martes, 17 de noviembre de 2009

El mercadeo europeo

Hoy quería dormir pronto, lo he pensado al acostar a la niña, pero antes he caído en la tentación de revisar la blogosfera europea... La mayoría de mis colegas están enfadados con el caos que se vive en las últimas horas sobre los dos nombramientos pendientes. Ha habido una repentina oleada de adhesiones a Blair entre los que piensan que reforzará la imagen exterior de la UE, y favorecerá la europeización del Reino Unido. Estoy convencida de que ambos argumentos son erróneos, ni Blair será capaz de dotar de mayor legitimidad a la voz europea en el mundo que el ministro de Exteriores (léase Alto Representante), ni por supuesto cambiará una tendencia perniciosa en su país (el recelo a la Europa continental), y es que el mismo Blair demostró su incapacidad al respecto en 2005, cuando aprovechó su presidencia europea de turno para bloquear el incremento del presupuesto comunitario, exigió la permanencia del cheque británico y fue obstruccionista a todo intento integrador.

Por lo demás, en estas horas se está planteando el nombramiento del futuro presidente del Consejo en términos yo diría que quasi-morales, por ejemplo cuando se insiste en que dicho cargo debería ocuparlo una mujer. Sin duda, es sensato pensar que de los cuatro líderes -si ya no la mitad- al menos uno de ellos debería ser una fémina para asegurar una representación acorde con la realidad social europea. Hasta tal punto llegan las presiones mediáticas en esa dirección que, en un gesto inaudito, Barroso ha llegado a sugerir en las últimas horas que ofrecerá las carteras ministeriales más importantes a los países que seleccionen mujeres para el puesto de Comisario. A pesar de todo, me atrae la iniciativa de Barroso porque la meritocracia funciona en la Unión Europea, de ello doy buena fe, y debemos felicitarnos por ello, los elegidos serán los mejores, y el criterio de género es un mérito añadido y justo en este caso. Habrá una nutrida representación femenina y ya daremos cuenta aquí del perfil definitivo del colegio de Comisarios. En las últimas horas Irlanda es uno de los que ya ha anunciado que enviará a la señora Geoghegan-Quinn, junto con Suecia que mandará a Malmström.

En cambio, no se está haciendo una buena gestión de los nombramientos de los dos puestos de mando, al contrario, se está fomentando la sensación de opacidad y mercadeo sin transparencia alguna. Y se equivocan los que creen que los que defendemos una Europa Federal apoyamos estas situaciones. La Europa Federal no se fundamenta ni en símbolos ni en identidades (error fundamental de cálculo de los antifederalistas para destruir la hipótesis federal), sino en otros valores inherentes al federalismo, en especial la cooperación y el reconocimiento mutuo. El mercadeo político puede tener unos cimientos amorales que nada tienen que ver con el movimiento federalista.

Atención, sí son democráticas, que conste. Las decisiones que se están fraguando en estos momentos en nuestras instituciones supranacionales se toman por mandato indirecto, y de hecho el Parlamento sólo podría revocar al colegio de Comisarios (cosa harto improbable, salvo que se reprodujeran los escándalos de la era Prodi). Y aún así, aunque estos procedimientos les parezcan a algunos antidemocráticos no lo son formalmente. Los jefes de Estados y las configuraciones del Consejo ostentan el poder de decisión, igual que el presidente de la Comisión tiene el poder de formar el gobierno, y aún así la finalidad es lo que cuenta en la gobernanza europea. No me malinterpreten, no debemos perder de vista que el fin es alcanzar cuotas progresivas y crecientes de integración por un lado, y dotarnos de credibilidad internacional por otro.

La búsqueda de la maximización de intereses es tan humana como la generosidad, la dignidad o la diversidad. Europa está en cambio y movimiento continuo, y no tiene por qué aspirar en estos momentos a ser un súperestado federal, porque eso sería arriesgar nuestro destino político. No extrapolemos los condicionantes de las políticas de ámbito nacional al ámbito europeo, y esta afirmación resulta tan paradójica que sé que roza la tautología, pero no en el sentido en que yo lo digo. Recordemos que también hay trampas de legitimidad en la política nacional, y comportamientos democráticamente dudosos. No creo que debamos replicar los errores estatales a escala europea. Es decir, no traslademos lo que no nos gusta de nuestras democracias a la democracia europea. No dejemos que estas desafortunadas circunstancias del baile de nombres empañen la realidad de que, por fin, la Unión se ha dotado de una herramienta poderosa llamada Tratado de Lisboa...

Y a pesar de todo, creo sinceramente que no se ha superado la era de la retórica y que no estamos lo suficientemente maduros para insertar otros mecanismos. Suena duro, pero estas voces críticas me hacen pensar de nuevo en la sensatez de Monnet, cuando decía que Europa no podía permitirse consultar a todos sus pueblos sobre cada nuevo paso que decidiera emprender. Sabía que ese era el precio a pagar a cambio de unos avances tan aventurados como necesarios, que nos han llevado hasta la integración actual. Las memorias de Monnet nos dan una idea de las crisis de legitimidad que ya por aquel entonces se planteaban, ergo esa crisis está en el origen de la propia integración europea, lo que no significa que deba ser un mal inevitable. A día de hoy no vislumbro mejor alternativa, en una Europa de los Estados-nación todavía debemos resignarnos al mercadeo, porque así es como funciona el reparto de poderes, soberanías y ámbitos de decisión. Conociendo y asumiendo las limitaciones legales, políticas y democráticas, sólo cabe desear que el elegido sea el mejor, y esencialmente que sea alguien que lleve a Europa en el corazón, como yo. Buenas noches.