miércoles, 17 de febrero de 2010

¿Hasta que no toquemos fondo?

No, no, si al final tendré que darle la razón al inglés más ácido de Bruselas. Lean este artículo, firmado por el escéptico amigo Charlemagne. Sin que sirva de precedente, lo suscribo o, mejor dicho, comparto su conclusión (más que sus premisas), aunque a regañadientes. Y es que me viene perfecto como corolario a mi propuesta de ayer (ya saben, aquello de la Hacienda europea), o la lejana utopía del gobierno federal europeo. Utopía por falta de motivación, pero sobre todo por ausencia de necesidad. Visto así, hasta que no estemos hundidos en la miseria y no haya más remedio, nadie pondrá manos a la obra en la construcción de un gobierno económico. La unión fiscal no reforzará la unión monetaria si no hay unión política, suponiendo que la primera fuera viable, que no lo es hoy porque faltan piezas en el puzzle.

Es un debate intelectual que viene de antiguo, tanto que ya en el XIX Tocqueville y Stuart Mill trabajaron por identificar las condiciones para que las federaciones funcionaran con éxito, entendido éste como el compendio de los beneficios que aportan los grandes estados, es decir paz, bienestar y orden, y las ventajas de los territorios más pequeños, en concreto el desarrollo de la autonomía individual. Lo que no significa que las federaciones puedan librar a las sociedades de los males endémicos que suelen aquejarlas.

A pesar de que los federalistas europeos veamos similitudes con el nacimiento de los Estados Unidos de América, tiene razón Charlemagne cuando dice que la nación estadounidense no se creó para sostener al dólar. El fundamento de la idea federalista es la resolución del conflicto entre las diversidades sociales, individuales y colectivas, así como de la consecución de los intereses de los actores, como pueden ser bienestar económico o seguridad.

El federalismo fue un sistema útil para conseguir esos fines de los actores, de los estados de la confederación norteamericana. La federación logró acomodar las unidades constituyentes de una unión en el proceso de toma de decisiones del gobierno central, mediante un acuerdo constitucional. No obstante, para algunos la noción de federalismo se ha ido dotando de un fundamento moral a lo largo de la historia, confiriéndole unas virtudes inherentes relativas al respeto, la tolerancia o el reconocimiento mutuo.

El modelo federal norteamericano ha venido definiendo el punto de partida conceptual e histórico para todas las federaciones posteriores, y a partir de aquél la federación ha sido un modelo normativo, descrito en términos institucionales como medio para el reparto de soberanías y la limitación del poder ejecutivo y, dado que la federación reduce el riesgo de un gobierno central despótico, de un modo particular como grarantía de preservación de la libertad.

¿Hasta qué punto las elites políticas europeas están por la causa de la libertad? Mejor no indagar demasiado esa vía, pero ¿y si las elites políticas europeas empiezan a ver costes de oportunidad por doquier?

Tal vez, sólo tal vez, entonces el vínculo causal entre libertad y federalismo podría dejar paso a algo nuevo: la fuerza de la necesidad. ¿No les recuerda esto al método incremental de Monnet? Hoy más que nunca empiezo a percibir que tras la crisis puede haber una gran oportunidad, aunque esperemos que no haya que tocar fondo para que vislumbremos una posibilidad para la Europa federal.