viernes, 5 de febrero de 2010

Europa: más allá de la crisis y el miedo

Por fin viernes. No sé si habrá colas en los cines, pero dicen los sociólogos que en el Mediterráneo somos propensos a las huida de la realidad. Desconfío de las generalizaciones, así que creo que muchos irán por puro placer, con la excusa de que sufrir libera adrenalina. Sufriré con la glacial La carretera, aunque voy con la inconsciente excusa de deleitarme con Mortensen, y no por ese canibalismo límite con que los productores quieren venderme el producto, aunque creo que una extraña atracción por lo inhóspito caracteriza a los europeos con antepasados sajones o celtas.

La construcción de teorías apocalípticas varias es probablemente una de las aficiones más ancestrales, que rebrota en los momentos de crisis, que es cuando la gente se siente más infeliz. Tras salir del cine regresarán a la realidad de las facturas e hipotecas, o a una u otra forma de precariedad e insatisfacción. Son las consecuencias concretas de la crisis de los últimos dos años. La prosperidad de antaño y nuestra forma particular y libre de disfrutarla pueden estar en riesgo. 

Hablando de riesgo, no dejen de leer las teorías de Ulrich Beck sobre esto que les cuento del miedo y del riesgo, que condicionan hasta límites insospechados las decisiones económicas y políticas de nuestra sociedad contemporánea.

Desgraciadamente el miedo es una emoción demasiado poderosa. No sé si habían reparado en que el miedo a las crisis (o a la guerra) es el origen de la creación del espacio económico y político europeo. Es un simple mecanismo de defensa ante la amenaza exterior. Hoy la amenaza está también en el interior. La más inmediata es la tan comentada posibilidad de que algunos Estados miembros abandonen el euro.

Sin ser economista, creo que esa posibilidad es remota, aunque no imposible, pero en todo caso depende más de nuestras decisiones que de los gobiernos. Si los ciudadanos e inversores deciden retirar sus activos en euros e invertirlos en otra divisa, obviamente el euro se acabará debilitando. Eso está ocurriendo en algunos países, lo que no significa que la moneda única esté en riesgo, porque la mayoría de las economías de la Eurozona están manteniendo el equilibrio en su ritmo de exportaciones. Los que no han hecho los deberes tal vez deban abandonar, pero el coste sería demasiado elevado incluso para los que sí han cumplido objetivos. Intervendrá el gobierno europeo, es decir la Comisión, como lo está haciendo en Grecia, y a cruzar los dedos.

El primer intento por crear una moneda única se dibujó en el Informe Werner, del año 1969, cuando yo aún no había nacido. No fructificó por la crisis del petróleo de los años setenta, que desencadenó una fuerte tendencia proteccionista de las economías nacionales. La causa: el miedo. Hasta principios de los noventa no se empezaron a cimentar los mecanismos para la unificación de las divisas dentro de la CEE, una vez superada la dura etapa proteccionista de los setenta y ochenta. Recuerdo haber leído a algunos economistas identificar la fuerza que se esconde tras el proteccionismo: el miedo. Jamás la razón. El miedo desencadena la premura y la desconfianza en el entorno económico, especialmente en el internacional. Las alianzas dejan de prevalecer.

El año pasado se reunió el G-20 en un intento por concertar las reglas de funcionamiento de la economía mundial, intento vano, por los nuevos equilibrios Este-Oeste, sobre todo por la presión de China sobre la hasta ahora predominante economía estadounidense. No se ha logrado supranacionalizar el gobierno económico a escala mundial. Europa sí ha logrado regular normas compartidas y ha supranacionalizado el mercado, pero ¿hacia dónde vamos si somos una pequeña isla, prestigiosa eso sí, pero isla, al fin y al cabo?

De las crisis no se sale tal como se entró, de las crisis se sale peor, porque los desequilibrios financieros debilitan al que pierde capital, y los efectos son duraderos. La grandes reorganizaciones económicas mundiales, como el viejo sistema Bretton Woods, se produjeron tras las dos devastadoras guerras internacionales, pero ¿puede extrapolarse a la situación actual un conflicto bélico?

Con el grado de integración política que hay en la Unión Europea a día de hoy, cabría esperar previsión en el ejercicio de las políticas públicas. Se espera que en situaciones difíciles el mandatario inspire confianza y brinde seguridad en lograr su objetivos. Se esperan líderes visibles que mitiguen precisamente ese miedo, el miedo ancestral y hereditario que es enemigo del progreso, que impide emplear lo mejor de nuestro raciocinio para resolver la complejidad de este mundo tan interrelacionado. Y para sobrevivir. Por ahora, es todo a lo que podemos aspirar, y créanme, no es poco. Mi consejo optimista para reflexionar el fin de semana, y poner en práctica, todos y cada uno de nosotros, desde el lunes a primera hora: si luchas por tu futuro, ya estás viviendo tu futuro.