domingo, 23 de agosto de 2009

Federación y autodeterminación

Leía un día de esta semana de rentrée una entrevista a un político catalán nacionalista, quien afirmaba que existe una intensa aunque callada energía en la sociedad catalana que va más allá de las ambiciones nacionalistas, aunque no se atrevía a afirmar si esta oleada se sitúa más allá o más acá del soberanismo.

No entraré en el juego político catalán en este blog, pero sí creo que ha habido un salto cualitativo en la percepción de la importancia de la fragmentación territorial en el Estado español. Y en esto tiene mucho que ver la globalización y Europa jugará un papel fundamental y decisivo.

Me gustaría proponerles que lean algunos de los textos que ha escrito Kenichi Ohmae sobre la fuerza de las regiones, y las vías de progreso y prosperidad que les brinda el mundo globalizado. Los territorios pequeños tienen condiciones idóneas para desarrollarse de forma muy especializada y ser competitivos. Otro día escribiré a fondo de algunas de las regiones de China que han logrado sortear las condiciones políticas estatales para competir y prosperar, atraer inversión y conseguir índices de riqueza muy superiores a otras naciones libres del planeta.

China no es un Estado federal, pero sus mandatarios han sido lo suficientemente listos como para hacer la vista gorda y dejar hacer a algunas de las regiones gobernadas por líderes con mayor visión y capacidad. Desde este punto de vista existe una cierta federalización. Hay una analogía con los modelos federales muy clara, y ahí podemos extraer una lección para la Unión Europea. Recordemos que “la federación es una unión permanente, basada en el libre convenio, y al servicio del fin común de la autoconservación de todos los miembros, mediante la que se cambia el status político de cada uno de los miembros en atención al fin común”. Sabemos que hay conflictos de poder en la UE, algunos se sobrellevan en los Consejos entre los jefes de Estado, otros acaban por resolverse de forma pacífica por la vía legal, y ahí está el Tribunal como árbitro.

Imaginemos que en un momento dado para que se cumpla la garantía de la libertad de mercado (el principal mandato de la UE) sea preciso unificar el sistema educativo. Cabría preguntarse si la UE tendría competencias para implementar un sistema educativo sometido a la libre competencia, y así podríamos seguir abarcando distintos ámbitos de la sociedad, que de una u otra forma estuvieran vinculados con la dimensión económica, planteándonos la misma duda.

Hay un caso muy claro, la UE regula para des-regular, es decir para eliminar trabas, para garantizar una verdadera unidad de mercado de Cádiz a Oslo. La práctica es que se generan barreras dentro de los Estados, sin ir más lejos en España en estos momentos se está vulnerando la unidad de mercado mediante las regulaciones autonómicas. Son cuestiones que están sin resolver en el entramado legal.

Se relaciona directamente con este conflicto el principio de subsidiariedad, que como sabemos tiene el sentido de propiciar que la Unión sólo actúe en las políticas que puedan ser ejecutadas de forma más eficaz en común, que por cada uno de los Estados miembros individualmente. Así, el principio de subsidiariedad ataca directamente a la soberanía o al propio concepto esencial del estado-nación, al reconocer que éste no puede ser en sí mismo una plenitudo determinationis. Este principio en realidad justifica las transferencias de poder a la Unión y es además un principio formal que no se agota en ninguna aplicación.

No es difícil deducir que la UE está por tanto sometida a continuas decisiones que tienen que ver con los límites de su propia soberanía. El conflicto existencial que supone la preeminencia de la legalidad europea sobre la nacional, y a su vez de la nacional sobre la subnacional puede llegar a ser paralizante, hasta el punto de que dificulte no ya la subsistencia sino de que la guerra de intereses derive en una auténtica suma cero.

Los intereses nacionales siguen estando presentes en las decisiones europeas, pero pierden fuelle porque ralentizan -cuando no impiden- el crecimiento de las políticas europeas. La homogeneidad en el sentido nacional ya ha quedado atrás en el tiempo. La fuente de intereses, pertenencias y afectos está más difuminada. No existe tal homogeneidad a escala europea, ni mucho menos, pero la UE es precisamente la única que garantiza el equilibrio entre la homogeneidad y la heterogeneidad, que sin descansar en el deus ex machina de la entidad nacional ha garantizado y garantizará el mayor período de paz de la historia en nuestro continente.

No tengamos miedo a ciertos debates y pensemos que el estado-nación tiene la oportunidad de quedar para los libros de la historia y abrir paso a algo nuevo, a nuevas formas de soberanía más eficaces y más cercanas al ciudadano.