domingo, 28 de febrero de 2010

Con Chile

Ayer sábado fue uno de los días más opresivos de mi vida. Ya hace unos años, cuando llega el mes de febrero, mi hermano suele ir con su familia a pasar unos días a Chile, por motivos de trabajo. El viernes por la noche hablamos con ellos porque acababan de regresar del sur del país, y ya estaban hospedados en Santiago, esperando regresar mañana lunes a España. Tengo por costumbre recorrer la prensa mientras tomo el café del desayuno con mi hija. Ayer sábado a primera hora, Chile aparecía como primera noticia, junto a dos palabras: tsunami y terremoto, y una cifra: 8,8 Richter, dos ochos que se me clavaron como un puñal en el corazón (porque recordé los 7 de Haití).

Con lo dedos temblorosos empecé a marcar los números en el móvil, luego en el fijo, después el e-mail, recurrimos a todo lo que teníamos a nuestro alcance para tratar de dar con él. Todo parecía ser en vano. Por fortuna, al mediodía nos llegó un escueto sms: "estamos todos bien". No es que fuera especialmente alentador, pero respiramos. Aún así, nudo en el estómago. Incapaces de dominar las imágenes que nuestra mente fabricaba sin control alguno…. Mi hija nos dio una lección de madurez, contándonos la experiencia de los niños de Haití de la que habían hablado en el colegio. Era el relato de una niña a la que nada de lo que ocurre en el mundo le es indiferente. Se preguntaba cómo habrían pasado la noche sus dos primitos pequeños. Nos hacía preguntas sobre qué sensación habrían vivido, si se habrían despertado. Pero la gran pregunta es por qué, qué es lo que causa que la tierra se mueva sin avisar, y cómo poder evitarlo. No podemos evitarlo, ni siquiera predecirlo. A medida que nos llegaban noticias, empezamos a sentir un incontrolable temor a las réplicas, ante la angustiosa desinformación.

Al llegar a casa, después de la cena, verificamos de nuevo que sólo funcionaba el servicio de mensajería instantánea, y nos contaban en CNN on line que no había suministros ni de luz, ni de agua ni de teléfono en Santiago, y mucho menos en Concepción, en la zona del epicentro. Hacia las 23 horas recibimos otro sms: “me quedo sin batería”. Se sucedieron entonces varios intentos por entrar en contacto mediante el número de fijo, sin éxito, hasta que por fin a las 12 de la noche descolgaron al otro lado... Conseguí escuchar a mi hermano, con su voz serena, cansada, pero optimista. Fue un momento de inmensa alegría y emoción. Su zona acababa de recuperar el suministro eléctrico, y ahora la preocupación principal era poder marcharse del país, ya que hoy domingo por la noche debía partir su vuelo, y el aeropuerto Merino Benítez había quedado muy dañado.

España ya ha anunciado que mandará 3 millones de euros, y la Unión -a través del presidente del Parlamento europeo, Buzek- fue la primera en anunciar el apoyo incondicional. El terremoto de Chile tiene proporciones superiores al de Haití, y se ha llevado ya a más de 700 vidas. Es una herida abierta en canal en nuestro planeta, una herida sangrante causada en apenas un minuto, que nos viene a recordar la fragilidad de la condición humana y la muerte como hecho definitivo. La muerte que es el inicio de un nuevo viaje, para los que esperamos otra vida, para los que inconscientemente nos preparamos para ello, imaginando que en aquel lugar no habrá tristeza ni dolor, sino momentos mejores que los buenos momentos que hemos vivido en este mundo.

Es humano sentir temor hacia lo que no podemos controlar, ni siquiera imaginar. Pero humano es también el espíritu de superación, y en eso Chile nos está dando una lección.

Mi solidaridad con Chile y mi enhorabuena por demostrar que es un gran país, donde vive gente luchadora por la vida. Es injusto que todo el esfuerzo de los 17 millones de chilenos por construir un país de primera (afrontando tantas adversidades), se vea parcialmente arrebatado por una catástrofe natural. Cuesta aceptar la destrucción de todas esas estupendas infraestructuras, fruto de inversiones privadas y públicas, y del trabajo de los chilenos, que desde ayer mismo están manos a la obra por poner en marcha su nación, sin esperar a que la ayuda venga del exterior.

Santiago de Chile es una ciudad dañada, aunque no tanto como las zonas más pobres del sur, a pesar de que es un país sísmico con una normativa muy estricta en la construcción, pero la segunda ciudad, Concepción, deberá ser prácticamente reconstruida. Sorprende gratamente ver que ante una catástrofe así, los ciudadanos de Chile, lejos de arredrarse, se movilicen liderados por dos importantes figuras, la presidenta saliente Bachelet, y el presidente entrante Piñera. Ambos han dado una gran lección de liderazgo, decisiones rápidas, visitas a pie de obra, provisión de fondos, órdenes estrictas, y así hoy casi todo Chile ya dispone de los suministros básicos e incluso el aeropuerto de Santiago ha empezado a recibir vuelos internacionales. Sólo espero que pronto den el visto a bueno a la apertura de la terminal para que mi hermano y su familia puedan volver cuanto antes a casa.

Un intenso abrazo a los chilenos y mis mejores deseos para el nuevo desafío que afrontan: reconstruir una vez más ese gran país. Gracias por vuestro espíritu de superación.