martes, 1 de diciembre de 2009

Goodbye Nice, Hello Lisbon!

Este año damos la bienvenida al mes de diciembre no sólo con esta ola de frío polar que ha invadido nuestra ciudad sin pedir permiso, sino con un motivo de celebración. La brisa lisboeta deja atrás las mediterráneas aguas de Niza, y en lejana remembranza las brumosas Ámsterdam y Maastricht, testigos también de viejas ilusiones. Hoy la Unión Europea es irreconocible, ya no somos 12 como cuando la Comunidad se transformó en Unión, sino 27, y pronto seremos 29 (con Islandia y Croacia), y el ímpetu integrador sigue vivo, crecemos geográficamente y a pesar de ello nos acercamos a la Europa política que pergeñaron nuestros padres fundadores, nuestros referentes perdurables: Schuman, Monnet y Spinelli.

Espero no juzguen mis palabras en términos de retórica vacía porque recordar ciertos valores nunca está de más, no se pueden dar por sentado ya que la historia de abusos contra la libertad, las tiranías, la huella doliente de las decepciones es todavía reciente. ¿Es esto retórica? Lisboa consagra las libertades y los derechos de los ciudadanos, es un documento legal sin precedentes y sin igual en el mundo, por ello insisto, no menospreciemos el privilegio de la ciudadanía europea y el refugio de garantía de libertad y seguridad que nos ofrece. Nunca está de más insistir en que la ciudadanía europea y todo lo que significa institucionalmente Bruselas puede convertirse un día en salvaguarda de la democracia. Imaginen escenarios, no lo haré por ustedes.

Hoy entra en vigor el Tratado de Lisboa, pasamos página en el calendario de la rutina y reescribimos la historia de una Europa parlamentaria de verdad. Con retraso, ya que han transcurrido ocho largos e intensos años desde aquella famosa Declaración de Laeken.

Fue otro frío mes de diciembre. En Laeken muchos creíamos que la Constitución Europea estaba al alcance de la mano, y en aquellos inolvidables meses de la Convención Constitucional, brillantemente dirigida por Giscard, centenares de miles de personas de todo el continente nos involucramos en pensar/dibujar/soñar con una Europa sin fronteras, nueva, transversal, fue un verdadero laboratorio de ideas en que todo parecía posible. En 2005 los franceses y holandeses votaron como votaron, y la Constitución fue rechazada sin que nadie entendiera bien las razones, inconscientemente o no estuvieron a punto de tirar por la borda toda aquella energía europeísta, o de condenarla a la estación terminal donde desembocan las vías muertas. Años más tarde, en diciembre de 2007 nuestros caminos volvieron a encontrarse en Lisboa, donde iniciamos un viaje que hoy culmina.

Para muchos el Tratado de Lisboa es un premio de consolación, lo sea o no, es un hito. Es cierto que presenta paradojas, pues concede más poder a los Estados a través de los parlamentos nacionales, pero otorga un poder codecisorio inaudito al Parlamento Europeo. Y además entierra el concepto de los tres pilares (el comunitario, el PESC y el JAI, jerga tan familiar para los que nos inciamos en esto de los estudios europeos hace unos cuantos años).

Con Lisboa todas las políticas tienen carácter europeo y se despliega un catálogo de competencias, aunque con imperfecciones y asumiendo que los Estados preservan la soberanía en áreas sensibles, como fiscalidad y defensa. Por lo demás, las instituciones europeas se desarrollan y organizan para acercar al ciudadano a la Unión, no sólo por el carácter vinculante que adquiere la Carta de Derechos, sino también gracias al mecanismo de la Iniciativa legislativa popular, o mediante el ejercicio práctico de la subsidiariedad que supone la figura del control previo de los parlamentos nacionales (revisión de borradores legislativos en cada parlamento nacional con mecanismo de "tarjeta amarilla" en caso de disconformidad). Aunque los ciudadanos refuerzan su representatividad por la fuerte presencia del Parlamento Europeo en el control del presupuesto, del poder decisorio en la práctica totalidad de la legislación y de la capacidad de escrutinio y revocación de las gestiones del colegio de comisarios.

Es decir, el Parlamento pasa a tener poderes legislativos y presupuestarios, mientras que el Consejo de Ministros actuará como segunda cámara del legislativo comunitario (sigue siendo legislador pero ahora está coordinado por el Consejo Europeo, que preside Van Rompuy). La federalización también se materializa mediante la incorporación de la mayoría cualificada, y el destierro de la unanimidad, lo que evita que los Estados pequeños o los obstruccionistas creen situaciones de veto, que dificultarían los avances propiciados por países que actúen como motores de la integración.

El Tratado de Lisboa no se llama constitución, pero en la práctica lo es y lo será, y sobre todo es una buena herramienta, aunque en caso alguno será la panacea, máxime si no va acompañada de voluntad política y de la presencia comprometida de líderes europeos capaces de exprimir al máximo las potencialidades del nuevo marco legal. Barroso ya ha anunciado que en esta legislatura su colegio de comisarios tiene el mandato de ejercer sus competencias hasta el límite. Se espera que aquel término que vino a llamarse europeización a partir de los años noventa, cobre nuevo auge, que los Estados miembros sean capaces de implicarse en el proyecto y sobre todo logren transmitir a sus ciudadanos el valor de la Europa política, que den un paso más para romper con la imagen de la Bruselas "eurocrática". El poder del Parlamento debe traducirse en visibilidad y transparencia. Esperamos ver a unos parlamentarios que se "mojen" en las decisiones que pueden ir favor del ciudadano, aunque vayan en contra de los intereses de grupos o Estados miembros. El reforzamiento de la Comisión en paralelo con el poder de control parlamentario son un buen punto de partida para la coherencia de la Europa política, única garantía para ser actor líder en el cambiante mundo multipolar que nos toca vivir.