lunes, 10 de marzo de 2008

Parte III. Historia de la UE desde un enfoque distinto.


En 1970 Spinelli entró en la Comisión, y buscó a toda costa transformar la institución, tratando de que fuera lo más autónoma posible y trayendo de nuevo a la palestra el debate federalista. Se logró dejar de lado la concepción gaullista del europeísmo, pero el intergubernamentalismo siguió predominando. Lamentablemente los años que siguieron se han definido como los del “europesimismo”.
Hay quien dice que en política la percepción es más importante que la realidad. Los signos en ese momento eran confusos, hubo crisis económicas y las naciones no se implicaron en una estrategia verdaderamente europea. El avance más notorio para muchos en la década de los 70 fue la adhesión del Reino Unido en 1973 que facilitó la adhesión posterior de otros países nórdicos y el desarrollo economicista de la comunidad, si bien para otros fue un golpe para el proyecto político europeo, pues suponía la incorporación de un estado empeñado en conservar su soberanía. Es innegable que aún hoy en día la unión política es una especie de fantasma molesto para el Reino Unido.
Spinelli siguió actuando hasta entrada la década de 1980, y demuestra que la idea federal permaneció y resistió en el trasfondo de la construcción europea, a pesar del desespero que supusieron muchos acontecimientos de esa década. En 1980 Spinelli propuso que el Parlamento Europeo tuviera un papel constituyente como representante legítimo de la ciudadanía europea, y advertía de que las soluciones intergubernamentales a los problemas estructurales y de recursos de la Comunidad serían apenas temporales, y que al final las crisis serían paralizantes, por lo que el PE debía comprometerse desde una perspectiva netamente europea. Es decir en realidad lo que ocurrió es que faltó voluntad política y capacidad real de la Comunidad para actuar. En esa época hubo muchas iniciativas federalistas, destacando en ese contexto el Informe Tindemans, aunque no empezaron a materializarse algunas hasta la década de 1990.
A partir de 1985 las cosas cambian a mejor, se producen cambios muy notables, y la construcción europea recupera su vigor inicial, después de 30 años.
No negaremos que estos avances fueron propiciados en parte por una combinación de intereses nacionales concluyentes, junto con un entorno internacional favorable, de modo que del momento adecuado, los actores implicados supieron extraer buen partido, y parte de ellos percibieron que un retraso sería perder una oportunidad. Cuando se aprobó el AUE en 1987 por parte de los doce, se realizaron muchos estudios, y la conclusión más clara para explicar el consenso entre los Estados miembros fue el reconocimiento de la caída de la capacidad competitiva europea, especialmente ante EE.UU. y Japón. Entendieron muy bien los Estados miembros que las soluciones nacionales ya no eran suficientes y por eso se apuntó hacia la integración regional.
Desde el punto de vista de los líderes europeos, la coyuntura también fue favorable, pues por un lado Thatcher potenció el modelo de mercado, abogando por las privatizaciones, la desregulación y una clara cultura empresarial en la Europa Occidental, a esto se sumó el nombramiento de Delors como presidente de la Comisión en 1985, y a la presencia de Kohl en la cancillería alemana, quien forjó una nueva dinámica junto con el Parlamento Europeo, para dotar de mayor capacidad a la CE. Estas circunstancias favorecieron que la reforma que había promovido Spinelli a través del TUE fuera la base del AUE.
Sin poder profundizar aquí en el perfil de Delors, sí diremos que puede considerarse como uno de los principales arquitectos de la construcción europea, junto con Monnet y Spinelli. Delors deseaba que Europa fuera algo relevante para la vida de los ciudadanos. En la práctica Delors y su equipo promovieron un movimiento gradual de la construcción de mercado europeo (desarrollo del mercado interior) a la construcción de estado europeo (redistribución, creación de moneda única y por fin unión política). Tal como había hecho Monnet, Delors buscaba modificar el contexto, y consolidar un momento integracionista, es decir “crear una lógica de europeización a la que los Estados miembros no pudieran resistirse” .
En el famoso Consejo de Fontainebleu (1984) se llegó al acuerdo de establecer dos comités sobre el concepto de Unión Europea: el comité Adonnino, para promover la imagen de un pueblo europeo (bandera, himno, etc.) y el comité Dooge creado expresamente para asuntos institucionales.
El impulso de este Consejo se explicó en términos de intereses nacionales franceses, es decir para afrontar unas elecciones francesas con problemas domésticos, trasladando muchas explicaciones políticas a la arena comunitaria. Muchos consideraron que en este caso, Mitterrand había elevado las prioridades nacionales a la escala comunitaria. De todos modos el Informe Dooge no alteró la posición institucional básica, en cuya virtud la legitimidad se deriva directamente de los Estados miembros, y resultó ser un documento político y no legal, además de bastante ambiguo . Lo más interesante de esos años entre 1985 y 1987 es que el satus quo no era una opción, es decir que se creó un momento político en la estela del Parlamento Europeo, el TUE y el Informe Dooge que culminó en la cumbre de Milán, donde se propuso una CIG para la reforma institucional. Se invitó a los Estados miembros más escépticos (Reino Unido, Dinamarca y Grecia) para participar en la CIG y no quedar fuera de las decisiones, dado que todavía se requería unanimidad para la modificación de los tratados. En cuanto a los problemas a resolver había unanimidad entre los Estados miembros, la dificultad subyacía en las diferencias en cuanto al método, y en ese momento la prioridad de la Comisión fue evitar que la CIG diera únicamente un resultado cosmético, y peor aún que incluso hubiera desacuerdo intergubernamental sobre el propio cosmético, lo cual habría sido demoledor de cara a la opinión pública. Delors insistió en que si la CIG se había convocado el resultado debía ser ambicioso, y por ello sometió a presión a los jefes de Estado.
El resultado fue que el AUE presentaba avances en varias dimensiones federales, por un lado aumentaba las competencias comunitarias (política regional, medio ambiente, I+D, etc.) y por otro planteaba reformas institucionales. Lo cierto es que las disposiciones institucionales no aportaron grandes cambios en la práctica, y simplemente “se ofrecía seguridad a los intergubernamentalistas y esperanza a los federalistas” .
En este momento se puso de manifiesto la diferencia entre hacer políticas e implementar políticas, porque después del AUE se aplicó la mayoría cualificada para garantizar el cumplimiento del mercado único en 1992, pero ello no garantizaba que las medidas aprobadas se implementaran, a pesar de la importancia simbólica de la mayoría cualificada frente a la unanimidad. Finalmente el AUE se aprobó en 1987, resultando bastante insulsa desde el punto de vista institucional pero vital desde el punto de vista del desarrollo del mercado interior.
A pesar de ello, hay controversia sobre la interpretación histórica del AUE, pues si bien es cierto que hay negociación entre Estados miembros, esta no se puede explicar sólo en términos de preferencias nacionales (la teoría conocida como intergubernamentalismo liberal, propugnada por ejemplo por Moravcsik). Las explicaciones de corte neorrealista no son suficientes, porque los actores fundamentales, en particular el eje París-Bonn, tuvieron una visión federalista, si bien se puede reconocer que haciendo coincidir sus intereses nacionales con su particular concepción de Europa. Sin olvidar la autonomía con que logró trabajar la Comisión en la segunda mitad de los ochenta, y el papel decisivo que había jugado el TJCE gracias a la famosa sentencia del Cassis de Dijon (1979), que abrió el camino para el desarrollo del mercado interior. Esta sentencia motivó que en el AUE se creara el Comité Europeo de Estandardización, para asegurar el cumplimiento de las disposiciones de la Comisión por todos los productores de la UE.
(Continuará...)