jueves, 27 de agosto de 2009

¿Tiene sentido una identidad Europea?

Este verano he vivido auténticas controversias ideológicas, a través de algunos de los ensayos y reflexiones que he leído sobre el asunto de la crisis de las naciones que me trae de cabeza. Y ahora, retomando la redacción de mi tesis, tras un breve descanso vacacional a caballo entre Cadaqués y Menorca, noto que el debate continúa en mi mente.

Los hay que insisten pertinazmente en sus posiciones inamovibles, defendiendo la superioridad de las identidades nacionales respectivas sobra la supuesta identidad europea. Y cierto es que si algo une a los nacionalistas de toda clase es la noción de identidad y sentimiento. Aunque suelen no tener demasiado en cuenta que las identidades forman parte de la intimidad de las personas y que el mismo argumento sirve tanto para negar una identidad europea como cualquier identidad nacional.

Si unos insisten en que el demos o la identidad Europea es prefabricada y artificial, es fácil argumentar lo mismo con respecto a una entidad nacional. A fin de cuentas, las banderas son convenciones que se impusieron en su momento. Y en la actualidad puede que haya un tipo de Toledo que sienta gran afinidad con un habitante de Florencia, o uno de Barcelona que se sienta más próximo a un ciudadano de Ámsterdam que a uno de Sabadell. Así que ni la españolidad, ni la catalanidad, en este caso, deben darse por hechas de forma espontánea.

Me refiero con esto a algo que va más allá de la globalización, pues es evidente que hoy en un par de horas uno se traslada de Burgos a Berlín, y el burgalés puede pasar su vida sin que jamás llegue a conocer a nadie de Badajoz. Siempre ha sido así, pero gracias al mundo globalizado e interconectado, queda patente que las fronteras físicas, queramos o no, son imposiciones que a veces no coinciden con las fronteras culturales, ni siquiera mentales. ¿Por qué debería ser el burgalés más afín al extremeño que al berlinés?

¿De dónde procede el poder "otorgado" del Estado-nación tal como lo hemos conocido? Si echamos un vistazo al devenir de la historia europea desde el Medioevo, no podemos soslayar el cambio notable que se produjo con el surgimiento de las naciones como instrumento de poder, así como las sucesivas guerras que se han prolongado hasta mediados del siglo XX. En la Edad Media un bávaro seguramente no se planteaba su futuro en relación con el poder del estado alemán en su conjunto sobre sus vecinos continentales. Se pasó de una Edad Media en la que la escala era esencialmente local a una creación estatal impuesta destinada a modelar una identidad nacional compartida, fomentando además un sentido de rivalidad con el resto de los Estados-nación del entorno.

El mecanismo de amenaza (real o ficticia) ha sido extremadamente útil en ese proceso. Podríamos decir que en España ocurrió en el conflicto que enfrentó a las dinastías Borbón y Habsburgo a finales del siglo XVII. Identificar al Habsburgo como enemigo de la nación tuvo dos ventajas para el Borbón, promovió una lealtad al estado y al monarca, y además propició una unidad interior frente al enemigo externo. Este paradigma ha funcionado en todas las naciones europeas de forma análoga, aunque con distintos enemigos (por ejemplo para Alemania, primero el Imperio Austro-Húngaro y más tarde la URSS).

En todo caso, la creación del imaginario colectivo siempre se ha hecho desde arriba hacia abajo y de forma estatocéntrica, en general alrededor de una figura monárquica. Entre los siglos XVI y XVIII se formaron prácticamente todas las entidades nacionales en Europa mediante estos mecanismos.

Reconozco que si achacamos al Estado-nación los males de la historia, los enfrentamientos y la sangre derramada, tal vez no tenga sentido clamar por un Estado europeo. El sentido de pertenencia no debe ser tan importante para lo que ahora nos traemos entre manos. Si tratamos de crear una Europa política no podamos basarnos en la identidad, porque la identidad tiene que ver con los sentimientos y no es posible obligar a nadie a sentirse europeo. Es probable que el vecino de nuestro rellano tenga un sentido de identidad distinto al nuestro. ¿A qué sentirá más apego? ¿A su barrio, su ciudad, su comarca, su región, su nación, su continente, el planeta?

Nunca lograremos con éxito etiquetar las identidades, así que debemos buscar otros argumentos para legitimar la construcción europea, y no me refiero sólo a los pragmáticos que tienen que ver con la eficiencia económica y con la libertad individual, aludo sobre todo a los que tienen que ver con la justicia, e incluso con la equidad.

La Europa política nos ofrece la ocasión de construir algo nuevo, mejor y más justo. Y sólo la UE y sus instituciones pueden tener la fuerza para superar las dinámicas de los Estados-nación sin encontrar una resistencia conflictiva.

Si Europa tiene un don es la dualidad que nos brinda, la preservación de las múltiples identidades en el seno de una identidad múltiple. La UE no necesita imponer coercitivamente, porque todas las identidades tienen cabida en ella. No hablo de creaciones artificiales (como lo fueron las naciones europeas actuales en su momento), porque si algo tiene nuestra sociedad actual es que está interconectada de forma natural y prácticamente irreversible.

Abogo por recuperar en cierta forma aquella Europa medieval de comercio y libertad, espontáneamente interconectada. Más que nunca debemos pensar globalmente y actuar localmente. La potencia política y cultural de una Europa unida, junto con la fuerza de nuestras particularidades, debe empujarnos aprovechar el ímpetu (e incluso la amenaza para los que lo vean así) del mundo globalizado, porque la integración de nuestras economías es un camino de no retorno que facilita la consecución de un fin común, que tiene que ver no ya con la prosperidad, incluso con la supervivencia.


(Continuará…)