lunes, 31 de marzo de 2008

Cambio de ejes en la UE

Todos lo que conocemos un poco sobre la historia de la Unión Europea somos conscientes de que el germen de nuestra unión siempre ha pasado por Francia y Alemania. De ahí la famosa y recurrente alusión al eje París-Berlín (antiguamente París-Bonn).

No obstante ha habido algunos cambios circunstanciales, como ocurrió con José Mª Aznar y su firme alianza con el Reino Unido de Blair en el impulso de una UE distinta. Con la llegada del brioso y emprendedor Nicolas Sarkozy a la jefatura frances vuelve a darse preponderancia al papel británico.

Para muestra, el viaje de Sarkozy a Londres el pasado 26 de marzo, cuyo punto álgido se produjo en el discurso de Sarkozy en la Galería Real del palacio de Westminster, reunidas conjuntamente la Cámara de los Lores y de los Comunes. Sarkozy regaló los oídos de sus anfitriones con sus inacabables elogios al pasado británico y su agradecimiento por la liberación del nazismo, su canto de amor al Reino Unido de hoy, gran líder del librecambismo, sus llamamientos a la "hermandad franco-británica, esencial para una Europa en acción" y su encendida defensa del esencial papel reservado a los británicos en la construcción europea.

El presidente no se tomó la molestia de ocultar el objetivo quizás último de esos elogios: acercarse al Reino Unido de Gordon Brown para marcar distancias con la Alemania de la canciller Angela Merkel, con la que no se entiende bien, y en esta línea afirmó "por supuesto, para nosotros franceses, la amistad franco-alemana es una de las piedras angulares de la reconciliación europea. Estoy convencido de que en la Europa de hoy el motor franco-alemán es esencial. Pero ya no es suficiente para permitir a Europa actuar con todo su peso. Tenemos que arrastrar a los 27 . Necesitamos, primero y ante todo, una nueva entente franco-británica".

Sarkozy reforzó ese mensaje al alinearse con posiciones políticas muy próximas a las británicas. Desde la lucha contra el cambio climático al impulso de la energía nuclear, el control de la inmigración, la reforma de las instituciones internacionales, o la tragedia de Darfur.

Y para demostrar que Sarkozy apuesta por las reformas en la UE, y además en serio, se ha mostrado dispuesto incluso a modificar la PAC, la piedra de toque de la posición francesa en todas las negociaciones comunitarias.

Concluyo este artículo con una enumeración de las propuestas concretas planteadas por Nicolas Sarkozy:
- Reforzar el papel del Reino Unido en la UE junto con el tradicional de Alemania.
- Expandir el uso de la energía nuclear.
- Reformar la Política Agrícola Común (PAC).
- Incrementar el control de la inmigración en Europa.
- Trabajar para garantizar la paz y la seguridad a través del refuerzo de la defensa europea y, en concreto, del envío de más tropas a Afganistán (Francia tiene actualmente 1.515 soldados, mayormente en Kabul).
- Impulsar la reforma de las organizaciones internacionales, especialmente la ONU.
- Incrementar la protección del medio ambiente.

La mujer en el gobierno de la UE

Bruselas está a punto de elegir por primera vez un presidente del Consejo Europeo, la persona encargada, entre otras cosas, de representar a la UE en el ámbito de la diplomacia. Hasta ahora todo han sido varones, pero hay cierta presión para que una voz femenina responda en nombre de Europa a las posibles llamadas del secretario de Estado estadounidense, en la actualidad una fémina, Condoleezza Rice. Más allá de las comparaciones, existe cierta tendencia masculina a nombrar hombres, pero a su vez se insiste en la necesidad de aumentar la presencia femenina en la cúpula comunitaria. Ahora es buen momento para hacer realidad ese designio, ya que se avecinan cuatro nombramientos clave en la UE: la presidencia de la UE (el Consejo), la de la Comisión, la del Parlamento y la figura de Alto representante de la política exterior. Parece que existe un acuerdo tácito para que cuando los líderes europeos valoren sus nombramientos, busquen el equilibrio entre Estados miembros y tiendan también hacia un cierto equilibrio de sexos.

Datos actuales: un tercio de los 27 miembros de la Comisión Europea son mujeres y ocupan carteras tan poderosas como Competencia, Agricultura o Sociedad de la Información. Por cierto, la corrección política, que a mí particularmente no me gusta, se ha aplicado en el Comité de sabios, que ha pasado a denominarse Grupo de reflexión para evitar sesgos de género.

En cuanto a los antecedentes, en sus 50 años de historia ninguna mujer ha presidido la Comisión Europea y entre los 26 presidentes del Parlamento europeo sólo dos han sido mujeres (Simone Veil y Nicole Fontaine). Obviamente la representación femenina en el Consejo Europeo es marginal, debido a la escasa presencia de mujeres al frente de los Gobiernos nacionales. Desde que en 1973 comenzaron las llamadas cumbres europeas sólo tres veces las ha presidido una mujer, en su momento Margaret Thatcher y, en dos ocasiones el año pasado, Angela Merkel.

La ausencia de mujeres entre los nombres de posibles candidatos que han empezado a circular "resulta llamativa", en opinión de la europarlamentaria y vicepresidenta del Grupo Liberal, Karin Riis-Jorgensen. De momento, sólo una mujer suena con fuerza para presidir el Consejo Europeo: Angela Merkel, quien se labró una excelente reputación internacional el año pasado, cuando asumió la presidencia de turno de la UE y del G-8. Y de hecho, en Bruselas su prestigio creció después de que lograse resucitar la frustrada Constitución y reconvertirla en el Tratado de Lisboa.

En una reciente encuesta del Financial Times en los cinco países más poblados de la UE, Merkel era la preferida para el cargo no sólo en Alemania, sino también en Francia e Italia. La alemana lograría probablemente entre los 27 Gobiernos de la UE el respaldo suficiente para convertirse en la primera presidenta del Consejo, aunque en realidad no parece fácil que la primera mujer en ocupar la cancillería alemana cambie Berlín por Bruselas. Pero Merkel no es la única candidata ni la presidencia de la UE el único cargo disponible, y entre las posibles aspirantes que se mencionan estos días en Bruselas figuran la presidenta finlandesa Tarja Halonen, la ex presidenta letona Vaira Vike-Freiberga o la ex comisaria europea Enma Bonino. Cualquiera de ellas y muchas otras podrían optar también al puesto de presidente de la Comisión Europea, que quedará vacante a finales de 2009, que José Manuel Durâo Barroso ocupa desde 2004. Y aunque pocos en Bruselas dudan de que al portugués le gustaría repetir, la carrera por el cargo está abierta y el nombramiento dependerá en gran medida del balance que resulte tras el reparto de los otros puestos en juego. Como varón, conservador y meridional, la renovación de Barroso estará en peligro si la presidencia de la UE se concede a un perfil similar. Otro nombre, el de Javier Solana, varón meridional, pero socialista, ocupa ahora el tercer puesto en discordia. En principio, el español debe asumir en 2009 de manera automática el puesto de Vicepresidente de la Comisión y ministro de Exteriores.

No obstante, todos estos puestos se renuevan, y es previsible que en los próximos meses veamos a más mujeres al frente de las instituciones que gobiernan en Bruselas.

domingo, 23 de marzo de 2008

Redescubriendo Europa

Aunque no lo crean, existe un debate sobre el futuro de Europa, es un debate constante, dinámico y recurrente. Nos ha de llevar a alguna parte, nos ha de llevar en mi opinión a un nuevo y duradero diseño institucional.

La fallida Constitución de la UE no debe desanimarnos, somos 27 países y es necesario que todos estos ciudadanos se conecten de una vez por todas con sus instituciones, es imprescindible establecer competencias supranacionales.

Creo que en la UE sigue habiendo déficit democrático, ya que no hay una interrelación clara entre la soberanía nacional y los organismos europeos. Necesitamos un texto constitucional que defina: objetivos, principios e instituciones.

Se me antoja una grave dificultad el hecho de que los intereses entre estados grandes y pequeños, o entre estados centrales y periféricos tiendan hacia la divergencia en los últimos tiempos. Por tanto, parece complicado plantear una estructura institucional simplificada que cubra todas las aspiraciones.

Sin duda para mí el federalismo es la respuesta, como contraposición al funcionalismo habitual en el sistema comunitario, que contempla el traspaso de funciones a los organismos europeos según criterios funcionales, siguiendo con fidelidad la idea de Jean Monnet, si bien no del todo, pues Monnet en el fondo preconizaba un federalismo incremental que conluiría en una Europa federal.

La visión federalista genera notable polémica, muchos Estados miembros la rechazan, pues ven en el federalismo uniformización y centralismo (esta es la visión más anglosajona, arraigada sobre todo en el Reino Unido). No obstante el sistema funcionalista de objetivos concretos ha sido útil para el mercado común, pero no goza de transparencia ni de control democrático directo.

Según el criterio funcionalista Europa se ha ido construyendo con acuerdo a las necesidades de cada momento, sin un proyecto global coherente. Los acuerdos funcionales son más sencillos, pues los costes y beneficios son previsibles y cuantificables. En este ámbito las propuestas institucionales se han basado en las propias tradiciones nacionales, en otro ejemplo más de construcción pragmática. Por ejemplo el AUE se limitó a retirar las barreras arancelarias, y a partir del TUE se logró la implementación de la moneda única, y en el ámbito político únicamente se han reafirmado los pilares básicos sin ir más allá en la integración. Los tres pilares del triángulo institucional están cuestionados de forma casi recurrente: el PE es incapaz de administrar realmente sus poderes, la Comisión tiene problemas para imponerse como legislativo o ejecutivo real, y el Consejo tiene mucho peso en las propuestas, aunque poca capacidad ejecutiva.

Es posible que aún consiguiendo un texto constitucional europeo no se garantice una simplificación de las estructuras de gobierno. En este sentido se nos presenta como útil el enfoque de la gobernanza multinivel (dedicaré un post a analizar más a fondo qué significa la gobernanza multinivel en la UE) , por otro lado ahora mismo el poder simbólico de las institucions europeas es relativo, ya que los ciudadanos tienden a valorarla en función de resultados objetivos, sobre todo económicos, o dicho de otro manera en parámetros de eficacia.

Con el incremento de miembros, la Comisión y el Consejo se ven desbordados en sus funciones, de modo que sin duda el Parlamento Europeo debería aumentar claramente su poder de acción y decisión.

Cabe preguntarse si la descentralización, el reparto competencial y las políticas redistributivas son necesarias ahora que la UE se ha ampliado y existen tantas diferencias estructurales entre los Estados miembros. Sin duda apuesto por una nueva estructura que preserve los rasgos esenciales de la UE, pero que refleje los intereses comunes de los Estados miembros, que a buen seguro existen, y esto ha de ir más allá de las habituales declaraciones de intenciones.

Para mí no sería preciso centrar el debate en las divergencias entre federalismo, intergubernamentalismo o funcionalismo. Los Estados han renunciado ya a parte de su soberanía, hace dos décadas era impensable que tantos Estados miembros llegaran a renunciar a la soberanía sobre su moneda, con todo lo que ello implica (incapacidad de utilizar las devaluaciones en momentos de crisis económica, entre otras medidas económicas de urgencia que permite tener un control político sobre los bancos centrales nacionales).

Las competencias atribuidas en los tratados son reducidas y además su atribución es bastante difusa. Existe por otro lado una tendencia a la implementación de políticas sobre la marcha o definidas de acuerdo a necesidades puntuales, en realidad ha habido intentos sistematizadores, pero muy deficientes en la práctica. Estos problemas solamente tienen solución y respuesta en un diseño federal, con una administración fiscal adecuada, con un reparto competencial claro entre niveles de gobierno, seguramente la solución vendría de la mano del federalismo fiscal, de la federalización del gobierno de la UE y de un nuevo reparto funcional con arreglo a una territorialidad distinta, no tanto basada en una Europa de las regiones, pero sí de los territorios, entendidos como jurisdicciones con características y estructuras económicas similares.

Sé que esta idea está muy alejada de la concepción que los líderes políticos actuales manejan, todavía hay reticencia a ceder soberanía, no nos engañemos, nuestra UE es todavía una UE de naciones. Nuestro gran reto es conseguir un diseño político perdurable, y para ello hay que superar el concepto de que la UE es una especie de mercado donde todos vamos a ver quién consigue más para sí. Es imprescindible que todos sumen, sino el proyecto jamás llegará a buen puerto, y lo que es más grave, perderemos la gran oportunidad histórica de que la UE lidere el mundo globalizado.

viernes, 14 de marzo de 2008

El Parlamento Europeo, mejora en valoración

Como sabéis, el Eurobarómetro es un sondeo de la opinión pública en la Unión Europea que abarca los veintisiete Estados miembros. En su última publicación, del 5 de marzo de 2008, centra su atención en el Parlamento Europeo, evaluando el grado de conocimiento de los ciudadanos, la imagen de la institución y las expectativas que genera. Para ello, se realizaron un total de 26.768 entrevistas personales.

La mayoría de los encuestados (el 43 por ciento) consideran que el Parlamento Europeo es la institución comunitaria que tiene "mayor poder de decisión en la Unión Europea", por delante de la Comisión (catorce por ciento) y del Consejo (diez por ciento). El estudio de opinión refleja asimismo que los europeos tienen una imagen fundamentalmente positiva (39%) o neutral (41%) de la Eurocámara, que es descrita por la mayoría como un organismo "democrático", "no muy conocido" y "dinámico", que está "a la escucha de los ciudadanos europeos".

El Eurobarómetro también identifica el punto débil de la institución: el 73 por ciento de los encuestados dijeron estar mal o muy mal informados sobre las actividades del Parlamento Europeo. Buena prueba de ello es el hecho de que el 75 por ciento declaró no conocer la fecha de las próximas elecciones europeas, que se celebrarán en junio de 2009. Sólo uno de cada diez respondió correctamente esta pregunta. Sin embargo, más de la mitad de los encuestados consideraron que el Parlamento Europeo ha desempeñado un papel importante en relación a asuntos como el uso del teléfono móvil en itinerancia -el llamado "roaming- (55%), la elaboración de una "lista negra" de compañías aéreas (65 por ciento), la legislación REACH sobre sustancias químicas (setenta por ciento) o sobre la calidad de las aguas de baño (58 por ciento).

martes, 11 de marzo de 2008

What kind of Europe we want to build?

As you may know, at the moment I'm researching in the future of European public finance. I've been doing it for some years now and this is why I'm aware of the strenghts and limitations that the European Union has.

Firstly, we must stress that the internal market is not fully completed. We must ensure a market characterized by the greatest possible freedom of suplly and choice. Some say it's still in need of guidance, but I'm not quite sure about it.

Secondly, due to the new Member States with different economic structures and some of them clearly falling behind, it also calls for a strengthening of the redistribution function. I know this is a controversial matter, but in fact the EU has been built upon this belief, specially through the Cohesion Funds or other structural instruments. That's what really matters, for we should look at the quality of the transfers themselves and at their real economic effectiveness.

We are clearly in need of a federal structure, which means to apply the principle of transferring to a higher level only that which cannot be efficiently executed at a lower level. Here is where I must stress the importance of political balance.

So, the regulation and distribution functions must still be strengthened at EU level.

I have claimed in this blog and elsewhere that EU negotations on budget ara always reduced to a mere matter of acounting, based un the "juste retour" concept by the Member States. Besides, the current budget (barely 1 % of EU-GDP) is clearly insufficient, it cannot offer any support to economic activity or macroeconomic stabilization.

The core problem is that the EU is not a full political system, for it is not responsible for the provision of essential public goods, such as defence, justice, social security and so on, this is why members balance costs and benefits in more narrow terms than in a complete political system.

In this blog I will write a lot on this issues and I'll try to offer solutions with institutional content.

lunes, 10 de marzo de 2008

Rezagados en I+D

Según publica la European Innovation Scoreboard, que valora los resultados estadísticos sobre innovación de la UE-27, más Turquía, Islandia, Noruega, Suiza, EE.UU. y Japón, obtenemos para 2006 la clasificación de países siguiente:
1. Líderes (leading countries): Alemania, Suecia, Dinamarca, Finlandia y Suiza.
2. Comportamiento adecuado (average performance): Reino Unido, Irlanda, Francia, Benelux, Austria, Noruega, Islandia e Italia.
3. Poniéndose al día (catching up): Portugal, Grecia, Eslovenia, Hungría, Chequia, Letonia, Lituania, Chipre y Malta.
4. Perdiendo terreno (losing ground): España, Polonia, Estonia, Bulgaria, Eslovaquia, Rumania y Turquía.
Esta tendencia parece repetirse para 2007, por lo que podemos extraer la conclusión de que el gobierno español no ha tomado las medidas necesarias, lo que nos coloca junto con los países que están a la cola en competitividad, pero además las disparidades indican la dificultad para poder lograr la convergencia a corto o medio plazo en este campo.
Los indicadores que valora el EIS contemplan cinco elementos claves: a) impulso de la innovación; b) creación de conocimiento; c) espíritu emprendedor; d) aplicaciones; e) propiedad intelectual.
La pérdida de España se relaciona con un potencial crecimiento del desempleo y de la desaceleración económica. Las medidas globales propuestas por la Comisión Europea, contemplan:
* Redistribución de la ayuda estatal.* Mejora de la eficacia de la protección intelectual.* Movilización de los fondos para la investigación.* Creación de polos de innovación.* Mejora de la asociación industria-universidad.* Optimización de las condiciones para la inversión privada en I+D.
Los programas en marcha se enmarcan en la Agenda Lisboa para el crecimiento, siendo uno de los objetivos la creación de lead markets, para que los Estados miembros han de aplicar reformas estructurales, para estimular la innovación.
En próximos días abordaremos más a fondo las propuestas de reformas estructurales sugeridas por la Comisión Europea a los Estados miembros.

Parlamento y Senado para Europa

[Parlamento de Estrasburgo en foto nocturna.]


Hace un rato tomando el café de sobremesa he leído una reflexión muy interesante sobre el posible traslado de la sede del Parlamento Europeo a Bruselas. No parece muy sensato que los diputados deban trasladarse una semana cada mes a Estrasburgo para los plenos, cuando la práctica totalidad de la actividad parlamentaria se realiza en las tres semanas restantes en Bruselas. ¿Tiene sentido que una vez al mes los parlamentarios deban cargar con sus bártulos a otra ciudad?
La sede alsaciana tiene su origen en las negociaciones primigenias de la Comunidad, y en la simbología de Estrasburgo como corazón de Europa, pero hoy en día no tiene demasiado sentido, los parlamentarios están por irse a Bruselas, y muchos lobbies (que tanto peso tienen en las decisiones comunitarias). No hay posturas oficiales, pero Liberales, Verdes y Socialistas se han mostrado claramente favorables a esta opción. Los más federalistas son partidarios de agencias europeas repartidas en los 27 estados, y resaltan que las 3 instituciones legislativas deberían estar en la misma ciudad. Es algo totalmente sensato desde mi punto de vista.
Estrasburgo demoniza esa idea, ve peligrar sus intereses económicos, y el Parlamento acaba de adquirir el edificio, parece improbable que para dejarlo en desuso.
Los Verdes han sido los más atrevidos e innovadores sugiriendo un sistema bicameral, una Europa Federal con doble cámara, senado de representación territorial, con sede en Estrasburgo, y congreso, con sede en Bruselas.
Sin ser los Verdes santo de mi devoción, esta vez no podría estar más de acuerdo con su visión.

La unión política: cuestión de equilibrio.

Es una tarea complicada revisar y analizar los Tratados de la UE, pero a poco que nos informemos sobre sus parámetros básicos observaremos que éstos contemplan un equilibrio legal que a la postre supone una suma de costes y beneficios para los Estados miembros.
La marcha de la Unión Europea ha vivido momentos muy difíciles, no tanto en sus inicios pero sí a partir de los años 70, siendo decisiva la década de 1990, que propició un desarrollo espectacular del mercado común, y que desembocó en la unión monetaria. Tal vez ahora afrontemos una era de especial trascendencia, por el espectacular desarrollo de la globalización y sobre todo de los países emergentes, China, India y más, que suponen retos y amenazas para nuestra supervivencia.
No obstante la integración europea no está ni mucho menos finalizada, diríamos que está apenas iniciada, y en estos momentos cruciales, en que falta desarrollar al máximo el mercado interior, especialmente en el sector servicios, tal vez sería necesario dotarnos de la fuerza institucional necesaria para guiarnos, no en el sentido de homogeneizar el territorio, pero sí de compatibilizarlo e integrarlo. Aquí juega un papel básico la redistribución, asunto no exento de controversia. Hasta ahora ha habido política redistributiva en la UE a través de las transferencias y los fondos de cohesión, pero ¿qué hay de su eficacia económica o de su efectividad?
Existen numerosos estudios que demuestran que las estructuras federales mejoran la eficiencia económica, de modo que ciertas decisiones políticas se transfieren al nivel superior de gobierno, mientras que otras quedan delimitadas al nivel inferior, creándose un nuevo equilibrio político.
Ya nadie duda de que al nivel comunitario le atañen las funciones regulatorias, pero hay más dudas en cuanto a las funciones redistributivas. No obstante a mi juicio este avance es ya imprescindible, pues de estas funciones depende el equilibrio económico y social en la UE. Los Tratados actuales son totalmente limitadores en este sentido, pues predomina el concepto de "juste retour", lo que coloquialmente se denomina un mercadeo fundamentado en un presupuesto europeo que los Estados miembros usan como práctica contable para intentar recuperar el máximo dinero posible, independientemente del destino que vayan a darle a dichos fondos. Salta a la vista que esto es aberrante y contrario a un proyecto europeo con cara y ojos.
Las negociaciones se fundamentan ahora mismo en parámetros incoherentes. La UE no dispone en realidad de recursos propios, por lo que no puede recaer en ella la provisión de bienes públicos (más allá de defensa, justicia o seguridad social, yo me refiero incluso a educación, infrastructuras, I+D), no hay posibilidad alguna de que se produzca un adecuado equilibrio entre los territorios.
Probablemente una unión política basada en un sistema federal, con toma de decisiones centralizadas y descentralizadas permitiría materializar ese equilibrio entre costes y beneficios para cada uno de los territorios, y por tanto facilitaría la cohesión y la integración.
No olvidemos que los desequilibrios territoriales son una amenaza. No se puede aspirar a obtener una UE de 27 económicamente eficiente y competitiva, si únicamente se dispone del mandato o de la herramienta de la estabilidad de precios (único objetivo actual del BCE). Se precisa dar mayor consistencia institucional a la UE, con capacidad recaudatoria y capacidad ejecutoria.

Algunas de mis ideas para dinamizar Europa.

Como sabrán los que estén un poco al día, el crecimiento económico en la UE deja bastante que desear, es inferior al de otras economías y además padecemos un índice de paro superior al 10 %. Existen ciertas alertas activadas, y por ello se han intentado implementar varias estrategias, siendo la más conocida la Estrategia de Lisboa, diseñada en el año 2000, a instancias sobre todo de Blair y Aznar. No obstante, se carecen de herramientas políticas para aplicar las medidas sugeridas en esa Agenda Lisboa.
El problema crucial es que no se dispone de fondos para aplicar las medidas económicas que imponen las estrategias de crecimiento, es decir jamás podrá implementarse una política económica europea si no hay dotación ni capacidad de decisión.
En cuanto a la dotación, a esta le incumbe directamente la política fiscal. En cuanto a fiscalidad, actualmente se ha optado por la vía de la armonización fiscal, con elementos de coordinación fiscal. Dado que los Estados miembros son completamente autónomos en la fiscalidad directa, la realidad es que estamos en una situación de competencia fiscal, cuya exacerbación implicaría riesgos importantes para ciertos sectores económicos de la UE.
Merece especial atención en nuestro caso la UEM (Unión Económica y Monetaria), área en la que además de darse la libre circulación de los cuatro elementos (capital, bienes, personas y servicios – por cierto, imperfecta en este último), desaparece la herramienta monetaria para contrarrestar los ciclos económicos negativos, lo que potencia la práctica de la fiscalidad competitiva entre estados, donde no existe ni armonización ni coordinación en cuanto al ámbito de la fiscalidad directa.
Merece especial atención el hecho de que los sistemas fiscales de los Estados miembros son muy heterogéneos, desde el punto de vista de la presión fiscal hay estados nórdicos acostumbrados a presiones fiscales fuertes y servicios públicos de calidad, como Finlandia, y estados, como el Reino Unido, con una preferencia por la fiscalidad reducida, dejando más libertad de actuación a la iniciativa privada. Son por otra parte conocidos los excelentes resultados obtenidos por Irlanda gracias a su radical política de reducción de impuestos, lo que le ha otorgado un crecimiento sin parangon dentro de la UE. Por tanto, la existencia de una fiscalidad europea requeriría de un especial esfuerzo negociador por parte de los países, como vemos con enfoques tan distintos sobre este asunto.
¿Por qué es peligrosa la competencia fiscal? En primer lugar porque pone en riesgo las propias finanzas públicas, sobre todo en aquellos Estados que son más dependientes de las políticas públicas, en segundo lugar porque se produciría una localización subóptima de recursos (podría actuar como una subvención en el sentido de fomentar el traslado de una empresa a un territorio por motivos fiscales, y no por potencial de crecimiento, etc.), otra razón es que los Estados verían condicionadas sus decisiones por las acciones de los otros Estados, lo que probablemente modificaría sus estructuras presupuestarias nacionales, y por último existe el problema de la equidad tanto vertical como horizontal (contribuyentes con ingresos similares podrían soportar cargas fiscales más fuertes según el origen de sus ingresos, lo que podría promover que pagaran más los que menos ingresan, en función de una ubicación).
En resumen, se hace necesario un cambio de enfoque, para lo que se precisa un cambio institucional. El gran obstáculo para este cambio es que las decisiones sobre fiscalidad se toman por unanimidad en el Consejo de Jefes de Estado, y como hemos dicho las tradiciones fiscales tan dispares de las naciones imposibilitarían un acuerdo, ya que seguramente algunos Estados deberían someterse a renuncias.
Este nuevo enfoque es necesario porque la política fiscal es prácticamente la única herramienta que tenemos para dinamizar la economía de tres formas: a) garantizar la fluidez del mercado único (eliminar los obstáculos que aún persisten, ganar competitividad mediante un producto diferenciado), b) atraer empresas a suelo europeo (reduciendo la presión fiscal global en la UE), y c) reducir el desempleo (implementando las medidas de la Estrategia de Lisboa).
El gran obstáculo es todavía el problema de las soberanías, ya que los Estados miembros son muy reacios a ceder una parte, y no digamos ya la totalidad, de sus prerrogativas fiscales, siendo este un craso error, ya que la mayoría de las políticas esenciales superan ya el marco nacional, y me refiero no sólo a cuestiones como la energía, sino a elementos básicos para nuestra competitividad, como infraestructuras, I+D y políticas de empresa. Estos elementos requieren de una política única europea, gestionada desde la UE y con fondos de la UE a tal fin, suficientes, que conviertan el gobierno de la UE, no en una instancia burocrática allí en Bruselas, sino en un verdadero gobierno realizador.

Interesting View of America and Europe and our future (too optimistic I'm afraid...)

[From The NY Times Magazine (Jan 27, 2008): It's stated that the USA are losing hegemony in the world in front of Europe].[Este texto sostiene la tesis de que la UE está ganando peso en el mundo en términos de poder blando y económico, y que a pesar de no tener ejército propio su influencia está creciendo a un ritmo muy rápido, dejando atrás a EE.UU. como hegemón mundial; a mi juicio el texto peca por exceso y tal vez haya que interpretarlo en clave electoral estadounidense...].
In Europe’s capital, Brussels, technocrats, strategists and legislators increasingly see their role as being the global balancer between America and China. Jorgo Chatzimarkakis, a German member of the European Parliament, calls it “European patriotism.” The Europeans play both sides, and if they do it well, they profit handsomely. It’s a trend that will outlast both President Nicolas Sarkozy of France, the self-described “friend of America,” and Chancellor Angela Merkel of Germany, regardless of her visiting the Crawford ranch. It may comfort American conservatives to point out that Europe still lacks a common army; the only problem is that it doesn’t really need one. Europeans use intelligence and the police to apprehend radical Islamists, social policy to try to integrate restive Muslim populations and economic strength to incorporate the former Soviet Union and gradually subdue Russia. Each year European investment in Turkey grows as well, binding it closer to the E.U. even if it never becomes a member. And each year a new pipeline route opens transporting oil and gas from Libya, Algeria or Azerbaijan to Europe. What other superpower grows by an average of one country per year, with others waiting in line and begging to join?
Robert Kagan famously said that America hails from Mars and Europe from Venus, but in reality, Europe is more like Mercury — carrying a big wallet. The E.U.’s market is the world’s largest, European technologies more and more set the global standard and European countries give the most development assistance. And if America and China fight, the world’s money will be safely invested in European banks. Many Americans scoffed at the introduction of the euro, claiming it was an overreach that would bring the collapse of the European project. Yet today, Persian Gulf oil exporters are diversifying their currency holdings into euros, and President Mahmoud Ahmadinejad of Iran has proposed that OPEC no longer price its oil in “worthless” dollars. President Hugo Chávez of Venezuela went on to suggest euros. It doesn’t help that Congress revealed its true protectionist colors by essentially blocking the Dubai ports deal in 2006. With London taking over (again) as the world’s financial capital for stock listing, it’s no surprise that China’s new state investment fund intends to locate its main Western offices there instead of New York. Meanwhile, America’s share of global exchange reserves has dropped to 65 percent. Gisele Bündchen demands to be paid in euros, while Jay-Z drowns in 500 euro notes in a recent video. American soft power seems on the wane even at home. And Europe’s influence grows at America’s expense. While America fumbles at nation-building, Europe spends its money and political capital on locking peripheral countries into its orbit. Many poor regions of the world have realized that they want the European dream, not the American dream. Africa wants a real African Union like the E.U.; we offer no equivalent. Activists in the Middle East want parliamentary democracy like Europe’s, not American-style presidential strongman rule. Many of the foreign students we shunned after 9/11 are now in London and Berlin: twice as many Chinese study in Europe as in the U.S. We didn’t educate them, so we have no claims on their brains or loyalties as we have in decades past. More broadly, America controls legacy institutions few seem to want — like the International Monetary Fund — while Europe excels at building new and sophisticated ones modeled on itself. The U.S. has a hard time getting its way even when it dominates summit meetings — consider the ill-fated Free Trade Area of the Americas — let alone when it’s not even invited, as with the new East Asian Community, the region’s answer to America’s Apec.
The East Asian Community is but one example of how China is also too busy restoring its place as the world’s “Middle Kingdom” to be distracted by the Middle Eastern disturbances that so preoccupy the United States. In America’s own hemisphere, from Canada to Cuba to Chávez’s Venezuela, China is cutting massive resource and investment deals. Across the globe, it is deploying tens of thousands of its own engineers, aid workers, dam-builders and covert military personnel. In Africa, China is not only securing energy supplies; it is also making major strategic investments in the financial sector. The whole world is abetting China’s spectacular rise as evidenced by the ballooning share of trade in its gross domestic product — and China is exporting weapons at a rate reminiscent of the Soviet Union during the cold war, pinning America down while filling whatever power vacuums it can find. Every country in the world currently considered a rogue state by the U.S. now enjoys a diplomatic, economic or strategic lifeline from China, Iran being the most prominent example.
Without firing a shot, China is doing on its southern and western peripheries what Europe is achieving to its east and south. Aided by a 35 million-strong ethnic Chinese diaspora well placed around East Asia’s rising economies, a Greater Chinese Co-Prosperity Sphere has emerged. Like Europeans, Asians are insulating themselves from America’s economic uncertainties. Under Japanese sponsorship, they plan to launch their own regional monetary fund, while China has slashed tariffs and increased loans to its Southeast Asian neighbors. Trade within the India-Japan-Australia triangle — of which China sits at the center — has surpassed trade across the Pacific.
At the same time, a set of Asian security and diplomatic institutions is being built from the inside out, resulting in America’s grip on the Pacific Rim being loosened one finger at a time. From Thailand to Indonesia to Korea, no country — friend of America’s or not — wants political tension to upset economic growth. To the Western eye, it is a bizarre phenomenon: small Asian nation-states should be balancing against the rising China, but increasingly they rally toward it out of Asian cultural pride and an understanding of the historical-cultural reality of Chinese dominance. And in the former Soviet Central Asian countries — the so-called Stans — China is the new heavyweight player, its manifest destiny pushing its Han pioneers westward while pulling defunct microstates like Kyrgyzstan and Tajikistan, as well as oil-rich Kazakhstan, into its orbit. The Shanghai Cooperation Organization gathers these Central Asian strongmen together with China and Russia and may eventually become the “NATO of the East.”

Tratado de Lisboa

Después de tanto ajetreo y tantas energías vertidas en el proyecto constitucional, otra vez estamos con los tratados europeos. ¿De qué nos sirvió a los españoles gastarnos millones en una campaña inútil para refrendar la Constitución Europea?El fracaso de la Constitución Europea ha evidenciado el peligro de usar Europa en clave nacional, el voto negativo francés fue un castigo al gobierno de turno, y con Francia hemos topado, la legitimidad ya cuestionada de por sí de la UE, no podía permitir semejante golpe.El sistema de los tratados es volver a la lejanía del ciudadano. ¿Tiene sentido una Europa así? Sí, es necesaria, pero insuficiente. Ahora mismo la UE funciona como un sistema de mercadeo en cada gobierno trata de arañar del presupuesto común la mayor cantidad para sí. Esta fea costumbre la instauraron los países nórdicos, presos del euroescepticismo de sus ciudadanos.El momento es inquietante, tenemos en la UE más del 10 % de desempleo, frente a un 4 % en EE.UU. y Japón, y perdemos competitividad día a día. Padecemos la deslocalización, dependemos energéticamente de países externos, y nos quedamos atrás en excelencia y tecnología.Mientras tanto, cada uno va por su lado, no se suman fuerzas. Tenemos una gran líder, Merkel, pero poco puede hacer ella sola, hay que ver cómo plantea Sarkozy sus ambiciones europeístas, ha hablado de proteccionismo a la industria europea, pero dudo que esa sea la solución a corto plazo, lo ha dicho bien Durâo Barroso. Sería caer en el vicio de la PAC, que ha propiciado la captación de rentas y no ha permitido un desarrollo de las zonas rurales.Tenemos que potenciar nuestras empresas, un presupuesto europeo capaz de invertir el gasto estratégicamente para potenciar el crecimiento industrial y la especialización.No podemos depender de los gobiernos nacionales para una estrategia que ha de ser global.Europa importa y mucho, es la clave de nuestro futuro.

Parte V. Historia de la UE desde un enfoque distinto.


A principios de los noventa se visibilizó en numerosas ocasiones que existían doce perspectivas nacionales, doce culturas y tradiciones políticas distintas, y en ocasiones incluso se evidenciaron enfrentamientos entre los gobiernos nacionales, a pesar de los intentos de Delors y Kohl por construir una entidad más federal que intergubernamental. Al aceptar la moneda única los alemanes estaban renunciando a la fortaleza del marco en el sistema, pero Kohl comprendió que la unión política acabaría compensándoles la pérdida, en cambio Mitterrand al final dejó traslucir su centralismo lleno de prejuicios y su aversión a ceder poder a los representantes electos del Parlamento Europeo, así como a los comisarios. En global, a principios de los noventa, Alemania estaba junto a Italia, España y Benelux en la voluntad de construir la unión política, mientras que Reino Unido se movía entre la tibieza y la hostilidad (Thatcher se inclinaba por la política de equilibrio de poderes a la vieja usanza y era contraria a la unión política), y Francia sólo apostaba por la UEM, sin implicaciones políticas. La suma de las posturas de España, Italia, Alemania e incluso Francia era vista por Thatcher como una amenaza en el sentido de que las fuerzas federalistas estaban ganando terreno en la Comisión.
A pesar de ello, cuando se aprobó el Tratado de la Unión Europea en 1993 en Maastricht, el contexto fue muy distinto al de la aprobación del Acta Única Europea en 1987. De entrada en las CIG previas, el primer ministro británico Major, mostró la misma aversión a cualquier referencia al federalismo, si bien sí permitió que se hiciera referencia a una “Unión cada vez mayor”. Por lo visto, y según afirma Burgess, el federalismo no tiene las mismas implicaciones para la Europa continental que para los británicos, pues en la primera se entiende como una unión política descentralizada, mientras que para los segundos implica un control centralizado del sistema.
En resumen el TUE establecía una Unión Europea, basada en la CE existente, junto con dos nuevas armas intergubernamentales: cooperación en política exterior y de seguridad, y asuntos interiores y justicia, ámbitos no contemplados en el Tratado de Roma inicial. El tratado de Maastricht se representa a menudo como un templo griego: un pilar comunitario vertical visible, junto con dos pilares intergubernamentales unidos cada uno de ellos por una estructura horizontal común de instituciones, con competencias variables. Una de las críticas vertidas sobre este tratado fue la ausencia de simetría, algo que muchos consideraron tan imposible de conseguir como irreal, es decir la asimetría reflejaba la realidad de la dura negociación entre gobiernos. El compromiso no conduce a la simetría, y en realidad el poner la simetría como meta hubiera implicado la no aprobación de ningún tratado, y se prefirió un consenso, por muy frágil que fuese. El TUE refleja pues las preferencias políticas nacionales, pero a su vez permite la expansión del acervo comunitario
De todos modos existe una línea de continuidad entre el AUE y el TUE, en la que se mezclan estrategias federales con concepciones intergubernamentales.
A mediados de los noventa Europa experimentó otra crisis económica, mostrando debilidad competitiva y un mayor desempleo. Alemania estaba sumida en su proceso unificador, el Reino Unido pendiente de su estrategia nacional para la recuperación económica, sin definirse sobre su ingreso en la UEM, y Francia realizando reformas estructurales para cumplir los criterios de convergencia de la UEM, asimismo había crisis en las negociaciones GATT entre la UE y EE.UU., deteriorando la relación entre estas dos naciones, ya dañada por el conflicto de Bosnia.
Algunos cambios institucionales importantes de ese momento fueron la creación del Comité de las Regiones con sede en Bruselas, dando a los gobiernos subnacionales una voz directa en la toma de decisiones, y el reforzamiento del BEI, junto con la adhesión de nuevos países del norte y del este, algo que trajo a la primera línea de debate la dicotomía entre ampliación y profundización. En esos momentos fue cuando surgió una terminología que nos es a todos familiar y peculiar del entorno europeo: geometría variable , Europa de varias velocidades, Europa a la carta, etc. En realidad todo esto no era más que retórica vacía que en el fondo resultaba reconfortante para los intergubernamentalistas, pero que preocupó a los gobiernos de España e Italia entre otros, pues se temía que se creara un nuevo eje de países que dominarían la integración, relegando a otros.
La concreción del Mercado Único para 1992, despertó un gran interés académico por la CE, constituyendo para muchos el punto crítico entre el estancamiento y el dinamismo, el paso de la política de integración a la política de regulación.
La tercera Comisión presidida por Delors finalizó en 1994, y en 1995 fue elegido Santer, quien se centró más en la consolidación que en la innovación. El deseo de los federalistas era que el segundo y tercer pilar se integraran con el primero, formando parte así del acervo comunitario y quedando dentro de los procesos democráticos de la Comisión, el PE y el TJCE, aunque en el fondo se habrían conformado con un mayor papel de la Comisión y un uso extendido de la mayoría cualificada.
En cuanto al Tratado de Ámsterdam, este en realidad resultó un laberinto institucional, redactado además con un lenguaje bastante opaco, introduciendo principios de flexibilidad que en realidad habían dejado políticas comunitarias claves en manos de los Estados miembros. El problema es que la aprobación del Tratado de Ámsterdam en 1997 no implicó lo que se esperaba tras el TUE de 1992. Esto para algunos, como Moravcsik , venía a demostrar de nuevo que las naciones no estaban de acuerdo con el objetivo de dotar de mayor poder a las instituciones comunitarias, si bien todos reconocieron que la propia flexibilidad aportada por el TA suponía la posibilidad de entrar en una nueva fase más pragmática que podía derivar en un proceso constitucional. Tanto los intergubernamentalistas como los federalistas coincidieron en que en definitiva el Tratado de Ámsterdam implicaba que los EM avanzaban hacia instituciones centralizadas federales en algunas áreas .
El mismo 1997 se presentó la Agenda 2000, de la que se hablará más adelante y que tuvo mucho que ver con las múltiples solicitudes de adhesión a la Unión. Por otro lado, en 1998 en un Consejo extraordinario se concluyó que solamente once de los quince miembros cumplían los requisitos para adoptar la moneda única. Posteriormente se realizó la CIG de Niza, en la que se redactó un nuevo Tratado.
De hecho las deficiencias detectadas en el método comunitario se reflejaron inicialmente en el Tratado de Niza de diciembre de 2000, donde se planteaban reformas en ese sentido, cambiando la composición de la Comisión, la aplicación del cálculo de mayoría cualificada en el Consejo y la supresión de la unanimidad en algunas decisiones, permitiendo el voto por mayoría cualificada en algunas áreas, aunque en otras como la política fiscal fue imposible establecerla, y continuó la unanimidad, debido a la oposición sobre todo de Reino Unido, defendiendo por tanto la continuidad del veto; se consiguió cambiar el criterio del Colegio de Comisarios de cara a la ampliación, garantizando que el número de comisarios siempre sería inferior al de Estados miembros, de modo que estos se elegirían por rotación, garantizando que en algún momento todos los países tuvieran un comisario de su nacionalidad. Desde 2004 el Colegio de Comisarios se compone de 25 miembros, que toman decisiones por mayoría. En cuanto al voto en el Consejo Europeo, se buscaba evitar un peso desproporcionado de los países con pocos habitantes, en decisiones que pudieran afectar a las naciones más pobladas. Por ello se estableció la mayoría cualificada en 255 votos sobre 345, pudiéndose revisar una decisión a petición de países que representen al menos el 62 % de la población total de la UE . En general se considera que el TN era ambicioso en el sentido de proponer la creación de una Constitución Europea y de incidir en la profundización de las políticas comunes. De todos modos, si alguno hubiera tenido la tentación de pensar en la realización de una Europa federal, posteriormente se daría cuenta de que las dificultades iban a seguir siendo muchas. Más tarde en el Consejo de Laeken se ratificó que el Consejo Europeo era el garante de salvaguardar la estabilidad de la Unión, y seguidamente se produjo la Declaración de Laeken en diciembre de 2001 que dio forma a la convocatoria de la Convención sobre el futuro de Europa con el objetivo de redactar el texto constitucional.
La Convención puede analizarse como un proceso muy interesante porque representaba un modelo de trabajo netamente federal, reflejando la doble dimensión de la UE, y otorgando legitimidad por igual a los actores estatales (gobiernos nacionales) y a los ciudadanos (PE y Comisión).
La redacción de este proyecto tenía la ambición de perfeccionar institucionalmente el reparto de poderes en la UE, además del reconocimiento de los Derechos fundamentales. A estas alturas el Derecho comunitario ya existe como tal en la teoría y en la práctica, y ya se dispone de organismos federales que funcionan gracias a las instituciones, la Comisión, el Consejo, el Tribunal y el Parlamento Europeo, que de hecho ya existían como tales en 1952, aún habiéndose producido muchas adaptaciones institucionales desde entonces.
El cambio es después de Niza, cuando se empieza a reclamar desde muchos foros el destierro del lenguaje de los tratados y el paso al lenguaje constitucional.
El origen de todo esto puede encontrarse en la ampliación a Quince de la década de los noventa, cuando se visualizó la formación de bloqueos y la parálisis en el sistema decisorio comunitario.
La Convención trabajó entre 2002 y 2003, elaborando propuestas encaminadas a reforzar el papel de los parlamentos y de los órganos federales de la UE. En el año 2003 se realizó la firma formal de la adhesión y en 2004 tuvo lugar la adhesión de los nuevos diez miembros, algunos de los cuales habían estado más allá del Telón de Acero durante la guerra fría.
Obviamente esta UE de los Veinticinco implicó un nuevo reparto del poder, evidenciándose una Europa de seis naciones de gran población con economías más o menos fuertes (Alemania, Francia, Reino Unido, Italia, España y Polonia), ocho pequeños pero con economías sólidas (Benelux, Dinamarca, Austria, Suecia, Finlandia e Irlanda), dos economías en desarrollo (Portugal y Grecia) y nueve países emergentes (Chequia, Eslovaquia, Estonia, Hungría, Letonia, Lituania, Eslovenia, Chipre y Malta).
El Tratado para establecer la Constitución para Europa fue firmado por los Jefes de Estado y de Gobierno el 29 de octubre de 2004 en Roma, y su finalidad era reemplazar a los Tratados históricos. Más adelante se analiza en mayor profundidad la redacción de este texto. Para que el mismo fuera efectivo los Estados miembros debían someterlo a ratificación vía parlamentaria o vía consulta popular.
Durante los años 2004 y 2006 se produjeron los diferentes procesos de ratificación, con el sí de España, entre otros, y con la lamentable negativa vía referenda de Francia y Holanda, lo que dejará probablemente en vía muerta para siempre esta Constitución europea.
El temor a un escenario de beligerancia contra el proceso de integración debido a las negativas al Tratado Constitucional hizo que el primer ministro británico Tony Blair decidiera postergar indefinidamente la consulta en el Reino Unido.
Sin duda, la Constitución presentaba una gran ocasión, un paso adelante no sólo simbólico, porque fortalecía Europa como comunidad y reforzaba la unión política.
Esto fue algo aplaudido por los representantes políticos de todos los colores e ideologías representados en el Parlamento Europeo, reconociendo a la Constitución como herramienta básica para lograr una Europa más democrática y más eficiente para los ciudadanos.

Parte IV. Historia de la UE desde un enfoque distinto.


Otro hecho clave podemos situarlo en 1989, con la caída del Muro de Berlín, que supuso por un lado la victoria de los valores capitalistas y del libre mercado frente al socialismo, y por otro la unificación alemana, desplazándose Bonn hacia Berlín, además de la emergencia de otros países del Este ansiosos por establecer economías de mercado en sus territorios para lograr estabilidad política. Este hecho fue definido por Delors como “una aceleración de la historia” , y aprovechado por Kohl para pedir “la unificación política de Europa” . Muchos autores defienden la enorme relación existente entre la unificación alemana y el surgimiento de la UEM . Tanto Mitterrand como Thatcher estaban recelosos de una nueva Alemania con 80 millones de ciudadanos, a la que veían como un nuevo gigante económico. El hecho es que esto reducía la dependencia política de Alemania con respecto a Francia, y este miedo hizo paradójicamente que Francia apoyara tan decididamente la UEM, buscando lo que entendían como una europeización de Alemania. En este punto Kohl demostró su gran capacidad política, visión y habilidad diplomática, recordando a los días de Adenauer, logrando vincular la unificación alemana con la unificación europea, llegando a afirmar en el Parlamento Europeo que la política alemana y la política europea eran completamente inseparables, y afirmando que Alemania no estará totalmente unida hasta que no se progrese adecuadamente hacia la unión de todo el continente, pues la división de Alemania ha significado la visibilidad dolorosa de la división de Europa. Para Kohl, emulando como él mismo decía a Adenauer, la unidad alemana y la unión europea eran “dos caras de la misma medalla”.
En este sentido se considera a Kohl el precursor del “orden pacífico paneuropeo”. Por otro lado, debía desarrollarse el mercado único, lo que implicaba desmantelar fronteras y barreras al mercado dentro de la CE y a la vez realizar una aproximación a las políticas económicas nacionales, ya que las relaciones entre las economías de los EM debían pasar a ser una economía única en términos de mercado.
En resumen, los estados debían internalizar sus externalidades, con el fin de crear una economía europea sin costuras.
En 1992, para que el proyecto de mercado único pudiera funcionar era necesario un reconocimiento público de la necesidad de una mayor centralización de la autoridad política en la UE .
En aquellos momentos cuando se hablaba de competencias económicas se aludía sólo al funcionamiento de los mercados y no a la función redistributiva. A pesar de ello hubo un compromiso para reformar los fondos estructurales y de desarrollo para establecer un plan de redistribución a escala comunitaria. La idea subyacente era que el funcionamiento del mercado único facilitaría la unión política, por ello los federalistas del momento aprovecharon para impulsar reformas, denunciando que los cambios de 1992 dejarían entrever la brecha insalvable en cuanto a responsabilidad en la toma de decisiones, que recaía básicamente sobre el Consejo de Ministros y las autoridades nacionales, eludiendo todo control democrático.
De hecho fue en ese momento cuando empezó a emplearse el famoso término déficit democrático, debido a la naturaleza de las decisiones en la comunidad.
Por otro lado la existencia del mercado único hacía necesaria la estabilidad económica en todos los EM, lo que implicaba que las naciones debían pasar a coordinar sus políticas de forma irreversible. Uno de los problemas siguientes al AUE fue que las instituciones europeas no se desarrollaron, con lo cual existía una contradicción entre los objetivos muy ambiciosos y la capacidad real de las instituciones, actuando el Consejo todavía bajo unanimidad en áreas vitales.

Parte III. Historia de la UE desde un enfoque distinto.


En 1970 Spinelli entró en la Comisión, y buscó a toda costa transformar la institución, tratando de que fuera lo más autónoma posible y trayendo de nuevo a la palestra el debate federalista. Se logró dejar de lado la concepción gaullista del europeísmo, pero el intergubernamentalismo siguió predominando. Lamentablemente los años que siguieron se han definido como los del “europesimismo”.
Hay quien dice que en política la percepción es más importante que la realidad. Los signos en ese momento eran confusos, hubo crisis económicas y las naciones no se implicaron en una estrategia verdaderamente europea. El avance más notorio para muchos en la década de los 70 fue la adhesión del Reino Unido en 1973 que facilitó la adhesión posterior de otros países nórdicos y el desarrollo economicista de la comunidad, si bien para otros fue un golpe para el proyecto político europeo, pues suponía la incorporación de un estado empeñado en conservar su soberanía. Es innegable que aún hoy en día la unión política es una especie de fantasma molesto para el Reino Unido.
Spinelli siguió actuando hasta entrada la década de 1980, y demuestra que la idea federal permaneció y resistió en el trasfondo de la construcción europea, a pesar del desespero que supusieron muchos acontecimientos de esa década. En 1980 Spinelli propuso que el Parlamento Europeo tuviera un papel constituyente como representante legítimo de la ciudadanía europea, y advertía de que las soluciones intergubernamentales a los problemas estructurales y de recursos de la Comunidad serían apenas temporales, y que al final las crisis serían paralizantes, por lo que el PE debía comprometerse desde una perspectiva netamente europea. Es decir en realidad lo que ocurrió es que faltó voluntad política y capacidad real de la Comunidad para actuar. En esa época hubo muchas iniciativas federalistas, destacando en ese contexto el Informe Tindemans, aunque no empezaron a materializarse algunas hasta la década de 1990.
A partir de 1985 las cosas cambian a mejor, se producen cambios muy notables, y la construcción europea recupera su vigor inicial, después de 30 años.
No negaremos que estos avances fueron propiciados en parte por una combinación de intereses nacionales concluyentes, junto con un entorno internacional favorable, de modo que del momento adecuado, los actores implicados supieron extraer buen partido, y parte de ellos percibieron que un retraso sería perder una oportunidad. Cuando se aprobó el AUE en 1987 por parte de los doce, se realizaron muchos estudios, y la conclusión más clara para explicar el consenso entre los Estados miembros fue el reconocimiento de la caída de la capacidad competitiva europea, especialmente ante EE.UU. y Japón. Entendieron muy bien los Estados miembros que las soluciones nacionales ya no eran suficientes y por eso se apuntó hacia la integración regional.
Desde el punto de vista de los líderes europeos, la coyuntura también fue favorable, pues por un lado Thatcher potenció el modelo de mercado, abogando por las privatizaciones, la desregulación y una clara cultura empresarial en la Europa Occidental, a esto se sumó el nombramiento de Delors como presidente de la Comisión en 1985, y a la presencia de Kohl en la cancillería alemana, quien forjó una nueva dinámica junto con el Parlamento Europeo, para dotar de mayor capacidad a la CE. Estas circunstancias favorecieron que la reforma que había promovido Spinelli a través del TUE fuera la base del AUE.
Sin poder profundizar aquí en el perfil de Delors, sí diremos que puede considerarse como uno de los principales arquitectos de la construcción europea, junto con Monnet y Spinelli. Delors deseaba que Europa fuera algo relevante para la vida de los ciudadanos. En la práctica Delors y su equipo promovieron un movimiento gradual de la construcción de mercado europeo (desarrollo del mercado interior) a la construcción de estado europeo (redistribución, creación de moneda única y por fin unión política). Tal como había hecho Monnet, Delors buscaba modificar el contexto, y consolidar un momento integracionista, es decir “crear una lógica de europeización a la que los Estados miembros no pudieran resistirse” .
En el famoso Consejo de Fontainebleu (1984) se llegó al acuerdo de establecer dos comités sobre el concepto de Unión Europea: el comité Adonnino, para promover la imagen de un pueblo europeo (bandera, himno, etc.) y el comité Dooge creado expresamente para asuntos institucionales.
El impulso de este Consejo se explicó en términos de intereses nacionales franceses, es decir para afrontar unas elecciones francesas con problemas domésticos, trasladando muchas explicaciones políticas a la arena comunitaria. Muchos consideraron que en este caso, Mitterrand había elevado las prioridades nacionales a la escala comunitaria. De todos modos el Informe Dooge no alteró la posición institucional básica, en cuya virtud la legitimidad se deriva directamente de los Estados miembros, y resultó ser un documento político y no legal, además de bastante ambiguo . Lo más interesante de esos años entre 1985 y 1987 es que el satus quo no era una opción, es decir que se creó un momento político en la estela del Parlamento Europeo, el TUE y el Informe Dooge que culminó en la cumbre de Milán, donde se propuso una CIG para la reforma institucional. Se invitó a los Estados miembros más escépticos (Reino Unido, Dinamarca y Grecia) para participar en la CIG y no quedar fuera de las decisiones, dado que todavía se requería unanimidad para la modificación de los tratados. En cuanto a los problemas a resolver había unanimidad entre los Estados miembros, la dificultad subyacía en las diferencias en cuanto al método, y en ese momento la prioridad de la Comisión fue evitar que la CIG diera únicamente un resultado cosmético, y peor aún que incluso hubiera desacuerdo intergubernamental sobre el propio cosmético, lo cual habría sido demoledor de cara a la opinión pública. Delors insistió en que si la CIG se había convocado el resultado debía ser ambicioso, y por ello sometió a presión a los jefes de Estado.
El resultado fue que el AUE presentaba avances en varias dimensiones federales, por un lado aumentaba las competencias comunitarias (política regional, medio ambiente, I+D, etc.) y por otro planteaba reformas institucionales. Lo cierto es que las disposiciones institucionales no aportaron grandes cambios en la práctica, y simplemente “se ofrecía seguridad a los intergubernamentalistas y esperanza a los federalistas” .
En este momento se puso de manifiesto la diferencia entre hacer políticas e implementar políticas, porque después del AUE se aplicó la mayoría cualificada para garantizar el cumplimiento del mercado único en 1992, pero ello no garantizaba que las medidas aprobadas se implementaran, a pesar de la importancia simbólica de la mayoría cualificada frente a la unanimidad. Finalmente el AUE se aprobó en 1987, resultando bastante insulsa desde el punto de vista institucional pero vital desde el punto de vista del desarrollo del mercado interior.
A pesar de ello, hay controversia sobre la interpretación histórica del AUE, pues si bien es cierto que hay negociación entre Estados miembros, esta no se puede explicar sólo en términos de preferencias nacionales (la teoría conocida como intergubernamentalismo liberal, propugnada por ejemplo por Moravcsik). Las explicaciones de corte neorrealista no son suficientes, porque los actores fundamentales, en particular el eje París-Bonn, tuvieron una visión federalista, si bien se puede reconocer que haciendo coincidir sus intereses nacionales con su particular concepción de Europa. Sin olvidar la autonomía con que logró trabajar la Comisión en la segunda mitad de los ochenta, y el papel decisivo que había jugado el TJCE gracias a la famosa sentencia del Cassis de Dijon (1979), que abrió el camino para el desarrollo del mercado interior. Esta sentencia motivó que en el AUE se creara el Comité Europeo de Estandardización, para asegurar el cumplimiento de las disposiciones de la Comisión por todos los productores de la UE.
(Continuará...)

Parte II. Historia de la UE desde un enfoque distinto.


Más tarde se relanzó la unidad europea, gracias a Monnet y Spaak en los proyectos de EURATOM y el mercado común, que dieron origen a los Tratados de Roma, que establecían la CEE y el EURATOM, firmados en 1957. Es comúnmente aceptado que el Tratado de Roma desarrollaba los principios planteados en el Informe Spaak de 1956. De los tres hombres que redactaron dicho Informe, dos (Pierre Uri y Hans von der Groeben) eran federalistas declarados, y hay un par de elementos claramente federales en el Tratado de Roma: en concreto el artículo 201, que establecía la base para una fuente de ingresos independiente para la CE, y el artículo 138, que propugnaba unas futuras elecciones directas a la Asamblea europea. En las negociaciones del tratado se detectó la fuerte presencia de los intereses nacionales, aunque se logró hacer converger estos intereses en favor de un interés común.
En este sentido, el papel de la primera Comisión fue esencial desde el punto de vista del federalismo, gracias al nombramiento de Walter Hallstein como primer presidente en 1958, lo que fue una decisión política que facilitó la impregnación de las ideas federalistas en el periodo inicial de la integración, y permitió una interpretación dinámica de los Tratados de Roma.
No obstante, a partir de ahí la historia ha sido claramente intergubernamental, enfatizando el papel de los intereses nacionales y dejando de lado el papel de las ideas más europeístas. Podemos incluso asumir que la interpretación histórica de la CE es selectiva por omisión, pero hay hechos que son innegables, y entre ellos el gaullismo, que supuso un golpe al supranacionalismo. Se produjo una ruptura política en 1966, cuando de Gaulle realizó una serie de acciones para minar las pretensiones supranacionales de la Comisión. No fue el fin del europeísmo, pero el hecho de que en la década de 1960 de Gaulle dominara los asuntos comunitarios, poniendo todo su énfasis en el eje París-Bonn, fue perjudicial pero no pudo con otros aspectos muy positivos a favor de la integración, entre ellos la mejora de la productividad y el crecimiento, y el dinamismo que habían conseguido preservar las instituciones europeas, lo que acabó reafirmando la fe de todos en el Mercado Común.
Veamos a modo de ejemplo de lo que representaba el gaullismo una visceral frase del presidente francés: “Reitero que actualmente no hay y no puede haber otra Europa que la de los Estados (excepto para mitos, ficciones o espectáculos). La llamada ‘Europa integrada’ que no tendría política, y acabaría dependiendo de alguien de fuera, alguien que tendría su propia política. Existiría quizás un federador, pero este no sería europeo…” .
El uso que hace de Gaulle de la palabra “federador“ se refiere a los EE.UU., y esto irritó a Monnet por la forma en que caricaturizaba “la gran empresa que durante doce años había llevado a unir a los pueblos de Europa”.
Por otro lado, para Monnet los tratados de Roma fueron decepcionantes, y consideraba que habían defraudado sus esperanzas federalistas, pero en cambio apostaba por las futuras ampliaciones, que facilitarían la consolidación europea.
(continuará...)

Parte I. Mi versión de la historia de la UE


Para explicar y entender la Unión Europea actual comprendiendo el pasado, es preciso revisar la naturaleza de la integración europea en la posguerra. Dado que siempre existe el peligro de que el revisionismo histórico sea tendencioso me gustaría, analizar brevemente la historia europea a la luz de su patrimonio federal.
Desde el punto de vista del realismo en las relaciones internacionales, destacan las aportaciones de Alan Milward , que ha tenido mucha influencia desde su publicación en 1984. El principal objetivo de Milward era ofrecer una explicación completa de la naturaleza económica y política del proceso de reconstrucción de Europa de 1945 a 1951, concluyendo que su éxito se debía a la creación de su “propio patrón de interdependencia económica internacional institucionalizada” . Su teoría trataba de explicar cómo los gobiernos moldeaban la interdependencia económica para adaptarla a sus objetivos nacionales, de modo que el limitado grado de integración se consiguió gracias al interés egoísta de los estados, dejando fuera de lugar a cualquier idealismo como el mostrado por Schuman, Monnet o Adenauer. En cuanto a los orígenes de la CE, según este autor, ésta surgió para afrontar problemas políticos y económicos muy definidos. La CECA, la PAC y la propia CE eran pilares básicos para la prosperidad económica, estando cada una de estas instituciones diseñada para resolver un problema particular y no general. En un lenguaje muy cercano al utilizado por el intergubernamentalismo liberal a partir de 1990, Milward cree que el aumento de la integración económica irá siempre encaminado a resolver un problema económico irresoluble de otro modo. Milward cree que no existe una antítesis entre los estados y la CE, pudiendo coexistir ambos, ostentando los Estados miembros el control absoluto sobre los destinos de la CE. Al dar tanta importancia al papel de los estados Milward se sitúa en la escuela del realismo, donde se ubica también Stanley Hoffmann , quien afirma en 1982 que la CE no sólo sirvió para preservar las naciones-estado sino que paradójicamente las regeneró. Para este autor la CE era un régimen internacional del tipo que definieron Robert Keohane y Joseph Nye en 1977, que requería reciprocidad a largo plazo para sobrevivir en el ámbito de las relaciones internacionales .
Desde el punto de vista del realismo, para conseguir más apoyo a la integración europea, debería relacionarse cada una de las políticas nacionales con el marco internacional adecuado para implementarlas, de modo que la opinión pública pudiera relacionar los logros políticos nacionales con la existencia de la CE.
Vamos a ver cómo este punto de vista nos lleva a la relación entre el federalismo y la construcción europea. De hecho el escepticismo de muchos analistas nos ayuda a entender las fuerzas centrípetas que empujan a los estados hacia la construcción europea. En realidad muchos, y este es el caso de Milward, se basan únicamente en fuentes oficiales o en hechos históricos, y esta puede ser una limitación, porque hace que la influencia de los federalistas en el proceso pase desapercibida y sea invisibilizada, de modo que cualquier historiador según este criterio pasaría por alto la influencia de personas como Robert Schuman, Jean Monnet, Paul-Henri Spaak, Walter Hallstein o Konrad Adenauer, cuya influencia en la construcción europea ha sido enorme.
En los inicios de la construcción europea es cierto que había un grupo de federalistas que creían en la eventual desaparición de la nación-estado, pero entendemos que sus ideas eran válidas en un contexto de posguerra, en el sentido de que tras la devastación de la guerra todo era posible. En cambio los hombres de estado que lideraban la construcción europea entre 1952 y 1957, sabían que estaban creando un marco para el futuro que cambiaría las relaciones de poder en la Europa occidental, y la integración que pretendían tenía mucha más consecuencias que una mera interdependencia, por tanto implicaba riesgos estratégicos, pues suponía reducir la autonomía de los estados a favor de una unión donde debían converger los intereses de todos.
La mayoría de los federalistas, como Monnet y Spinelli, basaron sus estrategias políticas en la continuidad de los estados, y todos los federalistas compartieron y comparten una visión según la cual los estados paradójicamente son una fuerza con un potencial de crear conflicto en las relaciones internacionales, si bien con una capacidad reducida para hacerse valer en los asuntos mundiales. En el caso europeo, al aceptar nuevas formas de integración política y económica, con autonomía a escala supranacional, los gobiernos estatales estaban creando un contexto federal para la toma de decisiones europeas y existen una serie de procesos complejos que sería interesante estudiar a fondo para lograr entender la supervivencia de la nación-estado en comparación con los movimientos temporales de crecimiento de la integración europea.
Hay dos hechos que tuvieron un enorme impacto en la construcción europea, si bien tan controvertidos que finalmente su realización se vio frustrada. Tuvieron lugar entre la Declaración de Schuman en mayo de 1950 y la puesta en marcha de la CECA en julio de 1952. El primer hecho al que se hace referencia sucedió en agosto de 1950, cuando la asamblea consultiva del Consejo de Europa, dirigida por Churchill, invitó a “la creación inmediata de un ejército unificado europeo, bajo la autoridad de un ministro europeo de defensa, sujeto a un control democrático europeo” ; y el segundo hecho corresponde a la redacción del Tratado de la Comunidad Europea de Defensa en 1952 (CDE), que no fue ratificado, ante la negativa francesa en su Asamblea. Este Tratado permitía también la puesta en marcha de una Asamblea encargada de elaborar un Estatuto para la creación de una Comunidad Política Europea (CPE).
Lo cierto es que el fracaso de estas dos iniciativas no desanimó a los fervientes europeístas, sino que más bien en el caso de Monnet le hizo observar que esto confirmaba su sospecha de que la construcción europea no se conseguiría por la vía de la defensa, pues no era este el motivo más poderoso para buscar la unidad.
Como veremos, Monnet confiaba en el devenir de los hechos, y trató de utilizarlos para resolver dos cuestiones: preservar el dominio militar francés ante el inevitable rearme alemán, y promover la causa de una mayor integración europea.
El Plan Pleven, aunque implicaba la creación de un ejército europea, se había diseñado dentro del mismo espíritu que había llevado a la creación de la CECA, claramente influenciado por Monnet. En el tratado de la CDE se preveía la creación de una Comunidad Europea, como hemos dicho, con una estructura institucional basada en la separación de poderes y un sistema de representación bicameral, es decir se le dotaba de instituciones federales, si bien sus poderes estaban muy limitados. Spaak presentó la propuesta de tratado en 1953, identificándolo como federal y confederal a la vez, y Spinelli reconoció que presentaba estructuras federales. El problema es que al ser rechazado por la Asamblea francesa, muchos historiadores lo han tomado como ejemplo de que los gobiernos nacionales nunca sacrificarán su soberanía, a pesar de que Alemania y Benelux lo ratificaron, apostando estos por una idea federalista de Europa.
(continuará...)