miércoles, 23 de septiembre de 2009

Europa y sus valores eróticos comunes (homenaje a Ortega y Gasset)

Siento decepcionarles, pero no voy a hablar de erotismo. Y el título no pretende engañar, sino que se inspira en la idea un tanto curiosa expresada en una frase de Ortega y Gasset, a quien he estado releyendo estas últimas noches. Fíjense bien, escribe Ortega en 1930: “las almas francesas e inglesas y españolas eran, son y serán todo lo diferentes que se quiera; pero poseen un mismo plan o arquitectura psicológicos, y sobre todo, van adquiriendo un sentido común. Religión, ciencia, derechos, arte, valores sociales y eróticos van siendo comunes. Ahora bien: esas son las cosas espirituales de que se vive. La homogeneidad resulta pues, mayor que si las almas fueran de idéntico gálibo”.

Curioseando en el estante reservado al rincón filosófico en mi despacho, me dio por hojear La rebelión de las masas, donde encuentro una ristra de reflexiones filosóficas deliciosas. Opinables sin duda, y hablando de opiniones cree el filósofo español que sin opiniones la vida humana sería el caos, lo que no es óbice para admitir que el hombre en sí mismo no tiene opinión. Y sigue, en la Edad Media en Europa reinaba un caos relativo, se ansiaba o se odiaba, pero no se opinaba, y ya se sabe, sin opinión no hay humanidad y por tanto no hay orden. Del desorden acabó surgiendo el estado, y del estado ¿vino el orden?

Me he referido en este blog a menudo al Estado-nación, y si hago caso de Ortega, debo decir que la nación está siempre haciéndose o deshaciéndose, o bien ganando adhesiones o perdiéndolas, ¿no estaremos ante una Europa que en sí misma presenta rasgos de nación? Cuando Ortega escribió ese libro, hace casi 80 años, sí podía soñar él con el proyecto europeo, pero no le resultaría fácil dar crédito de lo que ahora ya es realidad.

Hoy Ortega diría que la Unión Europea es una nación en sí misma y -perdón por el atrevimiento- lo afirmo porque para él la nación antes de poseer un pasado común tuvo que crear una comunidad, y antes de eso tuvo que proyectarla, y más tarde el propio proyecto en sí dar existencia a la nación, incluso aunque no se logre su ejecución, en cuyo caso hablaríamos de una nación malograda. Así que lo esencial para otorgar el carácter de nación es siempre el futuro común, y ¿no es eso precisamente la Unión Europea?

El Estado-nación sería una estructura histórica de carácter plebiscitario, y la esencia de la nación se compondría de: un proyecto de convivencia total en una empresa común, y la adhesión de los hombres a ese proyecto incitativo, a diferencia del estado antiguo en que la unión se mantiene por presión externa.

No obstante, me llama la atención el hecho de que en el Estado contemporáneo ya viera este filósofo la mayor amenaza para la civilización europea. Aquella burguesía que en la Edad Medía fraguó lo que acabaron siendo las naciones de Europa, dejó los estados en manos de una nobleza sentimental y de dudosa capacidad, por lo que el antiguo régimen desemboca un Estado muy cuestionado ya desde el siglo XVIII, con una sociedad civil revuelta debido a la desproporción entre el poder del Estado y el poder social, y de ahí las revoluciones que se sucedieron hasta 1848, fecha en que se inicia la segunda generación de gobiernos burgueses, que lograron hacer del Estado una máquina perfectamente engranada. Lo malo fue que a partir de ahí, el hombre empezó a ver en el Estado el poder anónimo, al que le exige la resolución de todo conflicto o problema, sin percatarse del peligro que el intervencionismo conlleva, es decir la absorción de toda espontaneidad social.

Como ocurrió con el Estado imperial creado por los Julios y los Claudios, la máquina perfecta entró en decadencia y la burocratización de la vida produjo una mengua en todos los órdenes. Concebido en aquel entonces y durante siglos el Estado como productor de seguridad, éste ha potenciado al máximo la militarización de la sociedad. De hecho, un pueblo podía someter a unidad de soberanía a cualquiera porción del planeta.

Aún así, en Europa se ha seguido un ritmo peculiar en la construcción de los Estados-nación, en tres momentos: el primero en que se percibe el Estado como fusión de varios pueblos con proximidad geográfica y lingüística; el segundo en que se siente a los pueblos lejanos como extraños o enemigos (lo que degenera en el nacionalismo), y el tercer momento, de consolidación del Estado y la pretensión de anexionar los pueblos que antes eran enemigos, fraguando una nueva idea nacional, en ocasiones más erudita que eficaz políticamente.

Muchas veces he caído en la tentación personal de comparar el proyecto de integración de la Unión Europea con el Imperio Romano. Lo cierto es que Roma fraguó una unidad administrativa y geográfica, aunque sin una idea de proyección nacional. La rebelión de las masas la ha producido la civilización europea. Como la opinión pública y su soberanía, que según trató de demostrar Hume no es un invento ni de Danton en 1789 ni de Santo Tomás de Aquino en el s. XIII. La soberanía de la opinión pública ha tenido un enorme peso en la sociedad, ya que la pretensión del gobernante ha acabado dependiendo de lo que de él opinaran los habitantes. La situación de peligro se produce cuando la opinión pública no existe, o cuando la sociedad se divide en grupos discrepantes que se anulan mutuamente, y ese vacío de opinión se suele llenar con fuerza bruta, de nuevo por horror al vacío. ¿No merece esta reflexión ser tenida en cuenta? ¿No merecemos que se nos escuche los que venimos reclamando prensa escrita y televisiones de ámbito europeo? Pues sí, admitamos que hay una gran carencia en cuanto a opinión pública europea, y que a menudo la opinión más ruidosa (que no la mayoritaria) es la que trata de imponerse.

Volvamos al vacío. Ese horror al vacío con el que yo me identifico. Tal vez el vacío se materializaría, hoy más que nunca en el mundo globalizado, si hiciéramos el experimento de vivir y sentir sólo con los que nos aportan nuestros Estados-nación, y se nos extirpara todo lo que forma parte de nosotros y viene del exterior.

Si yo reivindico sentirme europea, siento que la Unión Europa nos inserta en un sistema abierto, un sistema con tres niveles de coherencia que se mezclan entre sí, las identidades, las prácticas y las instituciones, y que potencia contradicciones, aumenta la disonancia entre las esferas de la identidad social, y las prácticas socioeconómicas. Pero hay una mayor libertad en la formación de las entidades sociales, y esas fuerzas contradictorias potencian por un lado la consolidación territorial de una Europa amplia y con fronteras más extensas, y por otro la destrucción de barreras internas, para dar vida a un nuevo espacio transnacional. Está por ver si este nuevo espacio propicia la convergencia de culturas e identidades o por el contrario permite la perfecta adecuación de la multiculturalidad. Dicho lo cual, invito a que alguien más puesto en materia, me cuente a qué valores eróticos comunes podía estarse refiriendo Ortega y Gasset, porque yo no tengo idea.