miércoles, 24 de febrero de 2010

La lacra del debate identitario

Hace un par de semanas, en Francia, hubo una polémica tras la intención del gobierno de reforzar los signos de la identidad nacional, con medidas anunciadas por el primer ministro Fillon, como la inclusión de la bandera tricolor o el canto de la Marsellesa en los colegios, provocando un debate en el que se han llegado a confundir los conceptos de identidad nacional con la inmigración.

A mi juicio es un craso error que en el seno de Europa se produzcan estos viejos debates, más cuando Europa está derribando a gran velocidad todas sus fronteras internas. La discordancia entre el derribo de fronteras y la capacidad institucional para gestionar los nuevos cambios es la que genera una incertidumbre en la sociedad, que puede acabar acarreando graves consecuencias, los conocidos brotes de xenofobia, la proliferación de partidos extremistas, y más, porque estos debates identitarios tienen una fuerte raigambre nacionalista, y por tanto son peligrosos para Europa. A la Historia me remito.

Por ello, una vez más debo saludar las reflexiones del flamenco Verhofstadt, en este artículo aparecido hoy y que no ha pasado inadvertido. El líder de ALDE en el Parlamento, y ex presidente de los belgas, afirma entre otras cosas que el concepto de identidad "no resulta adecuado para conformar una sociedad que viva en paz y bienestar". Y sigue en esta línea cuando manifiesta que " la noción de identidad es un síntoma de nuestra incapacidad para aceptar el mundo tal y como es".

La identidad de un individuo no depende de la identidad del vecino, simplemente es. Creo que en una Europa de los ciudadanos sobra esa obsesión por delimitar identidades. Como bien predijo Monnet, Europa no se construirá sobre las soberanías nacionales, porque ellas conformaron el pasado. ¿Hasta qué punto debemos buscar esas identidades o fomentarlas? Ni siquiera la superposición de múltiples identidades nacionales, o subnacionales, parece aportar nada a la suma de fuerzas que necesita Europa para ser esa Europa del futuro que todavía no sabemos exactamente a dónde va, pero que con certeza no será la Europa de las Naciones, porque aquella es la del pasado, la de nuestro desastroso pasado de enfrentamientos y destrucción.

Aquella Europa que, citando a Verhofstadt, era "incapaz de solucionar sus problemas". Por eso, dejar que en Europa hoy se incidan en los particularismos difícilmente ayudará a que juguemos un papel significativo en el mundo multipolar del siglo XXI, lo que a mi juicio no significa que las regiones no deban cobrar protagonismo, al contrario.

Desde mi punto de vista no es contradictorio, en términos políticos, dotar de mayor capacidad de decisión y protagonismo institucional a las regiones y gobiernos subnacionales, al tiempo que se fomenta la coordinación de las políticas económicas y de cohesión desde un gobierno supranacional. Las regiones son a priori las entidades de gobierno y gestión política que se muestran más eficaces y más transparentes para los intereses del ciudadano, no obstante el derribo de fronteras internas en Europa debe fomentar la intercomunicación entre esas regiones, y no el aislamiento que presupone la creación de nuevas barreras, incluso culturales.

Sería absolutamente pernicioso derribar fronteras nacionales para levantar nuevas fronteras regionales. Si el futuro de Europa, como predijo Monnet, ha de ser posnacional, el debate identitario que procede en todo caso será el debate sobre nuestra identidad como europeos, poniendo el énfasis en lo que une, no en lo que separa, porque -e insisto en citar a Monnet- "los hombres de las distintas naciones pueden lograr prácticamente cualquier objetivo que se propongan, si logran unir sus recursos y energías, y evitan frustrar los esfuerzos del otro, mediante la obsesión por lograr sus particulares y estrechos objetivos nacionales". Creo que no hay mejor antídoto para los que tengan tentaciones nacionalistas que tener a mano las Memorias de Jean Monnet.