miércoles, 9 de diciembre de 2009

Unión Europea y multipolaridad

La Unión Europea es una entidad política en continua transformación, no en vano su propio método de desarrollo fue concebido mutable. La situación histórica actual coincide con un momento de crisis de valores y referencias, junto con dos circunstancias que a mi juicio añaden aliciente y aventura al momento, y estos son la velocidad e impredictibilidad de los hechos y la transferencia de poder desde Occidente hacia Oriente.

Muchos lo achacan a lo postmoderno. Para mí el concepto de la postmodernidad es tan ambiguo y versátil que me desagrada su utilización cuando se trata de definir un escenario, ¿o acaso no fueron postmodernas las ciudades renacentistas? Auguran sesudos analistas que una vez superada la crisis económica, el predominio oriental se hará más evidente, otros predicen la decadencia irremediable de Europa a manos de otras potencias de territorios aledaños.

Oriente sigue quedando lejos, aunque las relaciones comerciales son constantes y crecientes, y parece que la economía occidental no se siente alarmada o amenazada por las economías emergentes del sudeste asiático. La Seguridad es harina de otro costal, pues ahí la Unión Europea ve amenazada su estabilidad por una dudosamente gestionada política de Vecindad, en el Mediterráno, en Oriente Próximo y en las fronteras del Este, con Ucrania, Bielorrusia, Moldavia y obviamente Rusia.

La Unión Europea nació con vocación de consolidación interna, pero hoy ya aspira a ser actor global, más allá del tradicional papel de actor modélico en el sentido institucional, donde ya ha plantado el embrión de la gobernanza global en forma de poder blando (soft power). El mundo responde de forma dispar a ese poder europeo, hoy consolida movimientos en la correlación de fuerzas, con las economías emergentes aparejadas a una explosión demográfica (lo que hace prever incrementos del PIB de esas naciones) y que alcanzarán cotas de poder relacionadas con ese índice de riqueza, en especial en China e India, aunque también en Brasil, México o la propia Rusia, a la que por cierto -y no sin razón- nuestros países del Este de la UE ven más como amenaza que como posible aliado, temor que en los últimos tiempos se ha concretado en los cortes de suministro energético que Rusia ha aplicado sobre Ucrania, hecho sin precedentes ni siquiera en la Guerra Fría. He ahí un nuevo reto para Europa, que es de la reforma profunda de sus estructuras energéticas, ya que al no disponer de recursos, depende de la explotación tecnológica de las energías renovables, y de otras medidas como mejorar las conexiones eléctricas entre Estados miembros.

Esto se relaciona con un objetivo estratégico primordial, que no es otro que evitar la dependencia exterior en aquellos elementos claves para la supervivencia, algo que ocurre no sólo en el área energética, sino también en la alimentaria, lo que explica la persistencia de la Política Agrícola Común (PAC) y los subsidios al sector ganadero, pesquero y agrícola.

Por lo demás, globalmente no sería sensato tratar de impedir el desarrollo de esas naciones en emergencia, y la opción inteligente es propiciar ese crecimiento y fomentar cooperaciones para dar respuesta a problemas globales que afectan a todos. Sin dudar de los beneficios de la globalización, ésta también debe asentarse sobre unas bases institucionales que garanticen la igualdad de oportunidades y las mismas garantías para empresas y ciudadanos, algo que dista mucho de la realidad actual.

Europa no debe caer en el proteccionismo para salvar a su mercado de los productos que compiten con ventaja por proceder de países sin regulaciones laborales, medioambientales o sanitarias, pero ¿dónde está el límite? Europa debe también considerar dónde está el límite de su capacidad de acogida a la inmigración, debe resolver la supervivencia de sus sistemas de protección social ante una población que envejece a un ritmo acelerado, incluso debe determinar dónde terminarán sus fronteras. Aunque no sean decisiones acuciantes, sin prisa pero sin pausa la Unión Europea debe decidir qué estrategia tomar como actor global.

Incluso más allá de las instituciones internacionales como la ONU o la OMC, paradigma de la virtualidad orgánica, que a menudo se han mostrado como foros más teatrales que reales. ¿Alguien cree en la eficacia del Consejo de Seguridad o de la Asamblea General de la ONU? ¿Qué países y en qué condiciones toman las decisiones? Demasiada opacidad y la sombra de la sospecha flotando sobre la mayoría de las resoluciones. Pero ¿hay alternativa? ¿Es posible otra/alguna gobernanza global?

La Unión Europea es el mejor ejemplo de la resolución regional de los conflictos globales, y además de forma institucional, mediante la generación de recursos propios, la delegación política, y el traspaso de la soberanía en las decisiones económicas, monetarias y comerciales. Obviamente el proceso ha sido largo y conflictivo, pero los Estados han cedido soberanía hasta límites que nadie podía sospechar hace medio siglo, lo han hecho pausada y racionalmente, y dotando al poder supranacional de instrumentos sofisticados inspirados en los sistemas de gobierno federales.

Sin la fuerza de la necesidad, tal vez la voluntad política jamás habría existido, pero desde la unidad francoalemana hasta la actual anexión de los países ex comunistas, Europa ha demostrado su capacidad de estabilización interna y externa, y es modelo con su sistema de gobierno económico, su arquitectura jurídica e institucional, los sistemas de cooperación policial y ahora con una diplomacia propia.

Contra los que argumentan que la última ampliación ha sido precipitada, yo defiendo que la velocidad globalizadora es la fuerza motriz de la integración en estos tiempos, que incrementar nuestro mercado, nuestra mano de obra, nuestra capacidad de generar know-how es tan apremiante que sencillamente sería desaconsejable la duda o la parálisis integradora. No es una huida hacia adelante, es una apuesta de futuro, de ahí la perentoria necesidad de la reforma institucional que refleja el Tratado Lisboa, que consagra por fin el principio de la mayoría sobre el de la unanimidad, que elimina la posibilidad de veto o las asociaciones de bloqueo que actúan en clave nacional y contra la integración. Por eso Lisboa era necesario, porque Europa no puede perder ni un segundo ante la eclosión de diversos rivales en todo el escenario global.

Siendo conscientes de que los norteamericanos ejercen un poder decisorio en muchos lugares, como por ejemplo en Oriente Medio, a través de su influencia sobre Israel, y de un modo distinto sobre los países productores de petróleo, y asumiendo que el peso económico de Estados Unidos le convierte en el actor individual con mayor capacidad de decisión global, la Unión Europea presenta algunas ventajas estratégicas, no sólo por ser un actor presente en todas las negociaciones políticas internacionales, sino de un modo especial por ser una entidad influyente y creíble, además de por su capacidad institucional interna, hechos que la convierten en el actor político más preparado para afrontar el liderazgo mundial.

La multipolaridad es ya real, palpable y no debe interpretarse sólo en términos de resolución de conflictos, ni siquiera en términos preventivos. El verdadero reto para la UE es interpretarla como una oportunidad competitiva y cooperativa que propicie el desarrollo y fomente la riqueza global, a distintas velocidades, pero interconectando las redes políticas y económicas como se ha hecho en el territorio europeo.