sábado, 5 de abril de 2008

Reflexiones sobre el presupuesto europeo 2008

Cuando en noviembre de 2007 se aprobó el presupuesto de la UE para 2008, se visibilizaron unas negociaciones maratonianas entre los 27 para un gasto que apenas se ha incrementado con respecto al ejercicio anterior (unos 5000 euros más).

Los titulares generales sobre este presupuesto resaltan que la mayor dotación va destinada a crecimiento y empleo, pero tras ese titular se esconde prácticamente la nada. Es decir, se reasignan las partidas, se cambian ciertos nombres y la opinión pública simplemente recibe el mensaje de que casi la mitad del presupuesto europeo se destina a crecimiento y empleo, sin saber que en realidad estamos hablando de la mitad aproximadamente del 0,95 % de la RNB de la UE. Huelgan comentarios.

No se han cumplido los deseos de la comisaria Grybauskaité, que aspiraba a un presupuesto ambicioso, vinculado a una amplia reforma institucional. Elementos claves como la energía por ejemplo han quedado fuera de objetivos presupuestarios de nuevo.

De hecho no ha habido cambio de prioridades, y no se ha hecho la necesaria redefinición de las partidas de gasto. Creemos que es un debate imprescindible y que debe proponerse y resolverse desde Bruselas, sin esperar y por puro sentido político para: aumentar la inversión estratégica (energía, desarrollo tecnológico) y facilitar el desarrollo empresarial.

Una política europea de competitividad para las empresas justificaría por ejemplo la transferencia del impuesto de sociedades a las arcas comunitarias, lo que dotaría de recursos suficientes al gobierno europeo para una planificación de crecimiento global y más homogénea.
Deberíamos dirigirnos probablemente a la coordinación centralizada, combinada con los incentivos nacionales para gestionar de manera óptima los recursos.

Para evitar la dispersión jurídica en un sistema federal como el que apunto aquí, se activarían mecanismos de responsabilidad para la gestión eficiente, desterrando para siempre el sistema actual de transferencia de fondos, que se ha mostrado opaco y poco eficaz.

Concibiendo la UE como un modelo federal, estaremos preparándola para poder asumir objetivos mucho más ambiciosos y beneficiosos para todos los Estados miembros. Las decisiones sobre gasto no deberían fundamentarse en negociaciones anuales en la que los Estados miembros se representan a sí mismo y a sus propios intereses, sino que deben sistematizarse institucionalmente de forma centralizada, para evitar la perversión de los intereses nacionales.

De todos modos, la madre del cordero es la dimensión presupuestaria. Se escriben miles y miles de folios sobre las partidas de gasto del presupuesto, cuando en realidad el problema es su escasa dimensión, una dotación tan reducida que apenas puede ofrecer acción política que perciba como tal el ciudadano. Buscamos acción pública eficiente, calidad en políticas europeas que redunden en beneficio común, es necesaria la aportación de todos y la presencia de instituciones europeas transparentes como garantes de estabilidad.

En este contexto, elementos contemplados en el nuevo Tratado de Lisboa, como la posibilidad abierta de que cualquier miembro pueda retirarse de la UE voluntariamente, o la explicitación de la posibilidad de recuperación de algunas competencias comunitarias, son ejemplos claros de que vamos en la peor dirección y de que existe retroceso en la construcción europea.