sábado, 5 de septiembre de 2009

De oportunidades perdidas

No sé por qué no me sorprende que no haya novedades tras esta minicumbre londinense del G-20. Sospechaba que al final no se limitarían los bonos de gratificación, entre otras cosas porque por muy "socialdemócrata" que parezca, Obama no tiene voluntad política de hacerlo. Ni siquiera el eje franco-alemán ha podido arrastrar a todos los socios europeos. Hay miedo a regular ese sector, miedo a ahuyentar a los "mejores" limitando sus ingresos de forma más o menos arbitraria. La regulación en general produce rechazo, incluso alergia, pero tras la supuesta recuperación de la crisis que ahora nos anuncian -y por cierto editorializan a mansalva- se esconde el riesgo de volver a caer en lo mismo. A mí me sigue pareciendo que nos domina un cortoplacismo preocupante.

Cuentan que el veradero ideólogo de la iniciativa de Merkel y Sarlozy es en realidad John Lipsky, subdirector gerente del FMI, quien insiste en que la efectividad de las restricciones sólo será válida si se aplican en todo el planeta. Entretanto muchos siguen denunciando una bonificaciones tan estratosféricas que rozan lo absurdo. ¿Se pueden realmente evitar? Complicado, y más cuando parece o nos cuentan que la crisis retrocede, ¿hay argumentos? Parecen bastante subjetivos y quién sabe si no contraproducentes. ¿Hasta qué punto Merkel y Sarkozy creen en la bondad de las restricciones? ¿No se trata de un mero juego político en el escenario internacional?

De aquí a Pittsburgh, es decir en apenas tres semanas, debería hallarse una solución de consenso entre el mundo político y financiero. La clave son las prioridades distintas, y es que para las entidades financieras lo que tiene sentido es vincular la remuneración de sus empleados a las medidas de rentabilidad ajustadas de acuerdo al riesgo, además de poder requerir el retorno de los bonos a los gestores que tomen riesgos que llevan al fracaso. Visto así parece justo, parece que se ajusta a las reglas más simples del mercado. No obstante... Para los gobiernos se trata de la equidad y reducir las desigualdades de sus electores, algo que casi siempre acaban solucionando vía impuestos, de forma más o menos acertada. Por no hablar de los rescates con fondos públicos, verdadero quid de la cuestión, ya que finalmente el elector ha acabado pagando por partida doble los errores e irresponsabilidades del mercado financiero.

En vista de los intereses contrapuestos, sólo cabe esperar para la cumbre del G-20 un resultado tibio, difuso, una solución de consenso y de mero equilibrio temporal. Una prueba más de que por mucho que Europa trate de algo más que de remover conciencias, es extremadamente complicado poner en marcha un mundo global más justo para todos. Y muchas preguntas en el aire, sin ir más lejos ¿por qué juega el FMI a ser el bueno en esta película? ¿Perdonaría la opinión pública una clase política complaciente? ¿No estamos ante un debate moral en el fondo?