jueves, 10 de abril de 2008

Cambios inminentes en el organigrama europeo

Están a punto de producirse nombramientos cruciales en la marcha de la UE. Entre este año y el próximo se nombrará el presidente de la Comisión de la UE, el presidente del Consejo Europeo y el Alto Representante para exteriores.

Desde mi punto de vista deben evitarse estos nombramientos antes de las elecciones de 2009.
El problema de base es que el Tratado de Lisboa es ciertamente ambiguo y deja margen a la improvisación. De hecho todavía no está clara la dimensión del Consejo Europeo, ni tampoco queda bien definido su papel. Desconocemos si la sede del Alto Representante estará en la Comisión o en el Consejo .

Veremos como esta implementación será en realidad un proceso oculto a la opinión pública, sin embargo el resultado será vital para ver si nos encaminamos hacia una Europa federal, o seguimos con el intergubernamentalismo. Lo positivo desde el punto de vista federalista, sería que la representación exterior estuviera lo más próxima posible a la Comisión y minimizar el efecto de un presidente fuerte sobre una Comisión debilitada por un exceso de comisarios y unos recursos escasos.

Nunca dejaré de insistir en la importancia de que la Comisión sea un verdadero Ejecutivo. En este sentido me parece un error que se perciba que el presidente de Europa es en realidad el presidente del Consejo Europeo, porque este no tiene control democrático directo, éste simplemente debería presidir las reuniones, sin intervenir en el trabajo de la Comisión. Por tanto, la máxima representación debe caer en el presidente de la Comisión como líder visible. En cuanto a política exterior, es obvio que el actual y desvirtuado Mr. PESC debe convertirse en un ministro de Exteriores comme il faut y trabajando codo con codo con la Comisión.

Volviendo a las elecciones del año que viene, lo deseable desde el punto de vista democrático, es que cada partido político nos dijera quién es su candidato a presidir la Comisión, así como detallar en sus programas su compromiso con el constitucionalismo europeo. No es descartable también un cierto riesgo de que el nombramiento del presidente de la Comisión antes de las elecciones europeas de 2009 desmotive la participación en dichas elecciones, ya de por sí poco estimulantes para la ciudadanía europea.

Tras las elecciones, lo lógico es que el Parlamento Europeo diera su visto bueno al presidente de la Comisión y al ministro de Exteriores elegidos, por ello su nombramiento debería ser posterior a las elecciones, de lo contrario estos cargos estarán sometidos al juego de negociación entre los Jefes de Estado, algo que nunca me cansaré de denunciar, pues erosiona la credibilidad de la Unión Europea como unidad política, y de hecho va contra el mandato del propio Tratado de Lisboa en favor de esa unión.