jueves, 13 de noviembre de 2008

Una Europa de plátanos azules

El estado socioeconómico de Europa... visto desde el cielo. Dicen que por la noche, un brillante plátano azul atraviesa Europa desde Lancashire hasta la Toscana, pasando por Londres, Bruselas, París, Frankfurt, Stuttgart, Berna y Milán. La pequeña Bélgica destaca por la iluminación de sus autopistas, bien conocidas por los astronautas.

No se sabe con certeza si ese mapa de luces es el origen de la expresión conocida como Blue Banana que triunfó en la década de 1990 en Europa. La acuñó en 1989 el geógrafo francés Brunet, en un buen intento por crear un modelo de desarrollo regional en la UE, que quedó finalmente en nada más que un referente, tal vez porque en ese gran plátano azul no hay intereses territoriales realmente comunes.

La loable intención de Brunet de criticar el centralismo francés y la concentración de riqueza en torno a las grandes urbes, ha quedado relegada a ser un modelo teórico representado por una macrorregión transnacional gigante. Ha fracasado pero es válido como un referente para entender cómo se crean redes complejas y jerarquías solapadas en términos geopolíticos y geoeconómicos.

Es innegable que en Europa se está desarrollando un nuevo regionalismo, propiciado además por la europeización de las políticas regionales, y la regionalización de los órganos comunitarios. Esto multiplica la intervención de actores y de intereses, e incrementa la complejidad escalar. Hay un salto de las economías nacionales a nuevas formas de reparto norte-sur, este-oeste, lo que potencia las alianzas estratégicas entre regiones al margen de los Estados, con el fin de asegurar a largo plazo la supervivencia económica y política, como garantes de las competitividad estructural de dichas regiones en un mundo global. Los gobiernos regionales comprenden bien que no pueden seguir dependiendo de papá Estado.

Se producen así cambios de jerarquía desde el nivel local al nivel global. Los mercados pequeños buscan su propio nicho en el mercado global, además de aliarse con otros mercados pequeños, en un momento histórico en que las economías nacionales en sí están perdiendo mucho peso. Las Eurorregiones son consecuencia del apoyo financiero e institucional de la propia UE, con la Comisión como actor principal, consciente de la oportunidad de europeizar a través de las regiones, como brazos ejecutores de las políticas europeas, y ambos acaban por alimentar mutuamente sus intereses.

El plátano azul no es una Eurorregión ni ha derivado en un nuevo desarrollo escalar de fronteras, a pesar de que en sus comienzos el término prosperó y fue visto como una oportunidad política para algunas regiones adyacentes que quisieron aprovechar el concepto para incorporarse, difuminando las fronteras existentes.

Lo cierto es que más que de un región se trata de un corredor de prosperidad, en el que geográficamente coincide una importante densidad de población, junto con un notable desarrollo industrial y una adecuada infraestructura. En esos términos, y siguiendo ese modelo, la UE quedaría fragmentada en varias regiones según los parámetros de riqueza y desarrollo económico. Esto plantea una gran oportunidad política sobre todo para las regiones menos desarrolladas.

Sería útil empezar a plantaerse una Europa de plátanos azules, en la que las regiones periféricas, depauperadas, infradesarrolladas, encontraran una posibilidad de reforzarse mutuamente, saliendo del círculo vicioso en el que se encuentran. El sistema de transferencias al estilo de los Fondos de Cohesión no puede ser eterno ni es sostenible, además de que perpetúa la dependencia externa.

Las regiones en desventaja competitiva por situación y características deben canalizar sus intereses en forma de cooperaciones territoriales en toda la UE, de modo que las fronteras tradicionales del Estado-nación se sustituyan por fronteras funcionales.

Hay herramientas y mecanismos, desde hace un año existen las Agrupaciones Europeas de Cooperación Territorial, instrumento de cierta complejidad institucional (y demasiado dependiente todavía de las administraciones de los Estados) pero que permite las asociaciones eficaces entre municipios y regiones, incluso remotos, para proyectos comunes. Algunas de ellas están empezando a funcionar. Estos movimientos son señal de que las economías nacionales ya no son el objeto principal de la gobernanza económica, entre otras cosas porque las economías regionales padecen sus propias dificultades, en ocasiones tan específicas o acusadas que las políticas macroeconómicas nacionales son incapaces de ofrecer soluciones.

En este contexto, la creación de nuevas escalas territoriales se convierte en objeto de la lucha sociopolítica. En la actual UE, aunque muchos no lo perciban, las regiones transfronterizas empiezan a ser algo más que entidades tecnocráctias, y las Eurorregiones (empezando por la región Catalunya-Pirineos) están llamadas a ser algo más que entidades rutinarias y más o menos pasivas.

No voy a pecar de una retórica proeuropeísta, aunque no podemos negar que las regiones transfronterizas son esos pequeños puentes que propician la difusión de las fronteras, y que acabarán llenando el mapa de Europa de plátanos azules, hasta que un día las actuales fronteras de las naciones tal como las conocemos sean patrimonio exclusivo de los manuales de geografía e historia.