martes, 8 de septiembre de 2009

Brotes identitarios y crisis durmientes en territorio europeo

Ayer leí en La Vanguardia una noticia digna de breves pero sintomática de una de las dolencias más típicas de nuestra Europa, los conflictos identitarios. Me refiero a una nueva canción del grupo de pop flamenco Clouseau, cuyo título reza "Viva Bélgica". Ese pequeño país que acoge la capital de todos los europeos vive una tensión permanente azuzada por la clase política. Al parecer declararse probelga la ha servido a este grupo para recibir un alud de críticas de la clase política y mediática flamenca, tanto es así que el vicepresidente de Flandes, Geert Bourgeois se ha atrevido a afirmar: "La canción es un himno propagandístico. El grupo Clouseau rompe una lanza por una administración mala, ya que Bélgica ha dejado de funcionar". Sin duda me quedo con el optimismo y el afán conciliador de los Clouseau y deploro la actitud del político.

Si es cierto que el ejemplo de esta canción puede elevar la anécdota a categoría, también lo es que Bélgica es un pequeño país que está resultando políticamente ingobernable, un país quebrado en dos partes casi irreconciliables, si no socialmente al menos institucionalmente. Me pregunto a dónde habría llegado el conflicto de no estar al amparo del paraguas comunitario. Es un triste ejemplo de hasta dónde llevan las tensiones no resueltas, y la utilización del arma lingüística en una Europa plagada de pequeñas lenguas. En ocasiones también en las antiguas repúblicas soviéticas también hay conflicto lingüístico, y he aquí un ejemplo imaginativo para resolver el derecho de los ciudadanos a expresarse en la lengua que deseen, en este caso estonio o ruso.

Innegable es que en Europa subyacen este tipo de conflictos que tienen que ver con identidades o minorías, donde nos movemos sobre un terreno tremendamente resbaladizo y de análisis muy subjetivo. La cuestión territorial y lingüística la tenemos a medio resolver en España, si bien con todos los derechos individuales protegidos. Las situaciones tensas brotan sobre todo en antiguos países del bloque del Este, de donde llegan informaciones con cuentagotas. Hay un pequeño polvorín en ciernes entre Hungría, Eslovenia y Rumanía, donde distintas minorías residentes en estos países se quejan de las reacciones políticas de uno y otro Estado, tanto es así que la última noticia es que una minoría de lengua húngara, la Székely, solicita la autodeterminación de Rumanía, donde se viene recrudeciendo el nacionalismo en los últimos meses. Los conflictos de vecindad en aquella zona se suceden y no parecen resolverse desde las distintas adminsitraciones.

¿Qué puede ofrecer la UE para la resolución de estos conflictos? De momento no demasiado, al margen de fomentar la paz y la estabilidad regional, creando un entorno que garantice las libertades y protega los derechos individuales de todas las minorías. Se dispone de los instrumentos legales para ello, sobre todo los que se recogen en la Carta de Derechos Fundamentales, que además con la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, adquiere la categoría de legalmente vinculante. Creo que esa garantía legal debería ser suficiente para que las minorías hagan valer sus derechos lingüísticos, no tanto territoriales, porque la aspiración de la Unión Europea es precisamente derribar las fronteras internas, algo que nunca debería perderse de vista.

En mi opinión, cuando el interlocutor estatal no es válido las minorías, y la ciudadanía europea en general, deben buscar amparo en el interlocutor comunitario, es decir Bruselas, que puede ejercer su influencia negociadora en las naciones en situación de riesgo de confrontación territorial. Por último, el fomento de las políticas regionales y el dotar a las minorías de cierta autonomía política y financiera es una solución deseable para propiciar los beneficios que ofrece la descentralización dentro de los Estados.