lunes, 10 de marzo de 2008

Parte II. Historia de la UE desde un enfoque distinto.


Más tarde se relanzó la unidad europea, gracias a Monnet y Spaak en los proyectos de EURATOM y el mercado común, que dieron origen a los Tratados de Roma, que establecían la CEE y el EURATOM, firmados en 1957. Es comúnmente aceptado que el Tratado de Roma desarrollaba los principios planteados en el Informe Spaak de 1956. De los tres hombres que redactaron dicho Informe, dos (Pierre Uri y Hans von der Groeben) eran federalistas declarados, y hay un par de elementos claramente federales en el Tratado de Roma: en concreto el artículo 201, que establecía la base para una fuente de ingresos independiente para la CE, y el artículo 138, que propugnaba unas futuras elecciones directas a la Asamblea europea. En las negociaciones del tratado se detectó la fuerte presencia de los intereses nacionales, aunque se logró hacer converger estos intereses en favor de un interés común.
En este sentido, el papel de la primera Comisión fue esencial desde el punto de vista del federalismo, gracias al nombramiento de Walter Hallstein como primer presidente en 1958, lo que fue una decisión política que facilitó la impregnación de las ideas federalistas en el periodo inicial de la integración, y permitió una interpretación dinámica de los Tratados de Roma.
No obstante, a partir de ahí la historia ha sido claramente intergubernamental, enfatizando el papel de los intereses nacionales y dejando de lado el papel de las ideas más europeístas. Podemos incluso asumir que la interpretación histórica de la CE es selectiva por omisión, pero hay hechos que son innegables, y entre ellos el gaullismo, que supuso un golpe al supranacionalismo. Se produjo una ruptura política en 1966, cuando de Gaulle realizó una serie de acciones para minar las pretensiones supranacionales de la Comisión. No fue el fin del europeísmo, pero el hecho de que en la década de 1960 de Gaulle dominara los asuntos comunitarios, poniendo todo su énfasis en el eje París-Bonn, fue perjudicial pero no pudo con otros aspectos muy positivos a favor de la integración, entre ellos la mejora de la productividad y el crecimiento, y el dinamismo que habían conseguido preservar las instituciones europeas, lo que acabó reafirmando la fe de todos en el Mercado Común.
Veamos a modo de ejemplo de lo que representaba el gaullismo una visceral frase del presidente francés: “Reitero que actualmente no hay y no puede haber otra Europa que la de los Estados (excepto para mitos, ficciones o espectáculos). La llamada ‘Europa integrada’ que no tendría política, y acabaría dependiendo de alguien de fuera, alguien que tendría su propia política. Existiría quizás un federador, pero este no sería europeo…” .
El uso que hace de Gaulle de la palabra “federador“ se refiere a los EE.UU., y esto irritó a Monnet por la forma en que caricaturizaba “la gran empresa que durante doce años había llevado a unir a los pueblos de Europa”.
Por otro lado, para Monnet los tratados de Roma fueron decepcionantes, y consideraba que habían defraudado sus esperanzas federalistas, pero en cambio apostaba por las futuras ampliaciones, que facilitarían la consolidación europea.
(continuará...)