martes, 31 de marzo de 2009

La trampa de la doble decisión

El título es bastante sugerente, pero no se trata de un relato de ficción ni de una película, sino que define un problema político que condiciona las decisiones cuando todos los actores desean influir y el consenso es necesario; al final la eficacia es penalizada y se alcanza el mínimo común denominador. O sea se bloquea todo margen de innovación política. La solución apuntada para superar la parálisis es la “transformacion solidaria de las preferencias”, tres palabras que cumplían los requisitos para ejercer y que han ejercido (como no podía ser de otra manera) una gran fascinación entre las escuelas constructivistas.

La pregunta es si yo también me he dejado ya fascinar por esa idea, o si por el contrario defiendo el monopolio legislativo de un poder central, por ejemplo la Comisión europea, o más bien abogo por un escenario realista donde todos luchan contra todos. Dejemos de lado la escuela realista, totalmente desfasada a mi juicio, demasiado dogmática y simplista, y ya sé, es uno de mis defectos de fábrica, aprecio todo aquello que facilite el consenso, aunque no soy exactamente partidaria del mínimo común denominador, al contrario aplaudo las soluciones políticas que no son evidentes, incluso las impopulares, ¿cómo se come eso? Lo cierto es que cuando una solución política es ganadora (y las hay) al margen de ideología, la única opción es que un agente central tenga la capacidad de desarrollar las políticas más allá de las trivialidades en las que se suele encontrar el punto de consenso.

Pero la política, como la vida, es bastante impredecible, y a fin de cuentas tenemos que fiarnos de los que nos representan y creernos la milonga de que son los guardianes de nuestros intereses. O eso o la rebelión, total una pérdida de tiempo. Aún así, anoche antes de dormir estuve leyendo un par de reflexiones sobre la justicia europea, y me ha sorprendido ver que ese ámbito está especialmente libre de la corrección política, es como un entorno respirable donde la mano de los políticos queda inutilizada, alivio, inmune a ese invento de las negociaciones intergubernamentales a cara de perro. No subvaloremos por tanto la posible utilidad estratégica de este ámbito para europeizarnos.

Esta noche me toca poner el foco en el campo de juego europeo, obviamente en desiguales condiciones. Unos simplemente no son competitivos por tener una presión fiscal demasiado elevada, una reducida productividad o un elevado desempleo. Ante la incapacidad de consenso prevalece la subsidiariedad, el triste “ja s’ho faran”, limitado por la capacidad de los gobiernos nacionales, con resultados desiguales. España es hoy, sin ir más lejos, un país altamente vulnerable y con escasa capacidad de reacción, a menos que renuncie a sus aspiraciones de ser el eterno nuevo rico con un estado de bienestar a la escandinava. En nuestro caso nos hemos autodestruido y culpar al entorno es sin duda de una gran hipocresía política. Nuestro desahogo fue temporal, los años de alivio fueron consecuencia de esfuerzos denodados previos, de contención, de sobriedad, aunque eso ya nadie quiere recordarlo. ¿Por qué han de cooperar los que sí hicieron los deberes con los irresponsables que no lo hicieron? No parece justo.

El título de mi post no tiene que ver con la crisis económica, sino con el sistema de negociación obligatoria que es la Unión Europea en la actualidad, con implicaciones políticas nefastas, costosas y paralizantes. Por poner un símil informático, todo el mundo quiere maximizar sus downloads minimizando los uploads. No, si al final, los realistas van a tener razón... Digamos que no del todo, por suerte, si por ellos fuera no existiría la unión monetaria o la justicia europea prevaleciendo sobre nuestras vidas. Sigamos con la política, estamos en la doble decisión, defendida por los líderes nacionales que quieren tener la máxima influencia, o sea nadar y guardar la ropa. Lo ponen en práctica estupendamente y así nos va, no hay políticas agresivas, esas que nos colocarían en el mapa, que nos harían ser alguien, si es que Europa quiere de verdad ser alguien, más allá del soft power, pero mucho, mucho más allá; y sin embargo seguimos metidos de lleno en la trampa.

Será la edad, las sabias decisiones se nos resisten, la vieja Europa está aquejada de esclerosis, euroesclerosis decían algunos periodistas británicos en los noventa. ¿Nos hace esa euroesclerosis más libres, más ciudadanos? Algo en mí me hace recelar de las tentaciones constructivistas, pero la doble decisión no me satisface, y no me resigno a la mediocridad, a ir capeando el temporal para salvar el nombre de la UE mientras todos practican el sálvense quien pueda. Sin renunciar a la seguridad, a la certeza, me pregunto si está sucediendo algo, si hay una oportunidad que estamos perdiendo. ¿Hay algo que realmente amenaza nuestro futuro? ¿Se puede sortear esa trampa de la doble decisión sin renunciar a la libertad? ¿Defender los postulados del gobierno de España es defender nuestros intereses en realidad?