viernes, 19 de febrero de 2010

Europa y las dolorosas fracturas regionales

Se acaban de hacer públicas las estadísticas oficiales sobre el nivel de riqueza de cada una de las 271 regiones de la Unión en el año 2007. Como era de esperar, arrojan preocupantes desigualdades y alguna sorpresa. El promedio de las regiones españoles se sitúa en 105 puntos, levemente por encima del índice 100, que corresponde al nivel de referencia. Las regiones más ricas se ubican en conurbaciones de Londres, Bruselas, Hamburgo, Praga, Luxemburgo o París. Las más pobres en Rumanía y Bulgaria.

La desigualdad territorial en Europa ha sido una de las obsesiones históricas en el proceso de integración. Por ello las regiones han luchado siempre por dotarse de herramientas institucionales para incrementar su capacidad de decisión en Bruselas, con resultado claramente exiguo. La lógica de los hechos se muestra insuficiente para que haya avances en la cohesión territorial en Europa, y se agrava tras las sucesivas ampliaciones hacia el Este.

La publicación de Eurostat coincide con un encuentro informal, auspiciado por la Presidencia española, que se ha producido hoy en Zaragoza y que ha reunido a los ministros regionales, y ha contado con la intervención del nuevo comisario de Política Regional, el austríaco Hahn, y la flamante presidenta del CdR, la italiana Bresso, quien ha defendido recuperar la misión original del Comité, que es la de satisfacer a las demandas concretas de ciudades y regiones.

Cierto es que la desigualdad regional se ha interpretado siempre en clave de cohesión, y por ello se ha tratado como instrumento para el crecimiento económico, en el marco de los grandes objetivos macroeconómicos comunitarios. Tanto es así, que en la propia Estrategia 2020 se contempla ese objetivo, siguiendo una línea continuista con la ya caducada Agenda 2000.

Apunta Bresso, no sin cierto ánimo polémico, que para que los programas de financiación ya en curso sean mucho más eficaces deberían ser instrumentos de objetivos regionales, y no formar parte de los objetivos establecidos desde el gobierno central europeo. Por ello, Bresso quiere dar la batalla en lograr que se separe meridianamente la Estrategia 2020 de la política de cohesión, que por lo demás es objetivo natural y fundacional comunitario, tal como se recoje en el Tratado de Lisboa.

La preocupación de Bresso tiene que ver con el temor de que se instrumentalicen los fondos de cohesión para los objetivos macroeconómicos globales, porque, como bien recuerda, el sentido de la política de cohesión es reducir las desigualdades y ofrecer a las regiones la posibilidad de extraer lo mejor de sí mismas (recursos naturales, humanos o tecnológicos), y por ello debe ser una herramienta flexible y planteada sobre programas concretos a medio plazo, y especialmente adaptados a los contextos cambiantes de cada región. En algo tiene razón Bresso, los fondos de cohesión han mitigado la desigualdad regional, pero no han evitado que las regiones pobres sigan siendo más pobres, es decir, el fracaso de la cohesión se ve hoy al descubierto, cuando comprobamos que la crisis económica de los últimos años ha acentuado la brecha entre regiones ricas y regiones pobres. Con todo, jamás debe interpretarse la política regional en términos caritativos, como bien decía hoy el comisario, pero algunas regiones padecen la crisis con dolorosa profundidad, y debe seguirse trabajando para que todas se aproximen a la igualdad de oportunidades, para desarrollar sus potencialidades y alcanzar un mejor nivel de bienestar.

Aunque, ¿hasta qué punto puede Bruselas determinar la mejor forma de hacer política regional? ¿Deben tomarse las decisiones regionales en el ámbito comunitario o en cada uno de los territorios afectados? La respuesta es todo menos evidente. Yo siempre me he mostrado partidaria de la centralización pactada -entre los actores regionales-supranacionales- de las grandes estrategias políticas globales, y de la descentralización de su ejecución. He ahí la clave del gran debate sobre el reparto de soberanías. Nuestro debate de futuro sobre la Europa federal, que tarde temprano habrá que acometer.

Si sangrantes fueron las trincheras de las que brotó la idea de unir a las naciones de Europa, hoy ese reclamo viene de las regiones, que necesitan como agua de mayo buenas dosis de cooperación y sabias políticas comunes, que superen las presiones ambiente de los contextos nacionales. Y digo bien, presiones ambiente, porque en ocasiones la voz de las regiones se escucha más nítida en Bruselas, sin el ruido de fondo ambiental... Como sabemos, los momentos de crisis inducen a la toma de decisiones más arriesgadas, la audacia es necesaria en los proyectos inacabados -como es el europeo- y el caldo de cultivo para las decisiones políticas que en momentos de bonanza esos mismos líderes políticos ni se plantearían.

Entre las propuestas de nuevo cuño, con carácter más institucional, están aquellas que exigen que el valor político de las regiones debería verse reflejado en la instauración formal de un Consejo de Ministros de Política Regional. No podría asegurarlo, porque esa idea me hace preguntarme qué representantes políticos acudirían a dichas reuniones, y en nombre de qué o de quién. Pero, sobre todo, ese Consejo ahora mismo carece de sentido porque la Europa de las Regiones es hoy una realidad lejana, realidad que a mí particularmente me defrauda porque seguimos viviendo en una Europa de los Estados, que si bien es cierto que está irreversiblemente siendo cuestionada y asiste a la difuminación de sus fronteras, también lo es que se resiste a fenecer.