martes, 5 de enero de 2010

Llegó el momento de España


Justo antes de embarcar rumbo al sol canario para despedir el año, pude escribir entre prisas unas cuantas reflexiones [lean aquí] sobre los protagonistas y retos de la Presidencia de España, que cumple con hoy cinco días de andadura. Después vino el discurso altamente ideologizado de Rodríguez Zapatero, seguramente muy alejado de lo que la ciudadanía europea espera y demanda de sus políticos, pero sin entrar en valoraciones tempranas, volvamos al esquema de lo que esta Presidencia puede representar.

La Presidencia española que inicia su andadura estos días suscita una expectación inusual, ya que España debuta presidiendo la Unión bajo un formato de Presidencia del Consejo totalmente novedoso, en aplicación del recién estrenado Tratado de Lisboa. En un escenario inédito, con la instauración de la fórmula del Trío Presidencial, el gobierno de Rodríguez Zapatero afronta el reto de presidir una institución central en la toma de decisiones que representa la soberanía de los Estados miembros, no sólo en una complicada tesitura política y económica nacional, sino en un contexto institucional comunitario donde todavía está por ver el desarrollo y las funciones de los actores implicados, en particular del belga Van Rompuy y de la británica Ashton, vicepresidenta de la Comisión y jefa de la nueva diplomacia europea desde su puesto de Alto Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, sin olvidar la preeminencia adquirida por el presidente de la Comisión, el portugués Barroso, al frente del órgano que ejerce el poder legislativo en la Unión, que tras la implementación de Lisboa ve reforzada su legitimidad política.

Una de las claves será dilucidar cómo se resuelve la dualidad de mandatos, y así se espera que el Consejo se encargue de la preparación de las cumbres de jefes de Estado y de Gobierno, de las reuniones del Consejo de Ministros, y de la coordinación general de las políticas europeas, mientras que la totalidad de la política exterior quedará en el ámbito decisorio de Ashton.

En términos de agenda europea, el Trío Presidencial, formado por España, Bélgica y Hungría, pactará sus contenidos hasta junio de 2011, abordando la definición de las directrices políticas de las nuevas etapas del Plan de Energía 2010-2012, la Estrategia 2020 de Empleo y Competitividad, y el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia 2010-2014, que sustituye al programa de La Haya.

La agenda internacional se prevé intensa, y España será sede de las cumbres de la UE-Estados Unidos, UE-América Latina-Caribe, UE-Japón, UE-Rusia, UE-Canadá y la Cumbre bianual de la Unión por el Mediterráneo, ocasión de oro para impulsar el Proceso de Barcelona, paralizado por una Unión que ha dado prioridad a las relaciones con el Este, y clave para controlar las políticas de Vecindad, cruciales en términos de seguridad y de equilibrio regional, económico y social en una zona estratégica.

La relevancia del Consejo dependerá de la capacidad de perfilar liderazgos y asegurar la eficacia política de un entramado ciertamente complejo, con el reto añadido de dotar de mayor contenido político las decisiones tomadas en la Presidencia, rompiendo con la tónica dominante hasta la fecha, en cuyas reuniones se han tratado múltiples asuntos con un trasfondo de alta retórica y escasa concreción.

Desde su implantación en 1951, el impacto de las presidencias del Consejo ha sido desigual, ya que ha predominado el aspecto simbólico, formulado sobre los principios de igualdad y representatividad de los Estados, a fin de contrarrestar la naturaleza supranacional que imprimía una institución ejecutiva como la Comisión. Si bien es la cuarta vez que España preside el Consejo (ya lo hizo en 1989, 1995 y 2002), ahora existe un alto y justificado grado de especulación sobre las oportunidades que podría suponer para el Ejecutivo español dar forma a una institución con un organigrama inédito, que presenta la oportunidad de desplegar su carácter más supranacional a lo largo de este agitado semestre.