¿Se habría evitado el descalabro griego de existir una Agencia Tributaria Europea? Probablemente.

Y sin riesgo a equivocarme, la primera ventaja sería que el rescate no sería tan evidente ni tan visible, ya que los propios griegos estarían contribuyendo de forma indirecta a salvar a su estado de la bancarrota, ¿no parece más equitativo? Otro de los posibles beneficios es que se podrían tomar medidas drásticas y poco agradables a los distintos grupos de presión, ya que Bruselas pagaría los platos rotos de las decisiones fiscales impopulares, ventaja que por otro lado manejan a la perfección los gobiernos de los Estados miembros.

Aunque no podría terminar sin mencionar una desventaja, posiblemente una Hacienda europea sólo sería viable para la Eurozona, con lo que los once países que están fuera de ella entrarían en una dinámica de integración variable, con el riesgo de que algunos Estados de los que están dentro (por intereses concretos, ciclos económicos recesivos, etc.) acabaran en algún momento cayendo en la tentación de abandonar el club o entraran en comportamientos free-riding , táctica abusiva que implica el uso de bienes públicos sin asumir su coste (un ejemplo de free-rider sería el comportamiento de Grecia dentro de la Unión Económica y Monetaria). La doble velocidad de integración, o la integración económica en grados tan dispares sería peligrosa para el futuro de la Unión, ya que minaría la credibilidad y sobre todo las perspectivas de estabilidad del proyecto de construcción europea, lo que acabaría por situarnos en una metafórica periferia del mundo, irreversiblemente debilitados.