jueves, 15 de octubre de 2009

De mujeres y cargos decorativos

No hay comentarista europeo que se precie que no haya escarbado estos días en la figura de Mary Robinson, excepto esta publicación donde se especula con otros nombres, en una encuesta que cae en los más manidos tópicos, aunque no por ello deja de ser indicativa de lo que subyace en la opinión pública europea. Dejando de lado a Angela Merkel, en mi opinión la mujer política en activo con una trayectoria más digna de elogio, hay nombres nada desdeñables como el del propio Felipe González (quien ya preside el Grupo de Reflexión sobre el futuro de la UE), que jugó un papel crucial en la integración de los países del sur del continente a finales de los 80 y que tiene una tradición europeísta intachable. Aún así, a nadie de los que seguimos las noticias de Bruselas ha podido pasar desapercibida la campaña -orquestada o espontánea- para promover a la irlandesa como presidenta del Consejo Europeo. Tal vez como reacción instintiva ante una posible presidencia del británico Tony Blair, han proliferado apoyos a la ex presidenta de Irlanda, que entre otras cosas ha sido Alta Comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, y ha recibido además del Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales 2006, condecoraciones de Amnistía Internacional o de Barack Obama este mismo año.



Lo cierto es que el debate sobre la primera Presidencia permanente de la UE se está enfocando en términos erróneos cuando se resalta la condición de mujer de la candidata, lo que contribuye a desdibujar el perfil de un cargo ya de por sí escasamente delimitado, más cuando tras los cambios institucionales del nuevo TFUE el presidente de la Comisión se ve reforzado y se apuntala la visibilidad de la UE mediante el Alto Representante de Exteriores. ¿En qué lugar queda la presidencia del Consejo Europeo?



No es un debate menor, y que trasciende la igualdad de género, que por lo demás debería estar fuera de toda duda. Sería natural y deseable que al menos una mujer ocupara uno de los puestos de máximo rango en la actual Unión Europea, siempre que dicho puesto, claro está, no se convierta en un mero símbolo, hecho que no sólo denigraría a la mujer que ostentara el cargo, sino por extensión a todas las mujeres. Pero el quid del asunto es cuál va a ser el papel real del presidente del Consejo Europeo, porque hay dos concepciones distintas de dicho perfil, y así hemos visto cómo algunos primeros ministros de los Estados miembros se han manifestado a favor de un perfil bajo, similar al de una secretaría general que no tome decisiones estratégicas, en cuyo caso cuesta imaginar a alguien de la presencia política deBlair o González en el puesto.



Con todo, no debe perderse de vista que la del presidente permanente es una nueva figura al amparo de las nuevas normas institucionales, y que la primera persona que ocupe dicho cargo imprimirá muchos de los rasgos y funciones que ese puesto tendrá en lo sucesivo. En el caso de que el elegido fuera Tony Blair difícilmente podríamos esperar una presidencia de bajo perfil limitada a presidir las reuniones del Consejo, sino más bien una presidencia ejecutiva y con ambición de influir sobre las instituciones de la UE. Y aún así de la lectura del Tratado de Lisboa una extrae la conclusión de que el Alto Representante de Exteriores va a tener mucho más peso en el desarrollo político de la Unión, además de un cuerpo diplomático a su servicio, si bien no tendrá mucho que decir en política interna de la Unión. ¿En qué posición deja esta circunstancia al presidente del Consejo? Máxime cuando el Consejo se reúne entre cuatro y seis veces al año. No es mucho suponer que el nombramiento de Mary Robinson pudiera resultar en una maniobra puramente cosmética, que con suerte atraerá la atención de los medios durante un tiempo, pero sin influencia real sobre el desarrollo político comunitario.



En ambientes comunitarios hay división de opiniones aunque la mayoría opinan a ciegas, desde los eurófilos defraudados hasta de los euroescépticos declarados, porque sospechan que si la irlandesa se hace con el puesto, de ella dependerá el status que le confiera a su presidencia, más allá de la mera portavocía que implica, y en la práctica dispondrá de una posibilidad histórica, no sólo por el posible eco mediático sino por la capacidad de conferir unas directrices a su mandato con visos de perdurar. La cuestión de fondo, desde ese punto de vista, no son las competencias reales del cargo, sino el potencial de valor añadido y visibilidad que una mujer al frente del Consejo puede aportar.



Y es que aunque las responsabilidades reales estén por definir, no debe subestimarse una figura que podría imponer la coherencia en el caso de que el Consejo llegara a fracturarse. ¿Alguien cree que en una Europa de 27 (que podrían ser 29 en breve) no existe cierto riesgo de fractura en los Consejos? Un presidente con liderazgo y decisión podría llegar a ser muy influyente y respetado en las reuniones del Consejo. Creo que quien ostente el cargo además de representar los valores democráticos profundos que son la esencia de Europa (algunos comentaristas apuntan a que debería proceder de un país que haya aplicado todo el acervo comunitario), debería tener la capacidad de infundir un estilo político propio con influencia definitiva en el perfil del cargo. No olvidemos que sea quien sea el elegido deberá pelear con los jefes de Estado, siempre reticentes a perder influencia. Tal vez Robinson aúne esas cualidades femeninas de la tenacidad y la predilección por el consenso, y sin ser maleable a los intereses nacionales tenga la capacidad suficiente para desbloquear tensiones, preservando la estabilidad que se espera de una Presidencia permanente. Tampoco es descartable que sea una mujer la que se lleve el puesto de Alto Representante (y por ende vicepresidenta de la Comisión), ya que tienen posibilidades las ex ministras de Exteriores Ursula Plassnik (Austria) y Dora Bakoyannis (Grecia). Aunque no nos llevemos a engaño, si hablamos de líderes hablamos de personalismos, y y está por ver si esa será la mejor receta para corregir el desencanto y la desafección que padece la Unión Europea. No es casual que Barroso haya insistido en destacar que "no habrá un presidente de Europa sino del Consejo Europeo". En esta tesitura, la gran pregunta es cómo va a funcionar el nuevo equilibrio institucional con tantas figuras presidenciales en liza.