jueves, 5 de noviembre de 2009

Nuevo Tratado y debut presidencial de España

Dos días han pasado desde que Chequia, el último de los 27, firmara por fin la ratificación del Tratado de Lisboa, que entrará en vigor el próximo 1 de diciembre, mientras David Cameron (en un típico donde-dije-Digo-digo-Diego de los políticos) se apresuraba a rectificar ayer sobre la posible convocatoria de referéndum en el Reino Unido. De modo que Lisboa por fin llegará a la meta de esta tortuosa carrera. No sé si han reparado en ello, pero la atlántica Lisboa entierra a la mediterránea Niza y deja en el recuerdo a las nórdicas Ámsterdam y Maastricht, ciudades que han dado nombre a los distintos Tratados de la Unión Europea. No deja de ser poético que esos textos legales que solidifican la unión entre estados lleven nombres de ciudad, porque las ciudades son típica seña de identidad de la vetusta Europa.

Recuerdo aquel día en que hablé aquí de Ortega, quien consideraba que lo esencial para otorgar el carácter de nación es la idea de futuro común, y ¿no es eso precisamente la Unión Europea? No es una nación ni pretende serlo, pero es la puesta en común de una visión de futuro, aunque por ahora como ni ustedes ni yo somos adivinos, dejémoslo en que el futuro común está por ver, y aunque hay bastante unanimidad sobre las bondades de pertenecer a la Unión Europea, los cambios que aporta Lisboa no tienen precedentes, porque conjugan dos tradicionales ambiciones europeístas: dar más poder al ciudadano y mayor capacidad política a Bruselas.

En esta tesitura, España coge el timón de la Presidencia del Consejo de la UE en enero de 2010, y además estrenando la nueva base legal de Lisboa. El Trío (con Bélgica y Hungría) pactará las agendas, siendo el momento clave para España el primer semestre, en que organizará y presidirá todas las reuniones del Consejo.

El mensaje positivo es que si hay voluntad política es posible evitar que la agenda de los consejos acabe siendo una mezcla de asuntos que se van tratando periódicamente llenando páginas de retórica vacía. Creo que llega el momento de superar la dinámica de los debates informales para empezar a llenar de contenido político las presidencias. España ya anuncia que concederá máxima relevancia a la unión política, hasta ahora inexistente de facto, pero a mi juicio deberíamos no sólo velar por los intereses nacionales, sino proyectar nuestra visión de Europa y fraguarla con los instrumentos que la presidencia de turno brinda.

En principio, el Trío abordará las nuevas etapas de: el Plan de Energía 2010-2012, el Plan de Ejecución contra el Cambio Climático que se acuerde en Copenhague en diciembre de 2009, la Estrategia por el Empleo, y el Espacio de Libertad, Seguridad y Justicia 2010-2014, sustituyendo al programa de La Haya.

Una de las claves será la representatividad en la polarización de la política mundial, y España resultará privilegiada por la agenda, acogiendo las cumbres de la UE-Estados Unidos y UE-América Latina-Caribe (lo que dará a nuestra Presidencia dimensiones euroamericana y mediterránea), UE-Japón, UE-Rusia y UE-Canadá, y la Cumbre bianual de la Unión por el Mediterráneo, ocasión de oro para impulsar el ambicioso, Proceso de Barcelona, ciudad que será sede de la cumbre el próximo junio, que por cierto está totalmente paralizado en una UE que ha dado últimamente prioridad a las relaciones con el Este o a cuestiones como los gasoductos del Cáucaso (túnel Nabucco) para solucionar la excesiva dependencia energética de Rusia. Estas cumbres permitirán a nuestro Ejecutivo demostrar su capacidad de control sobre la agenda en políticas de Vecindad, cruciales para asegurar el equilibrio, además del predominio regional, económico y social en una zona estratégica.

Aún así, esa presidencia tendrá protagonismo compartido con el Presidente permanente del Consejo Europeo, que se estrena con un mandato de dos años y medio, y que al parecer será nombrado la primera semana de diciembre, junto con el nuevo Alto Representante de Exteriores, cuyo nombre también desconocemos a día de hoy. Por si fuera poco estas dos figuras deberán vérselas con el Presidente de la Comisión, el recién reelegido Barroso, quien tiene un poder de gobierno inédito, otorgado por el Tratado.

En cuanto al poder al ciudadano que viene de la mano de Lisboa, éste se manifiesta primeramente concediendo protagonismo a la transparencia, así el Consejo Europeo se reunirá con doble frecuencia y con luz y taquígrafos (hasta ahora las reuniones eran secretas). Además la legislación promovida por la Comisión deberá ser aprobada por el Parlamento Europeo, que controlará desde ahora el 100% del presupuesto europeo. Y más aún, los parlamentos nacionales podrán usar un mecanismo de “tarjeta amarilla”, pues se impone la obligación de enviar los borradores de legislación a las cortes nacionales para revisarlas antes de que la ley entre en vigor. No obstante, lo más visible es la introducción de la Iniciativa Ciudadana, que supone admitir a trámite parlamentario una propuesta ciudadana respaldada por un millón de firmas de cualquier parte del territorio comunitario, lo cual no es asunto menor, pues implica que los ciudadanos podemos emprender la acción política directa sin esperar a que los políticos lo hagan según su conveniencia.

Lisboa además impone la legalidad de la Carta de Derechos Fundamentales (sin precedentes en el mundo) que consagra la protección de ciudadanos y sus derechos sociales, incluida la libertad de información o los derechos de protección social, que han de estar homologados en todo el territorio comunitario, y esto por encima de las legislaciones nacionales, evitando que ningún país de la UE pueda legislar en contra de los derechos de las personas. Atención porque Polonia, Reino Unido y Chequia han dejado expresamente fuera de su ratificación de Lisboa la Carta de Derechos, reduciendo la protección de sus propios ciudadanos. Sin comentarios.

Europa ha mutado, parece que empezamos a recuperar el ímpetu de finales de la década de 1980, lo que nos permite una tregua para seguir soñando secretamente con el proyecto europeo, sin dejar de disfrutar de lo que ahora ya es realidad, y es que el corazón de la vieja Europa late nuevamente tonificado por la brisa lisboeta.