viernes, 29 de enero de 2010

El don de eludir I (mercado energético)

Decía Madison, uno de los padres de la Constitución norteamericana, que el principal objeto de las negociaciones constitucionales es "garantizar el bien público y los derechos privados" y reconciliar ambos ideales en el espíritu y la forma "de un gobierno popular".

Los federalistas estadounidenses comprendieron bien las tensiones que se pueden producir entre los intereses de un ciudadano y los intereses de la nación, y vieron cómo el federalismo permitía reducir diferencias y encajar lealtades. La Unión Europea se está construyendo, avanza a velocidad variable en un viaje sin retorno, que transcurre con cierto éxito gracias a la capacidad de innovación institucional, también a la fuerza de la necesidad que diagnosticaba Monnet hace sesenta años.

Si los estados en Europa han sido hasta ahora capaces de grandes concesiones al poder supranacional, en estos días vemos resurgir nuevas líneas rojas trazadas por los líderes europeos en una nueva carrera, la del don de eludir, que por cierto era el título de una vieja canción sobre el desamor romántico. La elusión viene como anillo al dedo a los que se baten en retirada, también a la ausencia de ciertos compromisos que se van amontonando en los cajones de asuntos pendientes en la política europea.

Si ayer nos referíamos a la política social, pongamos hoy el punto de mira en la política energética, con triple excusa: el cambio climático, la brecha tecnológica, y la dependencia energética. El último informe de la Comisión (plan SET) pedía incluir en el marco financiero 2013-2019 fondos para invertir en reducción de emisiones de CO2, aunque los Estados miembros se apresuraron anteayer a excluir compromisos vinculantes, emitiendo un borrador en el que textualmente dan primacía a los intereses nacionales sobre cualquier consideración global. Afirman asimismo los ministros que el formato preferido será en todo caso la cofinanciación a criterio de los Estados miembros afectados.

Con estos mimbres no sorprende tanto el fracaso de la pasada cumbre de Copenhague. Sin embargo, sí se ha estipulado que el gasto para investigación en el campo energético se triplicará durante la próxima década con inversión privada y pública, aunque la Comisión ha exigido una mayor implicación del gasto público que se recoja en el próximo marco financiero de la UE. Como se apuntaba, los Estados miembros son más partidarios de la cofinanciación, y manifiestan que desean preservar la soberanía nacional sobre los programas conjuntos, solicitando además a la Comisión que desarrolle un marco más predecible y concreto para atraer a los inversores privados. Asimismo reclaman que el BEI (Banco Europeo de Inversiones) ofrezca instrumentos financieros para proyectos de energía renovable, dentro del ámbito del mencionado plan SET, que por cierto se debatirá a instancias de la Presidencia española en el Consejo de marzo en Bruselas, previo a la cumbre anual sobre el Plan Estratégico Energético que se celebrará en junio en Madrid.

Sería insensato ser optimista, tras una reunión ministerial del Consejo en la que se ha hablado tan claramente de dar primacía a la escala nacional, ¿cómo va a desarrollarse una estrategia energética europea si no hay voluntad política? No hay ámbito donde más claramente se perciba que no se toman decisiones en clave de interés ciudadano. Acierta la Comisión en exigir más recursos, pero estos recursos no se justifican si no se acompañan de un plan de inversiones transnacional que contemple un mercado energético único, sin barreras, que mitigue la lacra de la dependencia energética exterior de países terceros, y atenúe o haga más soportables los costes que supone la inversión en renovables.

Como bien ha destacado la propia agenda de la Presidencia española, no hay área política donde la delegación de competencias se justifique más que en la Energía. Este caso nos sirve hoy de ejemplo para demostrar el tour de force del que hablábamos el lunes.

Continúa...