lunes, 25 de enero de 2010

El movimiento europeo en plena forma


Esta mañana, con un tiempo típicamente bruselense en Barcelona, me he dirigido al Parlament de Catalunya, paraguas en ristre, para asistir a una prometedora jornada europeísta, concretamente la XIX Jornada del Consell Català del Moviment Europeu. Ante una sala abarrotada de eurodiputados, periodistas, politólogos y también algunos profesores, empresarios y estudiantes, se han vivido intensos momentos de debate sobre los retos que afronta Europa para ser creíble, las trampas que esconde el Tratado de Lisboa, el papel que debería cumplir la Presidencia española y por fin la fórmula para ayudar a las empresas europeas a triunfar en el mundo globalizado.

En vista de la vastedad del programa esperaba encontrar una buena dosis de la típica retórica vacía, aderezada con algunas palabrejas de la jerga comunitaria. Nada más lejos de la realidad. Tras presentaciones, abre fuego el Embajador en misión especial para proyectos de la UE, Carlos Carnero, quien tiene por costumbre no defraudar como ponente, por su pasión y convencimiento característicos, que hoy ha vuelto a manifestar constatando que Lisboa da vida al movimiento europeo y dota de contenido federal a las instituciones.

Certeramente puntualiza que cuando emplea el término federal lo hace en su acepción más positiva, es decir no centralizado y no burocratizado, sino basado en la gestión compartida. Por ello admite Carnero que Lisboa jamás habría sido el resultado de una CIG (conferencia intergubernamental), y que sin la Convención Constitucional este Tratado jamás se habría pergeñado, de ahí que bautice a Lisboa como el hijo de la Constitución, con una similitud genética del 95% entre ambos, lo cual es mucho decir, y destaca el nuevo y poderosísimo Parlamento Europeo, al que textualmente cataloga como mucho más poderoso que el más poderoso de los parlamentos nacionales de la Unión. Lisboa justifica por tanto, a juicio del orador, el uso de ese instrumento por parte de la Presidencia española para innovar, de ahí que valore la agenda española tan amplia y ambiciosa aún a riesgo, no ya de que resulte anodina como dicen, sino que no se alcancen los objetivos. Por ello desgrana algunos de los retos ineludibles, a saber:

- Lograr que el Servicio Europeo de Acción Exterior esté funcionando en abril de 2010 (nutriéndose de funcionarios ya en plantilla del Consejo y la Comisión, y aprovechando las oficinas de las delegaciones de la Comisión en el mundo, que por primera vez representarán a la UE como entidad jurídica).
- Aprobar y desplegar la cláusula de solidaridad en el semestre.
- Trabajar por el mercado energético común.
- Desarrollar la digitalización del comercio electrónico.
- Concretar el espacio europeo de educación superior (más allá de Bolonia).

Destaca Carnero, no sin cierto ánimo provocador, que tras el fracaso de Copenhague sería inimaginable un mundo gobernado por un G2 sin Europa como actor internacional, de ahí el interés en que el SEAE sea una realidad, y se dote de un reglamento adecuado para empezar a rodar y con el tiempo propiciar una política de seguridad común y una única voz de la UE en el mundo. El optimismo de Carnero no se ve enturbiado por las preguntas más escépticas (o las que directamente atacan a la credibilidad dudosa de Zapatero para liderar "algo") en la ronda de debate, e insiste en que el trabajo en la Unión es un tour de force de visiones enfrentadas, pero que España es un país ahora mismo totalmente al servicio de la causa, y por ello la ambiciosa agenda europeísta presentada por el Gobierno de España se pretende tenga continuidad en las posteriores presidencias belga y húngara. Cosecha aplausos Carnero, a pesar de que no ha respondido a las alusiones a la poca autoridad de España para dar recetas económicas o cuestionar la eficacia de la estrategia Lisboa 2010, dado que ahora mismo incumplimos el propio Pacto de Estabilidad y Crecimiento. Perdonado está porque representa al gobierno español, y esperar autocrítica de un político profesional sería pedir demasiado. Con todo, me llevo una imagen positiva del Embajador y ha demostrado saber qué teclas hay que tocar para seguir por la senda de la integración.

El segundo gran ponente de la mañana, tras una interesante pausa-café de presentaciones imprevistas, es el Director Gral. Asociado de ESADE, Xavier Mendoza, que realiza una brillante exposición aderezada con una no menos sobresaliente presentación en powerpoint sobre la internacionalización de las empresas y las dificultades que éstas afrontan para poder hacerlo de forma competitiva. Aún admitiendo que la UE es la economía más abierta del mundo, y que representa el 30 % del comercio mundial, la irrupción de empresas de países emergentes en la última década ha hecho que estos países sean los que más se han beneficiado de la globalización, algunos de ellos llegando a duplicar la irrupción de empresas, concretamente China y Brasil, que además invierten y están ya comprando empresas de los países desarrollados.

Mendoza alude a la trampa en la que están los países periféricos de la Eurozona por tres razones:
- El déficit fiscal actual.
- La incapacidad de generar superávit externo.
- La imposibilidad de financiar al sector privado mediante los bancos.

Lo curioso es que esto no es que sea coyuntural, es que al parecer es un fenómeno inherente a toda unión monetaria, hecho que propicia que los miembros más débiles siempre deben recurrir a imaginativas fórmulas para mejorar su rendimiento económico, a saber mejorar su tejido productivo, como es claramente el caso de España.

En el entorno de la UE las pymes suman el 99,8% del total de las empresas y generan el 67% del empleo total, y aún hay más, entre 2002 y 2007 el 84% de la creación de empleo en Europa corrió a cargo de las pymes. Justamente el tipo de empresa con menor propensión a exportar. Por ello, Mendoza invita al empresariado a abrir el modelo mental, a pensar a largo plazo, y a buscar mecanismos para soportar las discontinuidades, barreras y dificultades que supone exportar.

Es fácil comprender que los núcleos de innovación son pocos en el mundo y además inaccesibles a las pequeñas empresas. Por ello las políticas públicas deben de una buena vez reflejar las necesidades de las empresas, y facilitarles herramientas para su internacionalización, lo que incluye crear empresas europeas, redes transnacionales, contratar talento de otros Estados miembros y un largo etcétera por recorrer. Finalmente Mendoza rinde un homenaje a los emprendedores y a aquellos que corren el riesgo de innovar y salir a buscar nuevos mercados, y pide el reconocimiento no sólo del auditorio sino de la sociedad en general. Gran ronda de aplausos.

La jornada se acaba con el enérgico Carlos Bru, pdte. del Consejo Federal del Movimiento Europeo, quien reparte una cal y una de arena a cuenta del Tratado de Lisboa, mientras presenta al ilustre invitado que cerrará la jornada, el irlandés Pat Cox, presidente el Movimiento Europeo Internacional y ex presidente del Parlamento Europeo.

Para Bru, tras Lisboa se esconden graves errores, el primero de ellos la desaparición de los símbolos (coincidimos), también la eliminación de la primacía del Derecho comunitario de forma expresa (aunque cabe decir que la jurisprudencia del Tribunal de Justicia Europeo y su jurisdicción sobre todo el territorio garantizaría el cumplimiento de las directivas comunitarias). También denuncia el ponente, y con razón, que algunos Estados miembros se hayan descolgado de la Carta de Derechos, recalcando que atentan contra los derechos de sus propios ciudadanos (como por cierto bien dijimos aquí al excluirla Chequia), y por último rechaza el mecanismo de alerta previa concedido a los parlamentos nacionales sobre toda iniciativa legislativa de la Comisión.

Cierto es que esto último se ha vendido como un logro democrático, pero Bru diagnostica que el hecho de que más de cincuenta cámaras (ya que muchos de los 27 Estados tienen dos cámaras en sus países) puedan dictaminar sobre una ley europea, pone en riesgo el propio funcionamiento de la UE, además de las numerosas situaciones de bloqueo que podrían darse. El debate no es menor, porque pocos minutos más tarde Pat Cox se mostraba muy favorable a ese control de los parlamentos nacionales, afirmando que este mecanismo de early warning doméstico europeiza la política nacional y evita las situaciones abusivas en las que el coste político de las decisiones impopulares se imputa a Europa. Desde ahora el coste político recae también en las cámaras nacionales. ¿Qué opináis? Parece que ambos tienen algo de razón.

Bru no se olvida de lo bueno que nos trae Lisboa, destacando la presencia de la codecisión en el 90% de los casos, la introducción de la Energía como política europea, la legislación común en cuanto a Inmigración, la posibilidad de salida para el Estado miembro que lo desee, y la presencia de la iniciativa europea ciudadana.

Por cierto, no me suena bien lo que han comentado Carnero y Bru al respecto, en el sentido de la propuesta de efectuar un control ex ante de dichas iniciativas, o de imponer un número mínimo de firmas por Estado, así como incluir un tercio de los Estados como requisitos mínimos para aceptar la iniciativa. No parece que sean cláusulas a favor de la libertad ciudadana, sino trabas burocráticas para impedir la libertad de expresión. No sé encontrar justificación democrática a tales limitaciones, que espero no lleguen a implementarse.

Por fin, Pat Cox inicia su disertación resaltando los valores democráticos y las libertades civiles que ha defendido durante más de sesenta años el Movimiento Europeo. Cox alaba el Tratado de Lisboa porque consagra el cierre de un ciclo, los veinte años tras la caída del comunismo con el muro de Berlín.
Agradece a Helmut Kohl que europeizara Alemania, en lugar de germanizar Europa, y señala históricamente las frustraciones de los Tratados de Amsterdam y Niza. Alaba el Tratado actual porque en Lisboa sobrevive la súperestructura política e institucional diseñada en la Convención Constitucional, cuyas consecuencias se perpetuarán durante muchos años, lo que indica que ahora mismo Europa ya ha cubierto el cupo de la innovación política, aunque todavía precisa de un cambio de mentalidad ciudadana, a pesar de que Brecht dijera que es imposible cambiar a la gente. Apuesta Cox por la pasión, y elogia los mecanismos de "check & balance" de que actualmente disponemos, señal de la salud democrática de Europa.

Un tanto irónicamente Cox nos cuenta cómo el planeta Europa está algo alejado del planeta Tierra y caricaturiza lo que los Estados Unidos fueron capaces de hacer por Haití en unas horas, mientras Ashton no iba más allá de convocar una rueda de prensa en Bruselas. La credibilidad política necesita realismo, como la económica, y cierto es que a pesar de la unión monetaria, el polo económico de la UE no existe, ni siquiera harmonización alguna. Buscando eludir el derrotismo típico de algunos europeos, Cox aboga por actuar y y no esperar al diseño de agendas para 2020, y así suelta algunas perlas como remedios presupuestarios:

- Emitir Eurobonos para financiar inversión a largo plazo.
- Crear partenariados públicos-privados para proyectos de infrastructuras europeas.
- Movilizar el dinero público para adquirir tecnología europea.
- Utilizar el BEI para inyectar recursos a la economía productiva.

La exposición de Cox culmina con una invitación a los líderes políticos a no eludir la responsabilidad presente, practicando un realismo ambicioso, y visibilizando la independencia de la Comisión, para dotar de credibilidad el gobierno europeo.

Quedémonos finalmente con esta filosófica reflexión del irlandés: Europa ya es un hecho, ahora sólo falta conquistar a los europeos.