martes, 10 de noviembre de 2009

Europa y la incertidumbre

Tras la huella sonora de la caída del Muro, una imagina un futuro impredecible, tanto como lo fue el pasado. La Europa que nunca debió quedar tras el telón, ahora ocupa el centro geopolítico. Existe un nuevo espacio público europeo, que supera ya al concepto de mínimos definido en Maastricht, hay una pluralidad abierta de medios y de partidos y una cierta constitucionalización por los tratados y, aunque deficitario en términos de Habermas, el espacio público también se ve reforzado por la presencia del mercado común. Cuando se definió el espacio público europeo en el Tratado de Maastricht, había una unión de 12 Estados. Hoy no sólo somos 27, sino que además el presidente del Parlamento de los europeos es el polaco Buzek, y aunque sólo hace dós décadas que Alemania dejó de ser dos y se convirtió en la gran nación centrípeta del continente, quien la preside, Merkel, nació en la RDA bajo el régimen soviético.

Tras tanto sobresalto no sorprende que Europa siga sumida en el desconcierto. Cincuenta años después ni siquiera sabemos lo que queremos. ¿Deseamos todos la misma Europa? ¿Cuál es nuestra idea de Europa? ¿La Europa del mimetismo institucional de los Estados? Hay quien dice que Europa cambió el referente keynesiano por el schumpeteriano, el que pone el foco en una sociedad formada para competir. Lo social ya no es abrir zanjas, sino educar.

Ciertas visiones insisten en criticar una Europa demasiado condicionada por las negociaciones intergubernamentales, paradójicamente son los mismos que recelan de la Unión. Ignoran la capacidad del derecho comunitario a través de su Tribunal para crear jurisprudencia y demostrar día a día la preeminancia de las leyes europeas sobre las nacionales, sin necesidad de recurrir a mayor legitimidad política. Ese proceso formaría parte de la integración negativa o por defecto; dejemos para otro momento la integración positiva, que tiene que ver con el espinoso asunto de la corrección de los mercados. Ese es el gran caballo de batalla. Las regulaciones exigen un nivel de consenso ciertamente costoso, en términos de política interna y de competitividad. En una Europa de más de 450 millones de habitantes la integración positiva es una quimera, cuando ni siquiera puede plantearse una fiscalidad común. La armonización de la protección social o de las políticas medioambientales sería devastadora para la competitividad europea si aspiramos a que todos los Estados miembros se rijan por los máximos, como serían los estándares daneses o finlandeses.

Por ello hay ámbitos políticos que seguirán bajo el control directo de los Estados durante mucho tiempo. Aún así, merece la pena invertir esfuerzos en ese sentido para dotarnos de credibilidad exterior. La trampa es que para ejercer de líderes en el mundo, es decir para que Europa sea el actor posibilitador global de acuerdos normativos, debe ser capaz de armonizar sus políticas internas, que adolecen de un notable caos regulador. ¿No son las grandes multinacionales las beneficiarias de un mundo globalizado en aparente caos regulador? ¿En qué lugar quedan los intereses de los ciudadanos o de las empresas pequeñas?

Póngamos la alerta cuando en nombre de la libertad se atenta contra la propia libertad. Ya alertó Sarkozy de los problemas que Europa afronta para competir en un mundo donde no todos competimos en igualdad de condiciones. No hay libertad si no hay igualdad de condiciones de partida para todos los actores, en el mercado y más allá. Un caso que hemos tratado aquí: la concentración de medios de información atenta contra el espacio público europeo, y aún así existe (en Italia) y no parece que las leyes antimonopolio estén actuando para garantizar el pluralismo. Este es un ejemplo de que puede producirse un ataque contra los derechos individuales cuando la libertad de mercado degenera en otro proceso de puro poder. Para tener crédito exterior y poder ser líderes con el actual desconcierto multipolar en la escena internacional debemos resolver los problemas de gobernabilidad y las desigualdades de partida que todavía persisten entre los distintos Estados miembros. Europa sólo liderará cuando consiga consolidar su consistencia interna.

La consistencia interna se cuaja garantizando la libertad. Libertad individual. La consistencia la han consagrado en nuestra historia desde el Derecho Romano hasta Santo Tomás de Aquino, Lutero, Hobbes o Montesquieu. Y por supuesto Kant, quien puso el espacio público en el centro de la política. Lo hicieron en el arte, donde Europa desde la Grecia Antigua ha sabido dar lo mejor de sí misma a lo largo de los siglos. El arte subyace en las raíces de nuestro espacio público. Y la libertad. En nombre de la libertad se atenta contra la propia libertad, creativa, la libertad de iniciativa, la libertad de elección, la libertad de pensamiento. La libertad de mercado también. Sin olvidar que la libertad es un valor constitucional en Europa, dijo Merkel ayer que la libertad hay que defenderla todo los días. Y añado: deberíamos luchar por dejar a nuestros hijos una libertad corregida y mejorada.