lunes, 11 de enero de 2010

La inútil arrogancia

La arrogancia es un defecto propio de los políticos de todos los partidos e ideologías, pero especialmente visible está siendo la mostrada por el presidente Rodríguez Zapatero, quien a pesar de haber dejado constancia en la gala del pasado viernes de que el hombre al mando de la Unión es Van Rompuy, no se reprime a la hora de proponer recetas económicas para superar la crisis. Tanto es así que se prodigan las críticas en la prensa europea a la actitud del presidente español, quien ha reclamado objetivos de crecimiento vinculantes (sin especificar cuáles), acompañados de sanciones por su incumplimiento.

Zapatero pretende realizar esta propuesta en la Cumbre del Consejo que se producirá el 11 de febrero a instancias de Van Rompuy, para establecer medidas resolutivas contra la crisis y definir una agenda económica y social para la próxima década. La indefinida y sancionadora teoría de Zapatero va en la línea ideológica mostrada por el gobierno español en los últimos tiempos, es decir el desarrollo sistemático de controles, la burocratización, y la creación de barreras a la iniciativa y el dinamismo económico, más necesarios que nunca.

Lo llamativo de todo esto es que España es uno de los países líderes en incumplimiento del Pacto de Estabilidad y Crecimiento establecido desde Maastricht, y por tanto nuestro país debería ser el primer sancionado, sin olvidar que 7 de cada 10 parados generados en la Unión son españoles. No sorprende así que algunos periódicos, como este alemán, le recomienden una dosis de humilidad a Zapatero, quien lejos de reducir la deuda del Estado español, la sigue incrementando, contraviniendo las más básicas directrices económicas del mercado único, y poniendo en riesgo la presencia de España en el euro. Sumemos esto a la falta de credibilidad de nuestro gobierno, y obtendremos una desalentadora imagen exterior de nuesto país, que en poco beneficio puede redundar para nuestra economía.

En un contexto europeo, cierto es que la falta de competitividad de la Unión reclama de políticas comunitarias integrales, superando el insuficiente método de coordinación que introdujo la Estrategia de Lisboa 2000, y que no nos ha llevado a nada concreto. Los Estados miembros no pueden resolver por sí mismos una crisis cuyos tentáculos se extienden más allá de las fronteras, y aún así parece dudoso que la vía de las sanciones sea eficaz, porque sigue sin ir a la raíz del problema, ¿cómo reactivar y dinamizar el tejido productivo en Europa? ¿Cómo recuperar la senda de la competitividad? Tal como permitía augurar su discurso preliminar a la presidencia semestral, cargado de tintes ideológicos, el presidente español se empeña en reforzar una línea política caduca y contraria a la tendencia general en la Unión Europea, donde la mayoría de países optan por la contención del gasto público y la reducción de impuestos, para superar la crisis con éxito y como solución única para sanar nuestra enferma economía y combatir la lacra del paro. Por eso creo que merece la pena recordar aquella obra del pensamiento político y filosófico de Hayek, porque Zapatero no sólo padece de una arrogancia fatal, sino que además se muestra totalmente inútil para sus fines y lamentablemente para los de todos los ciudadanos, disgustados e inquietos ante la ineficacia de los políticos faltos de escrúpulos y dispuestos a imponer sus creencias, sin admitir su error.