jueves, 17 de diciembre de 2009

Señales de alarma

Se mire como se mire, incluso desde el prisma de un cierto distanciamiento cínico, el pulso de la sociedad que captan los periódicos da señales que invitan al pesimismo, también para los que apreciamos el legado del futuro, aunque para entonces estemos criando malvas.


No es sólo Europa la que somatiza cierta decadencia, recurrente como nos revela su Historia, con un completo corpus de síntomas de dolor causados por los fantasmas de los choques culturales, azuzados por un cáncer llamado victimismo. Hoy recojo el testigo de un diario sueco que define con bastante tino a los países emergentes como "victimistas climáticos". La problemática Cumbre del Clima no parece que vaya a saldarse con un acuerdo útil, no sólo por la actitud de sálvese-quien-pueda de los Estados Unidos, sino por las presiones que ejercen los países en desarrollo a través de su grupo G-77 (fundado en 1964 en el marco de la ONU, que ha crecido ya a 130 países) encabezados por India, Brasil, China o el rico en petróleo Kuwait. La gran paradoja bien identificada en el artículo es que estos países ofrecen una elaborada imagen como objeto que necesita subsidios para sobrevivir, en lugar de proyectarse como lo que ya son, países que compiten con nosotros y con un objetivo potencial por labrarse su propio futuro, ¿es esa la idea de una política climática coherente? ¿Se trata de salvar el planeta? Albergo mis dudas.


Cada vez es mayor mi autoconvencimiento de que la crisis de valores es la catapulta directa a la crisis integral: de los hombres y de las naciones. Mientras muchos de estos países, con economías prometedoras, reivindican a codazos su posición en el mundo globalizado, Europa paga cuotas por emisiones, y sigue padeciendo una endémica dependencia energética de países conflictivos. La misma Europa a la que tanto le está costando encontrar la senda de la competitividad. En nuestro entorno de forma casi imperceptible, aunque cada vez más indisimulada, la división y el conflicto proliferan, lejos de verse amortiguados por los efectos benéficos de la globalización.


¿Indica esto acaso que estamos condenados a aceptar que no nos queda más camino hacia el futuro que el de la lucha por el destino indivudal? ¿Cómo encajar identidades, derechos y deberes de forma equitativa y justa, capeando los riesgo de conflicto? Ya arrastramos décadas de pedagogía de la tolerancia ante la diferencia, pero no estoy segura de que los resultados sean palpables... Nunca sobra recordar los peligros del nacionalismo como colectivización de derechos y patrimonios. Revisemos titulares de estos días: Turquía ilegaliza a los partidos kurdos, Suiza rechaza los minaretes, Bulgaria desea hace un referéndum para eliminar los noticiarios en lengua turca y en Letonia protestan por hacer coincidir en 2010 una cumbre europea con un festival de música rusa, alegando que dicho festival no es representativo de la cultura propia y que ignora la identidad de los letones.


Imaginen por un momento a un personaje de otro mundo repasando los titulares de la prensa terráquea. Concluiría que estamos locos de remate. O hagamos el ejercicio de imaginar a Kant viviendo en nuestra época (que algunos definen como postmoderna), y constatando que apenas se ha avanzado nada en lo propuesto en su inspiradísima Paz Perpetua, donde proponía la legalidad pactada entre Estados iguales (que no entre élites políticas con tendencia al despotismo) como garantía de la paz. Seguimos abismal y casi audazmente alejados del mundo federal que Kant anhelaba. Como leía días atrás en la última novela de Neuman, quizás el único territorio que de verdad nos pertanece es la soledad.