jueves, 22 de octubre de 2009

Europa, ¿modelo en libertad de prensa?

Ayer se vivió una jornada agridulce en la Eurocámara para los que amamos la libertad en general y la de expresión en particular. La iniciativa presentada en Estrasburgo, encabezada por los liberales de ALDE (a la que se sumaron Los Verdes y otros grupos a la izquierda del arco parlamentario) y que pretendía proteger el pluralismo informativo y contrarrestar la concentración de medios -como está sucediendo en Italia, donde Berlusconi controla casi la totalidad de la prensa- finalmente no prosperó al resultar la votación en empate a 338 votos. En caso de empate el texto se rechaza. Se da el hecho curioso de que las enmiendas previas sí fueron aprobadas, por lo que las tablas en la votación definitiva sorprendieron a propios y extraños, y es que se ha detectado que tres liberales irlandeses se abstuvieron (y al parecer ya han sido debidamente reprendidos) y se sospecha que en las filas socialistas ha habido algún voto en sentido contrario a dicha propuesta, mientras que por su parte algunos populares también optaron por abstenerse.

No es mi papel especular sobre el juego parlamentario, sino denunciar el fondo de la cuestión. Los que estaban en contra evocan el principio de subsidiariedad, es decir dejan el asunto en manos de los gobiernos nacionales. Craso error a mi juicio, porque precisamente la libertad de prensa es uno de los valores esenciales y un derecho reconocido de los ciudadanos, máxime cuando la Carta de Derechos ha adquirido grado de legalmente vinculante en la UE al aplicarse el Tratado de Lisboa, ¿o es que la libertad de información no es un derecho ciudadano?

Así como existen regulaciones antimonopolio para garantizar la libertad de competencia, el legislador debe procurar una situación de igualdad de oportunidades en el área de los medios de comunicación. Voy más allá, en el Informe de Reporteros sin Fronteras, que invito a leer aquí, se cuestiona los retrocesos que algunos países de Europa están sufriendo en esta materia. Se alaba por ejemplo la actitud de Merkel, que a menudo defiende posturas valientes en solitario (por ejemplo ensalzando en China los méritos democráticos de Taiwan), pero la denuncia se centra en un mal más profundo que tiene que ver no tanto con la falta de objetividad de los periodistas, sino con presiones de sus superiores hasta el punto de caer en la autocensura. Se mencionan como especialmente preocupantes los casos de Italia, Rumanía, Bulgaria y Eslovenia, algo que debería ser motivo de alerta.

Es cierto que nadie es totalmente libre al opinar, entra en lo normalmente aceptable que todo periodista tenga su propia visión del mundo, pero vale la pena defender la objetividad y al derecho a la información veraz, y esta sólo está garantizada en el pluralismo mediático, por ello es preciso ir más allá y afrontar el debate sobre la necesidad de establecer una legalidad europea que limite la concentración de medios, para garantizar la pluralidad y no poner en riesgo el propio sistema democrático.