miércoles, 16 de diciembre de 2009

Voces por el federalismo en las instituciones

Raro es coincidir plenamente con las opiniones de un político profesional, pero a mí me ocurre cuando leo o escucho las reflexiones del que fuera primer ministro belga, Guy Verhofstadt, actual presidente del grupo ALDE en el Parlamento Europeo. Tradicional defensor del carácter surrealista de su país (conocido por su frase "la belgitud existe"), es un impecable federalista europeo, además de ferviente valedor de la Europa de los vínculos entre ciudadanos libres por encima de las identidades, pero sin renunciar a ellas. No en vano afirmaba hace unos meses -en esta entrevista donde habla sobre los conflictos del estado belga-, que las sociedades multiculturales y multirreligiosas son posibles, como lo fueron en el pasado en Europa.

He aquí algunas de las aportaciones al pensamiento sobre la Europa federal, de un político en activo (y muy activo) que preside en esta legislatura el grupo liberal, y que ha contribuido a que haya hasta 8 comisarios liberales en el nuevo gobierno de Barroso. Verhofstadt no duda al insistir en que Europa necesita mayor federalismo, y ve Lisboa como un paso más hacia una democratización que implique elecciones transnacionales sobre la base de representantes en clave europea.

Este liberal también se declara partidario de una Hacienda pública europea, en que la UE podría administrar los recursos y haría innecesaria la supervivencia de la mayoría de los impuestos nacionales. Siendo los impuestos y el sistema fiscal el fundamento de la democracia, no se alcanzaría una democracia europea hasta que el sistema fiscal no fuera independiente y estuviera controlado por la cámara parlamentaria europea.

Hasta aquí nada nuevo bajo el sol, este el esquema básico que propugnamos los federalistas europeos, en esencia porque es el trecho que falta por recorrer. Todos los pasos previos se han consolidado y la mayoría de actores implicados parecen conformarse con este sistema, que en resumen consiste en trabajar unidos pero individualmente. La prueba de que este sistema fracasa es la propia crisis económica, incluso los fallos en el mercado interior, los incumplimientos de estabilidad presupuestaria en muchos Estados miembros, de los que acaban resintiéndose pro efecto dominó todos los países de la Unión Económica y Monetaria.

El despectivo término que prosperó hace unas décadas, el de la Europa de los mercaderes es en realidad la Europa del mercadeo, el que practican los Estados cuando negocian en términos de foot-dragging, free-riding o incluso pace-setting (es decir subirse al carro cuando se puede sacar ventaja, beneficiarse de la prosperidad del vecino o imponer condiciones), estas estrategias en realidad buscan el rédito político a escala nacional e implican el desprestigio de Bruselas, arma que los políticos locales dominan a la perfección. Pero más allá de especulaciones malévolas, incluso la Europa del y por el mercado ha dejado de tener validez porque en el contexto económico los fracasos vienen dados por la ausencia de cooperación, y por los tímidos intentos armonizadores que no han prosperado por ausencia de voluntad política.

La famosa Estrategia Lisboa del año 2000 tenía por objetivo hacer de la Unión Europea la primera economía mundial. Han pasado nueve años y no se ha logrado, a pesar de aplicar todos los mecanismos que se establecieron allí, simples herramientas de orientación y coordinación (las GOPE, el MAC, etc.), pero que no han implicado compromiso alguno para los Estados.

La falta de voluntad política de los Estados y su temor a perder poder explica la actitud de desidia, y hasta que los ciudadanos europeos no perciban este problema no reaccionarán en favor de una Unión Europea federal, una solución natural que acabaría por hacer de Europa un nuevo actor respetado en el escenario internacional, y que al final será aceptado por los Estados. Tal vez la presencia de la nueva diplomacia europea, que representa el SEAE, siente las bases de una única voz exterior.

En cuanto al peso de las regiones y gobiernos subnacionales la idea es que no es necesario suprimir ni elevar la identidad nacional (o regional) sino resaltar el discurso de una Europa de los ciudadanos. Esta línea de pensamiento es la que defiende Verhofstadt, natural de Gante (Flandes), que cuando es preguntado por la cuestión indentitaria y el peso de los conflictos soberanistas en el seno de Europa, responde que la idenidad regional no es un obstáculo para la federalización de Europa, siempre que se perciba la identidad como algo complejo conformado por múltiples influencias, reconociendo la tradición local pero percibiendo todo el patrimonio común de los europeos. Y señala la anécdota de que precisamente en Gante nació Carlos I de España (V de Alemania), muestra de que históricamente todos acabaríamos encontrando vínculos entre nuestras naciones.

La identidad es algo complejo, compuesto no sólo por el idioma o el origen étnico o el trasfondo histórico, pero el elemento identitario en caso alguno debe ser un arma en el discurso político, cuando la pretensión es que éste sea verdaderamente transnacional. La relevancia estaría ubicada en la soberanía popular, en el Parlamento Europeo, gracias a cuyo activismo se han recuperado en Lisboa algunos elementos federalizantes que se contemplaban en la Convención Constitucional, y no es descartable que esta tendencia sea la tónica en esta legislatura que estamos estrenando.