sábado, 12 de septiembre de 2009

Vacas, aunque sean flacas

Si son, como yo, adictos a los productos lácteos, se habrán dado cuenta de que a pesar de la deflación, cada vez pagan más por el brick de leche, el pack de yogures y la tarrina de mantequilla A ningún observador escapa que estamos padeciendo "la peor crisis de la leche en décadas". Ya estamos tan acostumbrados a ver a nuestros granjeros y agricultores sacar los tractores a la calle que ignoramos el problema de gran calado que hay detrás, asunto controvertido donde los haya y en el que todas las soluciones tienen efectos secundarios.

El origen de la situación de ahogo que (me consta) sufren los ganaderos, es la caída en picado de los precios de la leche, debido al descenso de demanda internacional, descenso vinculado a la crisis económica generalizada, y sobre todo a que China ha reducido sus importaciones. Paradójicamente justo en otoño de 2007 el problema eran precios excesivamente altos, ¿qué ha ocurrido en realidad?

Como decía, los adictos a los lácteos lo notamos en nuestro bolsillo. No puede escapársenos que los precios al consumidor han aumentado en un 14% desde 2007, a pesar de la caída de los precios al productor desde esa fecha, por lo que urge analizar qué ocurre en la cadena alimenticia para detectar posibles problemas, y determinar por qué los intermediarios y distribuidores están haciendo su agosto a costa de productores y consumidores.

Es curioso que en Europa se siga hablando de "exceso estructural" de la oferta cuando gran parte del planeta no tiene acceso a alimentos. Lo cierto es que la UE ha dado signos de querer dejar atrás el proteccionismo, y aunque algunos no lo admitan ha fomentado desde el principio la liberalización de todos los mercados, incluido el alimentario, firmando todas las Rondas liberalizadoras desde GATT, y fomentando desde la OMC la supresión de aranceles. Además, habiendo tantas necesidades de alimentos en el mundo con una población de 6500 millones, no debería ser problemático que Europa produjera más alimentos básicos para alimentar al resto del planeta.

La idea, tal vez utópica, es que la industria agrícola europea sea lo suficientemente fuerte y potente como para poder exportar. Ahora mismo el problema es que importamos muchos alimentos a mejor precio, aunque en ocasiones sin las garantías de calidad, seguridad o protección medioambiental que marcan los estándares europeos. De ahí la presión de Europea en la OMC para impulsar un mercado mundial en que todos compitan en las mismas condiciones regulatorias.

Hoy por hoy el problema de los productores de leche es perentorio y requiere medidas inmediatas. Para ello, la Unión Europea se ha propuesto incrementar el consumo interno mediante campañas publicitarias que pretenden finalizar en primavera de 2010. Y en el ámbito PAC ya se anuncia que para minimizar los efectos de la fluctuación del mercado sobre los granjeros habrá que crear una red de seguridad sufragada a partes iguales por la UE, los Estados miembros y los propios agricultores.

En estas semanas la Comisión ya ha intervenido directamente sobre el mercado, adquiriendo mantequilla y leche en polvo, como solución temporal, algo que al amparo de la propia PAC se ha venido haciendo desde la década de los 60. Pero no todo son malas noticias. La crisis actual parece haber tocado fondo y la comisaria de Agricultura, Fischer Boel insiste en que las cuotas lácteas desaparecerán en 2015.

A mí no deja de resultarme chocante que los políticos ejerzan de videntes, sobre todo a medio o largo plazo, y es que incluso esa fecha es controvertida, ya que el presidente de la organización de productores European Milk Board, Romuald Schaber afirma que "permitir que las cuotas de producción desaparezcan en 2015 sólo contribuirá a inundar el mercado de leche". Los productores insisten en que los costes de producción son superiores a lo que ingresan por la venta de leche, lo que es insostenible ahora y a largo plazo.

El debate surge cuando otros sectores económicos, como por ejemplo los autónomos profesionales que están yendo al paro por la crisis, se ven totalmente desprotegidos por las instituciones. Se argumenta desde las instituciones que la alimentación debe tener un trato diferente, ya que se trata de supervivencia y seguridad. De hecho ese fue el origen de la PAC, asegurar el autoabastecimiento de los europeos, que acababan de sufrir la escasez de una larga postguerrra. Imaginemos un escenario de dependencia alimentaria exterior en situación de conflicto global, imaginemos la potencialidad de utilizar los alimentos como arma de destrucción masiva mediante su envenenamiento. Reconociendo que ese riesgo es tan improbable como posible, lo cierto es que tiene sentido preservar una industria agrícola propia, otra cosa bien distinta es subsidiar el abuso de forma sistemática y alentar que granjeros ricos y que no invierten en modernizar sus plantas estén dedicándose a vivir de las rentas, a costa de los fondos europeos que pagamos todos.

Con sus luces y sombres, debemos reconocer que la PAC ha sido durante años un pilar básico de la prosperidad en Europa. Su implantación data de 1962 (con su antecedente inmediato en Benelux de los 40) cuando Alemania padecía escasez de alimentos y Francia tenía a millones de agricultores con ingresos tan insuficientes como inestables. Parece que la regulación era inevitable entonces, y además dado el grueso de población agrícola en Europa la PAC se consagró como la gran política redistributiva. Por ello en sus orígenes la PAC contribuía a la integración positiva, aunque se creó con la idea de ser transitoria, lo malo es que ya se ha convertido en un derecho adquirido.

Hoy algo más del 40 % de los recursos comunitarios se destinan a la PAC, pero no olvidemos que esos recursos sólo suponen el 1% del PIB europeo, es decir un coste irrisorio para el ciudadano en comparación con otro tipo de tasas. Por lo demás los recursos de la PAC se han canalizado tradicionalmente mediante ayudas a la renta de los agricultores, a atender las necesidades del sostenimiento de los precios en el mercado para productos agrarios mediante intervención o subvención a la exportación, y el fomento del desarrollo rural.

Los críticos con la PAC aducen razones económicas nada desdeñables: se distorsiona el mercado, implica un coste para el consumidor (que paga más caro) y el contribuyente (subsidios), y causa sobreproducción, que de rebote produce un daño medioambiental. Pero no todo es malo, la PAC ha operado sobre el mercado sobre los precios objetivo y sobre precios mínimos; también sobre los de intervención (como ahora por ejemplo cuando la Comisión ha tenido que comprar mantequilla y leche en polvo), estos precios se calculan siempre en función de estadística histórica y según las especificidades de cada Estado miembro. En 1992 hubo una gran reforma de la PAC y desde entonces las ayudas son directas por hectárea o cabeza de ganado, con el objetivo de lograr un desarrollo territorial equilibrado y pensando que en Europa el 70% del territorio es rural. A raíz de la Agenda 2000, en el marco de las rondas liberalizadoras se estableció la “ecocondicionalidad”, que supuso una reducción de las ayudas por motivos medioambientales, y la “modulación”, que regula los pagos según el nivel de renta de la explotación. Esta modulación ha supuesto un cierto ahorro de recursos.

En este contexto la UE sigue recibiendo presiones de otros países para que suprima las subvenciones a la exportación, aunque la UE mantiene las ayudas por considerar que el sector agrícola es multifuncional, entendiendo que se engloba no sólo la producción sino el desarrollo del medio rural y el desarrollo territorial equilibrado, considerando estos elementos como bienes públicos que no podrían dejarse a merced del mercado.

Actualmente el gasto agrícola se define en los presupuestos como una reforma de la agricultura encaminada a ajustar la producción de los agricultores a la demanda del mercado, y se da importancia crucial a los condicionamientos medioambientales. Aún así los compromisos de la UE en la OMC indican que debemos tender a los precios del mercado internacional, y existe la firme intención de eliminar todas las subvenciones a la exportación a partir de 2014.

Por ello algunos analistas hablan de una nueva reforma de la PAC para 2014, y el debate de fondo es ¿tiene la PAC un fuerte componente social? ¿Está todavía en riesgo la garantía de abastecimiento? ¿Debe seguirse apostando por la PAC como política redistributiva? ¿Deberían los Estados pasar a cofinanciar la PAC o debe mantenerse como un gasto netamente europeo? ¿Tiene sentido seguir subsidiando a un sector en decadencia? Todos sabemos que la confluencia de intereses ha estado siempre bajo sospecha. Aún así, creo que la lluvia de noticias, las imágenes de los tractores en la calle no son un capricho de los agricultores, al menos no de todos y a la vista está que la PAC no obra milagros. Lo reconoció hace poco la propia comisaria, cuando los ganaderos invadieron las calles de Bruselas el pasado mes de julio. Y sin que sirva de precedente les recomiendo que no renuncien nunca a un buen tazón de leche... Por cierto, la crisis de los productos lácteos será uno de los debates estrella en el plenario de la próxima semana en Estrasburgo.