miércoles, 4 de marzo de 2009

Ante la crisis, terapia europeísta

Leemos hoy una noticia cuyo titular es revelador. La protección es la palabra clave. Cuando el frío arrecia buscamos cobijo, instintivamente hasta el lobo solitario busca compañía cuando carece de alimento y de abrigo, también en política internacional y para muestra un botoncito, la última encuesta publicada en Irish Times que apunta un cambio en los irlandeses favorables ahora al Tratado de Lisboa. Tanto es así que hasta se rumorea un segundo referéndum para otoño, en todo caso se percibe una oleada de europeísmo propiciada por la crisis, que puede favorecer hasta una reblandecimiento de las radicales posturas checa y polaca, siendo de esperar que ambos países ratifiquen de una vez el Tratado.

No hay mal que por bien no venga y no en vano es una tradición nuestra que la crisis sea el eterno revulsivo de la construcción europea, tanto es así que hasta Dinamarca ha pedido una nueva votación popular sobre la incorporación al euro, se rumorea también que la gélida y contradictoria Islandia, en plena bancarrota, se plantea seriamente solicitar la adhesión a la UE.

Con la crisis económica instalada en casa, veamos qué son esas garantías que la UE nos ofrece, sin duda se trata de garantías institucionales, o de cobertura de riesgos, ahora ya para evitar otra hecatombe financiera. La Comisión ha llevado la delantera y para ello ha propuesto un paquete de 31 medidas, entre ellas crear tres nuevas autoridades europeas (bancos, seguros y valores), que coordinarán a los supervisores nacionales en cada una de estas tres áreas, respectivamente. Estas autoridades serán independientes y sustituirán a los actuales comités (CEBS, CEIPOS y CESR).

La novedad es que las decisiones de las nuevas autoridades europeas, que funcionarán de manera federal, serán vinculantes tanto en la supervisión de los estándares y garantías comunes para todos los Estados, como en las tareas de cooperación entre los supervisores nacionales. El informe propone también crear un nuevo Consejo Europeo de Riesgo Sistémico, que será presidido por el presidente del BCE, cuya misión es asegurar la estabilidad financiera, detectando a tiempo los riesgos globales que sean ajenos a la situación de las entidades, como dicen algunos expertos evitar "vulnerabilidades interconectadas".

No soy nada partidaria de este léxico a menudo vacío de contenido real, pero cierto es que el fondo de todo ello es el fomento de medidas anticíclicas (introducir medidas estrictas para productos fuera de balance). No parecen buenos tiempo para los que abogan por liberalizaciones plenas de los sistemas financieros, tampoco para los que defienden el proteccionismo económico para superar el escollo de la crisis. La UE y los países que la lideran ahora van en dirección contraria, sintomático teniendo en cuenta que los líderes de Francia y Alemania pertenecen a partidos liberal-conservadores.

Hablando de crisis no quiero acabar sin mencionar las muchas iniciativas europeas que favorecen a las empresas, reduciendo sus obligaciones burocráticas y pecuniarias, como por ejemplo esta medida elegida al azar, donde la Comisión pide que se reduzcan las obligaciones contables de las pymes europeas. Ni me gustaría dejarme en el tintero ese titular que trascendió en el pasado encuentro en Berlín de los países del G-20, donde se conjuraron todos en contra de los paraísos fiscales, mientras Merkel y Sarkozy se han comprometido no sólo a presentar una lista negra de naciones en la cumbre de Londres el 2 de abril, sino además a aplicar sanciones a los que se resistan a la transparencia financiera. Ojalá no quede en un mero desiderátum.

El tiempo pone a las cosas en su sitio, ni la UE es antiliberal ni va contra los intereses de los ciudadanos, ni siquiera padece como dicen las malas lenguas un frenesí legislador o regulador, pero lo innegable es que los países más perjudicados por la recesión acuden en tropel a Bruselas en busca de amparo, los hay que hasta piden celeridad en las reformas que puedan favorecer sus intereses nacionales, los del Este -encabezados por Hungría- demandan que se flexibilicen los requisitos de acceso al euro para combatir sus propias crisis económicas.

Todo ello deja traslucir el inicio de una etapa ilusionante de impulso integrador, pero en ningún caso debemos permitir caer en una suerte de síndrome de la terapia europeísta, en el que la UE sea ese especie de brebaje milagroso al que se le suponen efectos antidepresivos en momentos de bajón, para después renegar de él en los días de vino y rosas.