viernes, 6 de febrero de 2009

Ampliación de la UE, ¿A qué juega Turquía?

Turquía es un país que provoca reacciones encontradas. También entre los europeos, social y políticamente desmotivados y nadando en la ambigüedad de un futuro incierto. No obstante, Europa se mueve y mucho más de lo que percibimos. En el libro abierto del proceso de adhesión se escriben nuevos episodios, impulsados por Turquía, deseosa de acelerar la agenda. Tanto es así que Erdogan ha viajado este mes de enero a Bruselas, donde el presidente de la Comisión, Durao Barroso, se ha mostrado partidario de relanzar las negociaciones.

Uno de los requisitos es finalizar el conflicto chipriota, y que Turquía reconozca por fin al estado de Chipre, aunque este capítulo no parece estar en vía de solución definitiva podría llegar a buen puerto, si bien el más importante es la modernización del país en cuanto a cultura democrática y libertades, es decir la reforma política, campo en el que Erdogan ha propiciado avances como la aprobación para 2009 del Programa de Adopción del Acervo Comunitario, o la creación de un canal de televisión íntegramente en kurdo, probablemente se trate más de política de gestos que de fondo, pero concedamos el beneficio de la duda y el tiempo.

La posición de Turquía en el mundo islámico es otro aspecto sangrante, ahora en el conflicto de Gaza, donde la UE siempre ha mantenido una pulcra posición de defensa de los intereses tanto de palestinos como de israelíes. La recepción ofrecida por la población turca a Erdogan tras el desplante que éste realizó al presidente de Israel en Davos, como protesta por la guerra de Gaza, y el uso político de ese gesto, sin duda es una señal, no sólo de que la diplomacia no es un fuerte turco, sino de que el factor atávico islamista sigue estando en vigor.

Ahora bien, me gustaría hoy poner el foco en otro asunto estratégico de importancia clave para los intereses europeos: la energía. Es innegable que la UE podría tener enorme interés en que Turquía desarrollara el proyecto Nabucco, el gaseoducto de transporte de gas desde el Mar Caspio hasta la UE, atravesando territorio turco. La gran ventaja estratégica de este proyecto es reducir la dependencia de Rusia y sobre todo defender los intereses de los consumidores europeos. Turquía tendría un papel clave para asegurar la diversificación de fuentes energéticas europeas, ¿nos interesa? En principio, el proyecto despierta interés máximo teniendo en cuenta los sustos que Rusia nos ha asestado en los últimos meses, en que ha utilizado a la empresa estatal Gazprom para chantajear con fines políticos, la última cortando el abastecimiento el pasado mes de enero a varios países de la UE, inaceptable teniendo en cuenta que un tercio del gas que consume toda la UE procede de esa empresa.

Y es que ya son muchos los años de lucha por el conflicto de intereses entre Rusia y Ucrania respecto al paso del gas ruso con destino a la Unión Europea (el 80 % del gas ruso que viene a la UE pasa por ese país). Pero por fortuna no es sólo la UE la dependiente en este conflicto, ya que Rusia necesita desesperadamente mantener el ritmo de sus exportaciones ante la caída de su economía y la fuga de divisas.

Sabemos que la política internacional se acaba resolviendo mediante las concesiones, Ucrania, el tercero en discordia, desea aprovechar su posición geográfica. Lo raro sería que ninguna de las partes quisiera beneficiarse de sus posiciones de fuerza defendiendo los intereses nacionales.

El problema es la debilidad mostrada por la UE, la manifiesta incapacidad para responder sólidamente a las maniobras extorsionadoras rusas. La UE ha demostrado debilidad, ha dejado a las claras que necesita el gas y finalmente ha acaba dando concesiones, es decir compensación económica, dinero de todos los contribuyentes europeos, que una vez más pagamos dos veces por el mismo servicio, sin revertir en una mayor competitividad de nuestras empresas.

Consciente de esta situación, el estratega turco no pierde la oportunidad de tomar cierta ventaja negociadora. El gaseoducto Nabucco depende del gobierno turco, que astutamente ha condicionado su aprobación a la aceleración del proceso de adhesión a la UE, al que se oponen varios Estados miembros y de forma muy destacada la Francia de Sarkozy, motivo por el que Turquía presiona en la OTAN amenazando con no apoyar el regreso de Francia a su estructura militar (previsto para el próximo mes de abril).

Lo cierto es que la actitud desafiante del gobierno turco no permite ser optimistas, Turquía no avanza en libertades. Véase este artículo ilustrativo. Turquía pretende ser admitido en una familia por la vía de la extorsión previa, con modales a la rusa, y con una población civil numerosa y habituada a seguir los códigos de comportamiento de la sharia, lo que implica que la conexión entre Estado y la religión islámica sigue siendo enorme.

Esto nos aboca a una triste realidad, no es que la UE esté condenada a diversificar su suministro energético, al parecer está condenada a diversificar su dependencia energética. No es sólo un matiz terminológico, porque en el matiz se incluye a un grupo de países cuyas actitudes y acciones harían palidecer a los miembros de la Camorra.

Salta a la vista que Turquía no puede formar parte de la UE porque parte de un error de base, no ha entendido lo que es el proceso de integración europea. La UE es mucho más que un organismo internacional, tiene órganos ejecutivos, legislativos y judiciales y una cámara de representantes elegida por los ciudadanos en sufragio. Si bien es cierto que es un club de naciones, su pertenencia cambia la esencia de la propia ciudadanía, y jamás podrá pertenecer a ese club alguien que utiliza la modalidad negociadora más deleznable y humillante, la extorsión, porque eso no sólo demuestra la escasez de cultura democrática sino que delata las nada sanas intenciones de los representantes de esa nación.

Tal vez Turquía se ha condenado a sí misma por la historia, y sigue condenándose por sus hechos, podrá ser un aliado preferente, tendrá que ser un aliado por la fuerza de un mundo globalizado donde las fronteras se difuminan, pero no puedo vislumbrar un horizonte a medio plazo en que Turquía sea realmente uno de los nuestros.