viernes, 30 de octubre de 2009

Blair no puede ser y Balkenende no me convence

El debate más candente en las últimas horas en los mentideros de la Unión gira en torno a quién será nombrado presidente permanente del Consejo Europeo. Sin entrar ahora en la cuestión del poder efectivo de ese organismo comunitario, es innegable que las atribuciones del presidente serán escasas, como ya explicábamos aquí, aunque también lo es que su figura tendrá visibilidad y jugará un rol notable en la coordinación de los 27, especialmente si hay materias espinosas o desacuerdos en las reuniones del Consejo. Con las modificaciones institucionales de Lisboa la presidencia adquiere el grado de permanente, aunque sólo se prolongará por dos años y medio renovables por una vez. No obstante, existe el riesgo de que un perfil demasiado personalista tenga la pretensión de hacer sombra a los otros dos líderes visibles de la Unión, es decir al presidente de la Comisión, Barroso y al Alto Representante de Exteriores, cuyo nombramiento todavía no se ha producido.
No creo que resulte conveniente para el avance de la integración un perfil de las características del ex premier británico. Es innegable que la candidatura de de Tony Blair -que sólo cuenta con el apoyo del laborista Brown y del italiano Berlusconi- genera mucha controversia, empezando por su dudoso europeísmo, que quedó bien patente cuando él presidió precisamente el Consejo de la UE durante el último turno del Reino Unido, en el segundo semestre de 2005, momento crítico para la Unión, con las perspectivas financieras 2007-2013 bloqueadas (por el veto británico) y por la arrogancia de sus declaraciones insistiendo en el cambio del modelo presupuestario, pero sin aceptar ninguna concesión de su país. No está de más recordar que aquella presidencia británica de 2005 dejó como único saldo el preacuerdo de negociaciones para la adhesión de Turquía (forzado por la presión de los EE.UU.) así como el inicio de las negociaciones con Croacia (concesión a Austria, a cambio de que éste aceptara el preacuerdo con Turquía). Por si fuera poco, el propio Blair manifestó -en la CIG de Roma de 2003 donde se abordó la Convención constitucional- su disconformidad con las funciones del ministro europeo de Exteriores, figura que los británicos quisieron en todo momento desvirtuar. Todo ello manteniendo la posición de exigir una reducción de las aportaciones de su país y negándose a la eliminación del famoso cheque británico, obtenido por Thatcher en 1984.

Por decirlo brevemente, durante su mandato Blair ha ejercido siempre el papel tradicional de los británicos, es decir el de forzar la primacía de los intereses nacionales y mantener la UE en un perfil de organización intergubernamental. Por si fuera poco, en la actualidad el Reino Unido, además de no formar parte de la Eurozona ni siquiera es miembro del espacio sin fronteras de Schengen. Lamentándolo mucho, y a pesar de que Blair me simpatiza personalmente, su candidatura está a mi juicio totalmente deslegitimada por su trayectoria.

Ahora bien, si el Reino Unido goza ya de una larga tradición de protesta por sus aportaciones a la Unión Europea, Holanda no se ha quedado atrás, y se ha sumado desde los noventa al carro de los países demandantes de una sustancial rebaja en sus aportaciones al presupuesto comunitario, caracterizándose ambos países por mantener posiciones férreas al respecto en los Consejos. Tanto es así que Holanda es uno de los Estados miembros que, junto con Suecia, ha recibido compensaciones en la última década. Y me refiero a Holanda porque uno de los otros nombres que suena para la presidencia del Consejo es el de Jan Peter Balkenende (en la foto), primer ministro holandés bajo cuyo mandato tuvo lugar el famoso referéndum constitucional europeo en que resultó vencedor el NO. En su momento gran parte de los comentaristas denunciaron la actitud del ya entonces presidente, quien en plena campaña electoral calificó de "interesantes" los sondeos que auguraban la victoria del NO. Aún así, el holandés ha tenido una actitud de compromiso con la evolución institucional de la UE y en estos momentos tiene más apoyos manifiestos que otro de los candidatos en liza, el presidente luxemburgués Jean-Claude Juncker (que curiosamente se ha autopostulado para el cargo), quien a pesar de ser un europeísta de la vieja escuela y presidir actualmente el Eurogrupo, ha protagonizado sonados enfrentamientos con el eje franco-alemán a raíz de la crisis financiera y la aparición de Luxemburgo con el color gris en la lista de los paraísos fiscales en el año 2008.

En cuanto a los tradicionales equilibrios de ejes norte-sur e izquierda-derecha, parece que los socialistas europeos se muestran más partidarios de obtener el puesto del Alto Representante de Exteriores (que a su vez será vicepresidente de la Comisión) ya que se considera que este puesto tendrá mucho más poder político efectivo. Precisamente hoy se está celebrando en Bruselas una reunión del Consejo Europeo, donde los líderes han comentado este asunto de manera informal, ya que la formalidad no procede hasta que el Tratado de Lisboa entre en vigor y consagre el cargo en cuestión, momento en que se convocará una reunión específica para el nombramiento de esta primera presidencia permanente del Consejo Europeo. Es probable que los socialistas quieran preservar algo de poder en vista de que la Comisión (Barroso) y el Parlamento europeo (Buzek) están presididos por miembros del Partido Popular Europeo.

Para nosotros tiene el aliciente añadido de que ese presidente se estrenará con el Trío presidencial que inaugura España el próximo uno de enero. No descartemos sorpresas de última hora, como ocurrió con el nombramiento del portugués Barroso en 2004, y admitamos que todos los nombres que suenan tienen posibilidades, incluso la propia Robinson de la que hablamos aquí. No sólo por ser mujer, sino además por serlo, porque cierto es que la UE necesita tener una mujer y capacitada, como es el caso, entre sus puestos de liderazgo. Confieso que en lo personal no me convence en absoluto el nombre de Balkenende, especialmente porque dudo de su capacidad para reforzar el carácter supranacional de la Unión. Sea como sea, y con el convencimiento de que el grueso del poder institucional lo preservará Barroso -quien se ha comprometido a impulsar la integración al máximo-, considero que el elegido estará en concordancia con el perfil institucional y con el poder político que se le quiera otorgar al puesto, pero es indudable que quien ocupe el cargo debe tener en su haber una hoja de servicios no sólo intachable sino meridiana y netamente europeísta.