viernes, 20 de febrero de 2009

España y el déficit excesivo: causas y consecuencias. En defensa de una autoridad fiscal europea.

Acabo de echar un vistazo al último Eurobarómetro. Es espectacular comprobar el incremento de la preocupación de los europeos por la situación económica con respecto al anterior barómetro, el de la primavera pasada. Ilustrativo leer que un porcentaje notable, en torno a uno de cada dos europeos, cree que la economía de la UE está en mejor posición que sus respectivas economías nacionales y apuesta por que la UE invierta parte de su presupuesto en medidas de promoción económica y social.

En el fondo, esta es una pequeña excusa que me viene bien para seguir con el estéril debate sobre qué puede hacer la UE por las economías. La política económica europea ahora mismo no existe al margen de la moneda, lo que explica que haya esa gran asimetría en los déficit fiscales, o la enorme divergencia en los costes laborales por ejemplo. Está claro, como siempre he dicho, que el diseño institucional que tenemos propicia la inacción más absoluta. No se toman las medidas impopulares que deberían tomarse en épocas de crisis como la actual, y para colmo esto acaba revirtiendo en una escasa popularidad de la UE. Para este viaje no hacían falta alforjas, ya metidos en harina lo deseable sería que se tomaran las medidas impopulares y a esperar resultados. No es así lamentablemente.

Cuando parecía el pasado verano, y gracias al impulso de la presidencia francesa, que se iban a tomar en serio esto de la política económica común al cumplirse diez años del euro, se precipita en otoño el actual colapso financiero, que sin duda está acaparando todos los esfuerzos. Ya ha desempeñado su papel del BCE en la armonización de las regulaciones bancarias y en menor grado en la coordinación de las propuestas fiscales del Ecofin y del Eurogrupo.

Los aspectos claves que se remontan ya a Maastricht son: política monetaria independiente a cargo del BCE; política fiscal formulada desde los Estados miembros y coordinada apenas por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento (PEC) el que controla el déficit excesivo, para entendernos; las reformas GOPE (orientaciones generales de política económica) en el marco de Lisboa. En la práctica nada de nada.

Las objeciones al primer punto son que el BCE se centra sólo en la estabilidad de precios, lo que podría debilitar el crecimiento de algunas economías, y por otro lado que la “excesiva” independencia del BCE con respecto a gobiernos y al mercado lo incapacita para acompañar reformas estructurales o fiscales. Los críticos desearían que el BCE tuviera por objetivo también el crecimiento y el empleo, como ocurre con la Reserva Federal americana.

Yo tengo mis serias dudas, aunque con la crisis financiera muchos se suben al carro de dotar de mayor poder al BCE, como garante de la supervisión de todo el sistema financiero europeo y para prevenir las irregularidades que nos ha acabado por traer la actual crisis financiera. No sé de qué se quejan, porque yo detecto que el BCE actualmente está de alguna modo “interviniendo” en la economía al reducir los tipos de interés para fomentar el consumo.

El segundo punto es el más controvertido. Se argumenta que la unión monetaria que tenemos es el resultado de dos visiones contrapuestas en la época Maastricht, cuando Francia defendía un gobierno económico con la coordinación fiscal dentro de la UEM, y Alemania sólo se centraba en la estabilidad de precios y disciplina fiscal. Ambas posiciones las recoge el famoso Informe Delors del 89, de ahí la limitación del déficit excesivo relacionada con la disciplina fiscal (por la que ahora nos han multado a nosotros), y ya en Maastricht (art. 104) se recurre a la limitación del 3% de déficit, y se establecían sanciones, que en realidad no han acabado de ser efectivas para evitar los déficit públicos, seguramente por incapacidad de los gobiernos o por poca motivación. Temo que en el caso de España se den ambas situaciones, a juzgar por la pasividad al anunciar el gobierno que se llegaría al 6 % de déficit. Pero sí, por extraño que suene algunos expertos apuntan que debería motivarse con incentivos a los comportamientos de los gobiernos nacionales, por ejemplo facilitando el acceso a fondos europeos si el déficit se mantiene controlado, o incluso se ha propuesto que la multa que pagan los países “pecadores”, como España lo es hoy, se dediquen a financiar políticas propuestas en la Agenda Lisboa en los países que se “portan bien”. Todo ello otorgando más poder a la Comisión como árbitro.

Siguiendo con el segundo punto, la política fiscal, el eterno caballo de batalla para mí y sobre el que todo el mundo es tan pesimista, hay que asumir que pedir una fiscalidad europea no es una locura estrambótica, porque ya en 1970 el Informe Werner decía que los márgenes de la política fiscal en una unión monetaria se deberían decidir a nivel comunitario. En 1977 el conocido Informe MacDougall defendía un presupuesto centralizado con un monto al menos el 5 % del PIB europeo. Al final predominó el Informe Delors que ya he mencionado, que sin remedio tuvo que abandonar esas ideas y conformarse con un doble consenso teórico, el del monetarismo (banco central con poder limitado a controlar inflación) y el de la teoría del ciclo económico real que sostiene que los cambios cíclicos se deben a las preferencias de los actores económicos, de modo que para reaccionar se debe primar estabilidad de precios (BCE) y contención fiscal (PEC).

Claro que se contemplaba en Maastricht la opción de incrementar la flexibilidad con reformas estructurales en el caso de shocks asimétricos, lo cual en realidad hacía a sus ojos innecesaria una política fiscal europea para estabilizar los ciclos económicos.

Además hay una visión alternativa con raíces keynesianas, que sostiene que los cambios en la demanda se explican por distintas rachas de optimismo o pesimismo, lo que influye decisivamente en el consumo, ahorro e inversión. El miedo a la recesión paraliza el consumo, de esto sabemos mucho en España, y esto acaba por generar una verdadera recesión. La desconfianza mutua hace que por ejemplo los bancos no se presten dinero entre sí.

No me digan que en este escenario no sería muy útil una autoridad fiscal supranacional, que compensara el descenso en el consumo y la inversión privada. Y en mi caso, sin ser keynesianista, tengo que rendirme a la evidencia y defiendo un presupuesto con capacidad redistributiva a escala europea para rescatar a los países en caída (no lo hacen todos a la vez ni en la misma intensidad, por fortuna).

El tercer elemento era el de las reformas, donde no se ha avanzado casi nada con el método abierto de coordinación (MAC), y la propuesta famosa en 2005 de promover la figura del Mr. Lisboa (cabeza visible responsable de proponer al Consejo las iniciativas integradas y supervisar la aplicación de las reformas por cada uno de los gobiernos). Todo ello quedó en agua de borrajas, y la razón es siempre la misma: las reformas económicas siguen en manos de los Estados.

Y ¿qué vemos? Que los Estados por sí mismos ni previenen ni afrontan las recesiones. Ya hemos visto como hasta que no se reunió el Eurogrupo en octubre de 2008 no se logró estabilizar en parte la crisis financiera. Un punto a favor de los miembros de la Eurozona, que servirá también como acicate para los Estados miembros que están fuera de ella. Tal vez una buena ocasión para que este grupo asuma un liderazgo en la coordinación económica y fiscal de sus miembros, teniendo como tenemos aquí una pequeña muestra del potencial que existe en la unión de naciones europeas.

Estamos con todo muy lejos del presupuesto federal europeo al que personalmente aspiro, pero estas coordinaciones son pequeños pasos en la buena dirección, por lo pronto se demuestra que el Euro protege a sus miembros de grandes sacudidas en caso de crisis, lo está haciendo.

España ha padecido una carencia total de reformas estructurales domésticas y por eso la crisis económica ha impregnado el sector productivo también, ya nadie niega que aquí la recesión será más profunda y más duradera. La sanción por incumplimiento del PEC nos llega por primera vez en la historia, y es totalmente merecida. Ahora sólo cabe desear que sirva de acicate para un gobierno del que deseamos que no se limite a esperar que vengan tiempos mejores.