martes, 8 de abril de 2014

La UE será inviable… si mantiene el statu quo

La acuciante crisis del euro nos ha dado un respiro, pero el problema subyacente en nuestras economías es el desempleo, que todavía no se está afrontando de forma realista. Es decir, la reducción del tipo de interés (euro) y la imposición de medidas de contención presupuestaria (austeridad) no tiene traducción en la corrección del paro. Ahora bien, el desempleo es solamente la somatización de una economía que no crece. Siempre se habla del gran drama del desempleo juvenil, aunque no es exclusivo de la zona euro ni es un problema nuevo. De hecho, entre 1991 y 2012, la tasa de desempleo juvenil mundial sólo aumentó un 1%, del 11,7% al 12,7% (ILO,Trends Econometrics Models, April 2012).
Hace décadas que el mundo se comporta como un sistema económico único. De hecho, existe una tendencia mundial al aumento de las exportaciones, pero el desempleo sigue siendo un problema. El discurso simple achaca la destrucción de puestos de trabajo a las exigencias de productividad. Hay una presión en ese sentido, pero no afecta solamente al desempleo, sino también a la inversión. Los capitales se mueven entre las fronteras, pero esto no parece traducirse en inversión directa, lo que hemos convenido llamar “economía real”. A nadie es ajeno que el crecimiento de los capitales ha sido más rápido que el de la economía, afectando al sistema de distribución y reparto de la riqueza. Esto se ha traducido directamente en menos oportunidades laborales.
El fenómeno, lejos de afectar a todo tipo de personas (trabajadores más y menos cualificados) acaba revirtiendo en una reducción de las Rentas Brutas Nacionales, dado que los gobiernos tienen a crear sistemas de subsidio, para sustentar artificialmente a aquellas personas que quedan fuera del sistema económico. Este círculo vicioso está en su apogeo y nos indica que vamos en la mala dirección. El endeudamiento de los gobiernos sigue ahí, incapacitándolos para contribuir al estímulo económico, mientras esperan, con impotencia, que desde el sector privado surjan nuevos modelos económicos. Se llenan la boca con el espíritu empresarial y animan a los ciudadanos a ser emprendedores, pero el común de los mortales, jóvenes y no tan jóvenes, se encuentra con los bolsillos vacíos y sometido a un sistema fiscal, cuanto menos cuestionable, sin acceso a financiación. Los gobiernos consideran un éxito haber reducido la lacra de los intereses sobre su propia deuda, pero esto no ha tenido una traducción real sobre el ciudadano de a pie.
Algunos aprovechan esta coyuntura para reivindicar que el capitalismo está en crisis, clamando incluso por la revolución total. Es innegable que el capitalismo ha sido el único sistema que ha propiciado la integración social de la que hemos gozado hasta ahora, con sus imperfecciones y contradicciones. Corresponde a los economistas relatar por qué el capitalismo genera esas crisis cíclicas, y también por qué a menudo fracasan los intentos de los Estados por constreñir al sistema, mediante la manipulación de los tipos de interés, los impuestos o determinado diseño del estado del bienestar. Los gobiernos están legitimados mediante las urnas, aunque precisamente en contextos de crisis prolongadas, como la actual, existe una crisis de representatividad.
La realidad económica funciona como un subsistema paralelo al estatal, acogotando a la ciudadanía, y generando una simpatía por lo revolucionario. Muchos de los movimientos de protesta callejera y los votos de extrema derecha se conectan en su deseo de romper el sistema, ante la percepción de que ha imperado un capitalismo “estatista”, aunque unos sitúen en su diana particular a la clase política y otros se decanten por el gran capital o la banca. Esa incomodidad se percibe en el desconcierto que destilan los sondeos, no solo de cara a las próximas elecciones europeas de mayo, sino en los procesos electorales que se vienen produciendo en Europa en los últimos dos años, con un aumento de las posiciones extremistas, a pesar de que los partidos centristas de derecha y de izquierdas mantienen los gobiernos, habitualmente formando coaliciones moderadas.
Hoy estamos en el momento clave políticamente hablando. El sostenimiento del euro ha sido el único gran objetivo económico en la agenda política europea durante esta legislatura. A la vista está que ahora la agenda ha de dar un paso más, y no rendirse a la complacencia, porque la estabilidad monetaria no es más que el suero que permite la subsistencia del enfermo anémico, pero en modo alguno garantiza su buen estado de salud.
Ahora llega el momento del nervio, un nervio político, entendido como coraje para unir las economías europeas y crear un gran mercado único, donde las empresas y los ciudadanos puedan prosperar con las mismas posibilidades, vengan del país que vengan, donde desaparezca el dumping fiscal que favorece a algunos capitales y gobiernos, pero no a la economía productiva ye empleo; donde se fulmine el secreto bancario que enriquece a unos pocos; donde no existan las diferencias en el acceso al crédito entre ciudadanos europeos; ni se produzcan los abusos sobre los sistemas de bienestar; ni unos paguemos más IVA que otros; ni, por supuesto, se pueda expulsar a un ciudadano comunitario de un Estado miembro por encontrarse desempleado, como sugiere el gobierno alemán, etc.
Se trata de fallos políticos debidos a las diferencias regulatorias existentes entre los distintos Estados miembros de la UE. Por decirlo de una forma llana y simple, la llamada gobernanza fiscal europea no va más allá de las políticas austeridad, y esto genera un sistema totalmente injusto, que favorece el comportamiento depredador, ejercido tanto por grandes capitales, como por ciudadanos normales (abusos sobre el sistema de bienestar social, a veces de otro Estado miembro). Esta actitud free-rider, de forma contraintuitiva, perjudica sobre todo a la periferia, sometida a las devaluaciones internas e incapacidad de competir fiscalmente (la espiral del dumping fiscal es contradictoria con el sostenimiento de las cuentas públicas y penaliza al que menos tiene).
Estos hechos diferenciales que he relatado responden a elecciones políticas que tienen traducción económica, y generan las mayores asimetrías y desigualdades entre ciudadanos europeos. Por tanto, se trata de injusticias y discriminaciones que minan las opciones de los ciudadanos, y que no son imputables al capitalismo, sino a elecciones políticas erróneas, fundamentadas básicamente en intereses concretos (del gran capital en el caso del secreto bancario, de las grandes empresa en el dumping fiscal, etc.), que lacran la competitividad de unos Estados en detrimento de otros
El gran problema de la UE es esa desintegración política que se traduce en una desintegración económica. La crisis de competitividad está directamente relacionada con las carencias en la integración, y con la pervivencia de las ópticas estatales en las decisiones políticas. Así, tanto los ciudadanos como las empresas europeas, padecen distorsiones y sufren las consecuencias, simplemente porque ni siquiera se ha conseguido crear un verdadero Mercado Único. No todos tenemos las mismas posibilidades, ni en términos de acceso a crédito, ni en términos de derechos y oportunidades. La política de brazos cruzados dominante hasta ahora agudizará el declive y el malestar social, porque lo grave no es que los actores económicos estén desincentivados, es que los ciudadanos lo están. La gran cuestión es si la Unión Europea es capaz de ofrecer un modelo económico estable y armónico del que se beneficien todos los europeos, tanto empresas como ciudadanos. Este es el gran reto político para la próxima legislatura.


Picture: From the Blog by David F. Ruccio  


lunes, 24 de marzo de 2014

Ucrania: revolución callejera e incompetencia política

Estamos siendo testigos de que el momento posrevolucionario es la clave de la revolución, ya que es el que fragua la transición hacia un sistema institucional legítimo y duradero. ¿Hasta qué punto una revolución en la calle puede traer un cambio positivo para la ciudadanía?
Las imágenes que nos han llegado de Kiev, desde noviembre, con centenares de jóvenes y niños resistiendo el frío en la plaza de Maidan, plantean algún dilema. ¿Tendrán esos jóvenes conciencia de haber participado en la construcción de una nación? ¿Ha sido su triunfo el cambio en la jefatura del gobierno? No es difícil suponer que parte de aquella ilusión ya se ha desvanecido. La euforia de las reuniones masivas no está relacionada históricamente con logros democráticos, sobre todo si insuflan movimientos extremistas (a Tahir nos remitimos). También es cierto que los congregados en la plaza Maidan coincidían en puntos esenciales: el acercamiento a la UE, pero también la lucha contra la corrupción y la excesiva regulación económica, la reforma constitucional para evitar el poder excesivo de los presidentes.
A estas alturas de la historia conocemos bien los resortes de una democracia participativa: tribunales, constituciones, división de poderes, elecciones, libertad de información. Precisamente, las elecciones y la alternancia de poder deberían ser salvaguarda suficiente para evitar un poder autocrático y corrupto. Las reglas aseguran el cambio. Más allá de la Realpolitik, se busca un nuevo modelo normativo.
Hace un par de años, muchos vaticinaban un giro histórico de la mano de las revoluciones fraguadas en grandes plazas urbanas, desde los Indignados de plaza del Sol a la primavera árabe. En Kiev, importaron el modelo e hicieron suya la plaza Maidan. En Ucrania ya hubo una “Revolución Naranja” en 2004 (el motivo era el fraude electoral), avalada también por la comunidad internacional, y por el conjunto de la oposición ucraniana.

El detonante de la actual revolución de Maidan fue la caída del acuerdo comercial con la Unión Europea en noviembre, en un trasfondo de deterioro económico y empobrecimiento de las clases medias. En principio, no era un movimiento ideológico, aunque la presencia de banderas europeas en la plaza sí revelaba una nueva ilusión, truncada por la aparición de violentos, que tomaron el control de las masas. Muchos de ellos identificados como nacionalistas fascistas (del partido Svoboda, que había ganado peso en las poblaciones más occidentales en las elecciones de 2012). Ello no ha impedido que estos grupos, con el apoyo de Occidente, hayan cuestionado al gobierno ucraniano de Yanukovich (adornado con tintes totalitarios, pero electo democráticamente), habiendo logrado su derrocamiento.

Sin ser amiga de teorías conspirativas, legítimo es preguntarse si todo esto es casual o responde a un plan orquestado. Si llamativo ha sido el desfile de líderes de la UE en Kiev –recordemos a Ashton dándose un baño de masas en Maidan-, más sorprende la intromisión del gobierno estadounidense en el asunto, desde la famosa filtración de “que se joda la UE”, en boca de Nulan, la famosa asistente del Secretario de Estado, de quien se afirma en varios medios que ha apoyado económicamente las movilizaciones de Maidan. 


No podemos hacer un ejercicio valorativo sobre la intención del gobierno de Obama, pero para la gente de la plaza Maidan, la revolución "ha triunfado" al imponer un cambio de régimen político, obviando, a sabiendas o no, la presencia clave en el nuevo gobierno ucraniano de un partido nazi llamado Svoboda (Libertad), que anuncia su deseo de “purificar” la nación ucraniana. ¿Cómo ha podido esta formación, que solo gozaba de un 10% del apoyo electoral, llegar a hacerse con el gobierno de Ucrania? ¿Es más legítimo este gobierno, aupado por la turbamulta? ¿Qué fue de aquellos jóvenes que enarbolaban la bandera de la UE y pusieron en boga el hashtag #euromaidan?



Los líderes de la UE se han hecho muy visibles en Kiev, alentando la esperanza en la gente, mientras media Ucrania se removía incómoda desde el sofá de casa. Es arriesgado jugar con el ánimo de un país en ruinas. Inevitablemente, Rusia ha entrado en escena, y lo hace consciente del peso de la sociedad pro-rusa en Ucrania, hasta el punto de anexionar a Crimea, en contra del orden internacional. 

Según Kaplan, Rusia siempre ha conjugado el ánimo proteccionista con el expansionismo, debido a su orografía, a la llanura y al temor a la amenaza externa. Este temor se nutre también del nacionalismo. Ello sumado a la destitución del gobierno establece una nueva y peligrosa doctrina, e instala una sensación de vulnerabilidad absoluta. La posibilidad implícita de cualquier revuelta espontánea podría devenir un peligro para cualquier democracia, poniendo en riesgo el Estado de derecho. Como escribiera Tocqueville, sobre los contrarios a la Revolución francesa: “Temiendo más la soledad que el error, declaraban compartir las opiniones de la mayoría”. Los rusófonos ucranianos se rinden a Putin, quien lanza un aviso a navegantes a moldavos, estonios y a todo rusófono viviente, bajo el clásico manto retórico, interpretable en términos de guerra fría, o como síntoma de nostalgia del imperio soviético. 

Putin se ha convertido ya en epígono del nacionalismo expansionista. Su discurso es fácil, sencillo y coherente en su impetuosidad. La internacionalización del conflicto de la plaza Maidan ha servido a su causa, mientras Occidente ha cometido errores de cálculo, cayendo en el juego de la retórica maniquea. Hoy tenemos la firme sensación de que la Unión Europea ha patinado en Kiev, y de que Ucrania es una crisis pendiente para todos.


* Imagen: demolición de la estatua de Lenin en las revueltas de Kiev el 8 de diciembre de 2013

sábado, 22 de marzo de 2014

New twists in the European elections

In May, Europeans will be called to vote for the 8th time. Many argue, this European election will turn into a first-order contest, in the sense that previous elections were more influenced by national political issues.
Supporting facts
There are three relevant elements to support this premise. Primarily, it is important that, for the first time, political parties are the ones to nominate a chair to the Commission. Secondly, the changes underway in the eurozone are leading to the endorsement of a stronger fiscal union, underlining the conflict between “national” and “European” preferences. Finally, the disruption of nationalistic and eurosceptic parties is also a determining factor.
These three elements shape up a new context. Regarding the first point, we can predict a greater role for the EU Parliament (EP) in choosing the Commission President. As it happened last time, in accordance with the Lisbon Treaty, the president will be elected on the basis of the nomination from the European Council, taking into account the EP elections.

viernes, 14 de febrero de 2014

La UE llega a la madurez política




Hoy leemos la noticia de que el Parlamento Europeo ha mostrado su dedo acusador contra la troika, a la que señalan como causante del desempleo y el malestar social en la periferia de la zona euro. Interesante intento, que no tendrá consecuencias políticas reales. 
Estas declaraciones revelan que la eurocámara debe ser mucho más que una institución con "derecho al pataleo"... Durante estos días, de intenso ajetreo y deliberado aislamiento, un colega me ha pedido que comparta en su página web una reflexión sobre la reforma de los tratados de la UE. Su petición requería que me ciñera a un artículo de especial relevancia. De inmediato pensé en el ámbito fiscal, el de los recursos, que tan esencial es para el futuro y la viabilidad de la Unión. En ello estoy. 



Bien es cierto que se me vinieron a la cabeza algunas reflexiones generales y sencillas sobre la importancia de la reforma del Tratado, un asunto que no es meramente técnico, o legal, sino que tiene una trascendencia democrática profunda. Así que en un momento, un sucesión de ideas simples se me vinieron a la cabeza. He decidido compartirlas en mi blog.




Aquí están, simples, pero sí con la vocación de despertar en el lector una cierta conciencia sobre la necesidad y relevancia del Parlamento Europeo. Muy adecuado, a apenas tres meses del próximo encuentro electora, nuestra cita en las urnas con Europa, no lo olviden.



Aires de reforma política en la UE
La Unión Europea se enfrenta a un nuevo momento crucial en su devenir histórico. Muchas voces demandan “más Europa”, y ello implica, en todos los casos, una reforma del actual Tratado. No es sólo una la vieja demanda de los federalistas, sino que la propia canciller Merkel destaca la necesidad de una reforma que permita una mayor centralización política en la UE, relacionándola con la viabilidad del euro.

En este contexto es muy pertinente que la sociedad civil se sume al debate, participando activamente en las propuestas para el desarrollo de la ley fundamental que nos rige a todos los ciudadanos europeos. Emulando el espíritu de las convenciones constitucionales, esa transformación política exige la presencia de un foro de debate.

Quisiera ofrecer mi pequeña y primera aportación a ese impulso reformista, sugiriendo algunas propuestas para la reforma del Tratado de Lisboa.

El papel del Parlamento Europeo
En primer lugar, sería preciso dotar de mayor poder decisorio al Parlamento Europeo (PE), dado que es la única institución legitimadora del proceso de integración. Si bien esta institución era la más débil en el momento fundacional, hoy actúa desde una nueva perspectiva, y tiene un papel reconocido en el proceso legislativo. Su esencia democrática y la presencia del sufragio universal en su configuración justifican su aumento competencial. Lamentablemente, la codecisión es el procedimiento ordinario en la UE, y, aunque muchos vean en esto un logro, ello no impide que la UE siga cayendo en la tentación intergubernamental. Lo es en su funcionamiento básico, aunque de una forma cambiante en su toma de decisiones. 

Actualmente se produce una contradicción entre la necesidad perentoria de capacidad económica y las limitaciones que establecen, no sólo los tratados, sino los gobiernos. La tensión constante de la integración vive ahora un momento decisivo en el proceso federal, y ello se debe a la crisis del euro. Este aspecto marca una diferencia clave con respecto a las anteriores elecciones europeas.

Por si fuera poco, en los ámbitos fiscal y social, que son el núcleo de las políticas públicas, el Parlamento Europeo desempeña un papel meramente consultivo. Esta carencia adquiere un matiz mucho más preocupante cuando descubrimos que el presupuesto de la UE se articula a través de un Marco Financiero Plurianual, que se concreta en unos fondos prácticamente irrelevantes (algo más del 1% de la RNB promedio de la UE).
El Parlamento Europeo, por tanto, no incide en la política real, no participa en la movilización de recursos públicos, y no puede intervenir en la corrección de los distintos impactos asimétricos que se producen en la Unión Europea, debidos a la respuesta a la crisis del euro, por ejemplo.

Sin duda, estas deficiencias explican en gran medida la desafección ciudadana hacia la UE, y serían causa directa de la baja intención de voto en las próximas elecciones al Parlamento Europeo.
Esa apatía evidencia que los europeos no somos conscientes del desafío político que tenemos en nuestras manos, ni de que precisamente, ese descontento puede encontrar un cauce adecuado a través del Parlamento Europeo, en el sentido de que la cámara parlamentaria europea no tiene parangón en ningún lugar del mundo, al situarse en una posición de privilegio para superar la dinámica de los Estados-nación imperante en el Consejo.

Es clave, por tanto, que si se plantea una reforma del Tratado, ésta se sustancie en que el Parlamento Europeo deje de ser una institución menor, - y en algunos casos incluso meramente consultiva -, dependiendo en realidad de las sentencias del Tribunal de Justicia de la UE, o de su jurisprudencia, para poder avalar sus posiciones.

En este contexto, creo que el artículo 289 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea (TFUE) debe ser unos de los primeros en reformarse, ya que establece que la consulta es un procedimiento legislativo para que el PE dictamine sobre una propuesta de la Comisión, antes de que el Consejo la adopte, mientras el Consejo no está obligado a seguir el dictamen del Parlamento (aunque gracias a la jurisprudencia del Tribunal, es necesario el dictamen favorable del PE para poder adoptar una decisión).

Tal como está redactado el artículo, el Parlamento se convierte en una especie “de piedra en el zapato” algo incómoda para el Consejo, pero que en caso alguno implica una capacidad real de determinar la acción política por sí mismo. De hecho, el desarrollo en el art. 294 de lo que establece el TFUE permite varias lecturas de los proyectos de ley, y la constitución de un Comité de Conciliación, si fuera necesario, para la adopción de las leyes, aunque en la práctica se ha visto que esto es muy infrecuente. Se suelen producir acuerdos entre las tres instituciones (Comisión, Consejo y Parlamento), y con una transparencia manifiestamente mejorable, de cara a la opinión pública.

El papel de los parlamentos nacionales
El desarrollo de la crisis del euro ha revelado la magnitud del déficit democrático, al haberse producido una transferencia de soberanía a la Comisión, como supervisor de los presupuestos anuales de los Estados miembros. Dicha transferencia se realiza en virtud del Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza (TECG), conocido como Pacto fiscal europeo, y siguiendo, o en beneficio de, los criterios que ya marcaba el fallido Pacto de Estabilidad y Crecimiento, es decir, siguiendo la ortodoxia monetaria, y que deja prácticamente al margen a la eurocámara. 

Ello presenta un problema de legitimidad notable, que solo podría compensarse mediante la presencia activa de una institución legitimadora; como hemos dicho, el Parlamento Europeo, lo cual exige un reparto de soberanía y el reconocimiento del papel de la eurocámara en el balance de poder de la Unión. Es decir, no se pueden transferir competencias, sin el control democrático debido.

En previsión de este problema, en el Tratado de Lisboa se tomó la decisión (errónea, a mi juicio) de reforzar el papel de los parlamentos nacionales en el sistema de la UE, en virtud del principio de subsidiariedad.

El Tratado de Maastricht fue el primero en abordar el encaje de los parlamentos nacionales en la UE, y lo hacía reconociendo el derecho de estas cámaras a recibir información. Pero es el TFUE, en el Protocolo, y en varios artículos, como el art. 69, el que recoge las disposiciones sobre el derecho a oposición de las cámaras estatales. En la práctica, esto actúa como freno legislativo y ha impedido que el Parlamento Europeo desempeñe un rol pleno como cámara de representantes, ejerciendo un control sobre las instituciones que tienen la iniciativa legislativa, sobre los decisores políticos, que son el Consejo y la Comisión. 

En este sentido, es contraproducente que todos y cada uno de los 28 parlamentos nacionales intervenga en el proceso político comunitario, dado que los parlamentos suelen actuar al dictado, o cuanto menos en sintonía, con sus gobiernos, que ya tienen voz en el Consejo. El parlamento nacional es un aliado de los gobiernos respectivos.

El argumento que sostiene el refuerzo del papel de los parlamentos nacionales es que éstos no podrían desarrollar las funciones que establecen las propias constituciones nacionales, ya que ven limitadas sus atribuciones, debido a la intervención comunitaria. En ese sentido, la reforma debe apuntar a un refuerzo del papel del Parlamento Europeo, como única vía para dotar de legitimidad a las acciones legislativas. Veremos, en reflexiones posteriores, que la subsidiariedad (relacionada con las preferencias locales/regionales) forma parte del ámbito regional, y debería recaer en la competencia del Comité de las Regiones, en un marco de autonomía financiera de las regiones europea y con un presupuesto federal europeo... En la UE debe comprenderse que el camino de la subsidiariedad es el del federalismo fiscal, pero ese debate no "toca" en la reflexión de hoy.

Fin a la etapa de los consensos
El planteamiento crucial ahora es definir las funciones del Parlamento Europeo, maduro para afrontar una nueva etapa. Ello abriría el camino a la creación de listas transnacionales. En estas fechas preelectorales se echa de menos un programa electoral paneuropeo, un programa que nos explique qué va a hacer nuestro eurodiputado, y qué UE tiene en su mente. Probablemente para alcanzar ese objetivo, tenemos que traer el debate en clave europea a la palestra, centrándonos en lo esencial, que no son las disputas políticas nacionales, el politiqueo en la peor de sus acepciones, que tanto desilusiona al ciudadano de a pie. 

En el ámbito del Parlamento Europeo se suelen producir, históricamente, grandes consensos entre partidos mayoritarios, lo cual ha sido muy útil en los momentos claves de la integración (como el previo al Tratado de Maastricht) para arrastrar a las grandes mayorías ideológicas hacia el proyecto de unidad política de la UE, pero que puede ser contraproducente en una Unión Europea que ya ha alcanzado la madurez política

El consenso desdibuja el debate y debilita la labor de los eurodiputados, les resta visibilidad. El juego de consensos y la difuminación ideológica deben ser cosa del pasado. En esta etapa tan crucial de la integración, una vez superada la peor faceta de la crisis del euro, una imagen de consenso transmite opacidad y empobrece las posibilidades institucionales. Por no hablar de la falta de espíritu crítico, tan propia de los regímenes totalitarios. Europa es plural y su Parlamento debe reflejarlo.

Sabemos que la UE tiene que volver a reformarse, para sobrevivir como proyecto común. Si no hay un rendimiento visible para el ciudadano, no solo en forma de valores, sino en un crecimiento económico más equitativo para todos los europeos (con todo lo que ello implica de compromiso político), la propia UE puede verse amenazada en su propia esencia. 

En estos momentos, hay cierta amenaza eurófoba, pero mayoritariamente, la ciudadanía europea quiere seguir formando parte de la UE, así que, sabiendo que cuentan con la generosidad del ciudadano, no es mucho pedir que se reforme para que el Parlamento Europeo decida y ponga orden en esta casa común. No obstante, si pedimos a los líderes de la UE que no nos hagan perder la fe en ella, participemos nosotros, legitimando a la única institución que votamos. Pero exijamos a nuestros representantes que den la batalla, y establezcan un programa para la UE, concreto, definido, contrastado. No esperen a que llegue el momento de votar para hacerlo.

viernes, 7 de febrero de 2014

Donde no llega Merkel

Esta noticia de hoy nos hace preguntarnos si cuando Merkel pide "Más Europa" lo hace para torear al Tribunal Constitucional alemán. 

Karslruhe vuelve a retar a Draghi y su plan de compra de bonos masiva. Estamos ante uno de los problemas más graves para la integración europea. 

El Constitucional alemán ha considerado que el programa OMT del BCE es incompatible con el derecho primario de la UE y remite el caso al TJUE. Algunas interpretaciones, como la de Bruegel, indican que la OMT no queda fuera de los tratados, puesto que este mecanismo ha servido al BCE para llevar a cabo su mandato monetario. Es más, las OMT son medidas de inyección de liquidez cuyo sentido va orientado a satisfacer los objetivos generales de la UE, no sólo de la UEM.

EL BCE ya ha anunciado que seguirá con el programa, al considerar que recae dentro de su mandato, y que además, los programas de compra masiva han demostrado su eficacia en los mercados, desde 2012, siendo un instrumento muy adecuado para reducir las primas de riesgo en la periferia.

Díganme en qué Unión Monetaria del planeta, un Tribunal Constitucional de uno de los Estados miembros puede delimitar la acción política del conjunto. 

Lo dicho, debemos dar más poder discrecional al BCE, amparado por el Parlamento Europeo.

Los Estados miembros no pueden tener preeminencia sobre las instituciones supranacionales. 

¿Cómo se van a poder financiar los Estados acreedores sin un Banco Central que los respalde? 

A la vista está, no tanto que el Constitucional alemán cometa un grave error, sino que Weidmann fue irresponsable al judicializar este asunto monetario.

Atención, porque en marzo los jueces de Karlsruhe dictaminarán sobre el Mecanismo Europeo de Estabilidad. Es de sentido común pensar que el MEDE queda fuera de las competencias del tribunal alemán, ya que en ningún lugar está escrito que éste deba ser el celador del "eurosistema". 

Una espada de Damocles sobre el MEDE, que ya está activado. Por si fuera poco, el Parlamento Europeo ha pedido que actúe como prestamista en el período transitorio hasta la Unión Bancaria. 

Este ejercicio retador entra, además, en flagrante contradicción con la voluntad manifestada por su canciller. 

¿O en qué sentido quiere la canciller reformas los tratados? Esto requiere una tajante aclaración. Facta non verba.

*Imagen: Presseurop

sábado, 18 de enero de 2014

Una mala Unión Bancaria pondrá en jaque el proyecto europeo

La Unión Europea es muy cuestionada, más criticada que nunca. Se perciben acciones políticas en forma de imposiciones, no se comprenden y nadie las justifica. Sin duda, ese descontento popular durmiente es un gran desafío, y abre unos cuantos escenarios.
Las elites empiezan a mostrar cierta inquietud ante las voces que cuestionan el propio proyecto europeo desde Estados muy diversos y por razones contrapuestas, a menudo. Incluso la UE más funcional prevista por Monnet, podría estar en horas bajas. Ejemplo de ello es el Mecanismo Único de Supervisión Bancaria, que en estos días es objeto de fuerte debate.
El Parlamento Europeo, a través de su presidente, y de otras voces de distinto espectro, manifiesta que la eurocámara dará la batalla a la Unión Bancaria tal como está diseñada, argumentando que sus lagunas podría agravar los problemas del euro. El BCE tiene un papel inicial, pero después intervienen la Comisión, el Consejo, los supervisores estatales…
Schulz ha asegurado que la eurocámara no aprobará las leyes propuestas por el ECOFIN, si siguen en la actual línea de vaguedad de criterio en el asunto de la Unión Bancaria.
Además de que no se facilita una resolución rápida de las entidades financieras problemáticas, tampoco se concibe que el MEDE (Mecanismo Europeo de Estabilidad) actúe como fondo de garantía durante el proceso transitorio. En la actualidad, se están contemplando los mecanismos de rescate ad hoc, en forma de préstamo, es decir, algo parecido a lo que se aplicó en España para sanear las entidades bancarias mal gestionadas.
El mal acuerdo en el asunto del supervisor bancario es solo la punta del iceberg, es un síntoma más de que la coordinación macroeconómica deja mucho que desear y que la regulación financiera común sigue estando lejos. La toma de decisiones que se plantea es bizantina, implica a muchos agentes, nacionales, supranacionales, y hace auspiciar un infierno de contradicciones, cuando la resolución bancaria precisa de lo contrario, de una acción rápida y contundente.
Ante este panorama, existe el riesgo de que se vayan diluyendo las adhesiones al proyecto de la integración europea. Esa marea silenciosa de descontento se abre hueco en los medios de comunicación que abundan en la idea de que en las próximas elecciones al Parlamento Europeo, los partidos euroescépticos tendrán un resultado espectacular. Alientan algunos una cierta implosión para desestabilizar el núcleo político de Bruselas, esperando alguna reacción. En este sentido, los partidos importantes, el mainstream del tradicional consenso europeísta, que abraza desde el centro político hasta la izquierda y los verdes, podrían verse contra las cuerdas.
Ese toque de atención puede ser una amenaza, pero también una oportunidad. La disrupción en la habitualmente calmada y aburrida política cotidiana en la eurocámara a través de los elementos radicales, implicará, en principio, una mayor visibilidad y la necesidad de un compromiso político muy claro por parte de los partidos de carácter proeuropeo, lo que implicará la activación de la reforma del Tratado, el único mecanismo para afrontar la debilidad política, y corregir la inconsistencia del sistema actual.
Posiblemente, ya no sirva actuar a la defensiva, o recurrir al mínimo común denominador para alcanzar acuerdos, en un clima de muy escasa transparencia. 

La crisis del euro puede ir quedando atrás, pero no es momento de postergar y dejar las cosas como estaban. Tal vez, ese ombliguismo que algunos observamos en instancias comunitarias, merezca cierto correctivo. En este sentido, bienaventurado sea nuestro enemigo, si nos hace enmendar errores. 

jueves, 16 de enero de 2014

El Reino Unido no determinará el futuro de la UE

Es lugar común que los extremos se tocan, pero en este caso el meollo de la cuestión se sitúa en la centralidad del discurso. Hay consenso en que la UE debe reformarse. Para sostener esta idea, no es preciso relatar los numerosos argumentos federalistas, de sobras conocidos para los lectores de este blog. La alta política entra en el debate de lleno e insinúa improbables coincidencias. La primera paradoja se da en las múltiples referencias a los tratados de la UE, desde posiciones gubernamentales tan contrapuestas como la alemana y la británica.



Merkel, tras formar gobierno de coalición, insiste en la irremisible reforma delTratado de Lisboa, que implica una centralización política de la Unión Europea, que no sólo garantice la estabilidad de las finanzas alemanas, sino que abrace sistemas de solidaridad interterritorial en el conjunto de la UE. Sobre el tapete, la propuesta de Merkel no se aleja de los postulados federalistas, apoya abiertamente una Europa social y la preservación del estado del bienestar.

Bajo el paraguas del actual Tratado, las limitaciones son absolutas, las decisiones se toman a partir de los acuerdos de los Estados en el Consejo, y no hay rendición de cuentas en Bruselas. Es decir, opacidad, intereses nacionales, y un "interesantísmo" BCE con ansias de capacidad política (véase a un Draghi incisivo en las últimas semanas) en el ámbito de la Unión Bancaria.

Una cuestión relevante es si a Merkel debemos concederle el beneficio de la duda, dado que Alemania goza de un sistema social bastante loable y sostenible, con una buena capacidad redistributiva, y una menor diferencia de clases que en la mayoría de países europeos.

Veremos si la canciller tendrá la valentía de, una vez abierto el melón de la reforma de los tratados, ceder poder político y económico a Bruselas. No sólo está por ver el posicionamiento de Alemania, sino el del grupo de países del Norte que conforman el sector de “contribuyentes netos”, reticentes a sostener financieramente a una periferia en dificultades. La capacidad redistributiva es la clave, y holandeses y finlandeses han dado señales de fatiga, ante una periferia totalmente ahogada en el contexto de crisis.

Vamos con el gobierno británico. Qué mayor paradoja que ver a Cameron pidiendo una reforma del Tratado de Lisboa para salvar los intereses financieros de la city... Pues hay más, ayer el ministro de Economía, Osborne, cuya autoridad en la materia podemos poner en solfa, pero que en todo caso apuntó a la necesidad de que la UE se reforme profundamente. Hasta aquí, coincidencia, pero muchas preguntas.

De inmediato, se explicitan, los británicos tienen un diagnóstico totalmente contrario a los federalistas, incluso a Alemania, ellos ven como causa del declive la “UE” social, en este sentido alientan el discurso euroescéptico de las bases conservadoras. Paradójicamente, para el inglés, la crisis de la UE se debe a un excesivo peso del estado del bienestar. El debate se aleja del consenso y se sitúa en el extremo del liberalismo.

El británico cree que la UE no puede dedicar un 50% del gasto al sostenimiento del modelo de bienestar, representando a un 7 % de la economía mundial. Si esas cifras las menciona Merkel para apostar por la reforma para mantener el modelo social, en el caso de Osborne, la apuesta es destruir el modelo, es decir, la medicina británica sería la liberalización y un efecto arrastre de Europa hacia otros modelos mucho menos desarrollados socialmente en el planeta.

Desde hace tiempo sospechábamos que el Reino Unido no sólo no quiere que la UE intervenga en sus leyes, sino que quiere destruir el consenso político y social construido por generaciones de europeos. Ayer se evidenció con todas las letras.

Con todo, Osborne fraguó un discurso en el que alentaba a la UE a la reforma política… para acto seguido, amenazar con la salida del Reino Unido. Es decir, o la reforma política se concreta en un traje a medida de los intereses británicos, o tendrán que abandonar el barco, con los costes que ello supondría (supuestamente) para el resto de Estados miembros. Es la clásica actitud de los tories que ven al Reino Unido como una especie de potencia económica deseada por todos. Al parecer, sin Reino Unido, la UE perdería relevancia global.

Esa amenaza no debe calar en la Europa continental. Se revive el debate de los años Setenta, cuando parte del bloque atlántico, encabezado por los británicos, apostó por los beneficios comerciales de pertenecer a la CE, creyendo que podrían escabullirse de la legalidad común. Hoy, la UE ya no es un club económico, sino una unión de ciudadanos.

Ellos creen que sigue siendo un club, y además el precio que ponen a su pertenencia al club es la capacidad para bloquear todas aquellas leyes que atenten contra sus intereses nacionales. Vivir para ver. Evidentemente, la Unión Europea desaparecería para siempre, si los 28 Estados miembros replicaran dicho comportamiento. Supondría la destrucción del acervo y el levantamiento de todas las barreras económicas y políticas que se han ido derribando desde 1957. Aun así, ese es el discurso euroescéptico que ha ido ganando adeptos en el resurgir del populismo. El vínculo es evidente, si constatamos las restricciones fronterizas y los programas antiinmigración que está planeando el gobierno de Cameron.



En este sentido, sociológicamente el Reino Unido ya no es miembro de la Unión Europea. El Reino Unido no debe ser ni estar en la Unión Europea... Aun en el supuesto de que en el referéndum 2017 se votara por la permanencia (probablemente in extremis), la opinión pública no cree en los valores de la UE, debido a una clase política que ha alimentado el discurso nacionalista, señalando a Bruselas como culpable de todos los males económicos. 

Como muestra, unos cuantos botones, por ejemplo, los intereses financieros británicos se ha levantado “en armas” contra el Impuesto sobre las Transacciones Financieras, mientras el alcalde Johnson ha propuesto abiertamente la creación de una ciudad-estado en Londres con sus propias leyes y autonomía fiscal, el citado control de fronteras que atenta directamente contra el derecho a la libre circulación (vinculante para todos los ciudadanos europeos desde 1992), la no firma del Pacto fiscal europeo, la afirmación "oficial" de que jamás formarán parte del euro o el elogio a las economías emergentes frente a una Europa anquilosada y empobrecida. Ciertamente, algunas de las críticas son realistas y asumibles, y así, la reforma de carácter político es el punto de encuentro entre las posiciones euroescépticas y las proeuropeístas.

Ello es síntoma palable de que, en todo caso, para los europeos la urgencia inmediata no es ya superar la eurocrisis, sino salir de la actual, y mucho más profunda, crisis de indefinición política, casi existencial. Del mismo modo que el Reino Unido quiere ser y estar, pero fuera de Europa, los europeos tenemos que decidir cómo queremos estar, siendo. El modelo social está en juego; sin la unión política, la llamada "economía social de mercado" se quedará en mera retórica para lucimiento de los líderes o presidentes de la Comisión de turno, en su discurso anual en la Eurocámara. Por cierto, una institución que debe ser mucho más de lo que es. En un año de elecciones al Parlamento Europeo este debate es absolutamente crucial para todos los europeos. No lo dejéis pasar.


**Imagen: The Guardian

viernes, 3 de enero de 2014

My PhD Thesis



Dear readers,
Firstly, I would like to share with you my joy. I'm pleased to let you know that I have finished my PhD Thesis. 
Secondly, though the thesis is written in Spanish, here you have an abstract in English. I intend to translate the whole project into English in the coming months. 
In case you are interested in getting full access to the document, I will soon be able to share with you the link to the digital thesis in full text. Hope it will be of interest to you all.



The aim of the thesis is to put forward a proposal to stabilise the euro area in the context of the euro crisis and its contradictions, given the premise that in order to ensure the sustainability of the single currency, federal achievements so far must be consolidated. In this research it is assessed to what extent the euro crisis fosters political reform. 

It is also an aim of the research to analyse the context and the development of the Economic and Monetary Union (EMU), in order to set a normative theory of federalism, so that it becomes a suitable theoretical framework to assess in full the functioning of the EU laws and institutions as a whole, but, particularly in the EMU. 

The old frames seem to be worn out and too monolithic to allow for a proper interpretation of the euro area reform. The diachronic analysis of the European integration process allows us to conclude that a process of incremental federalism is well on the way, though there are some loopholes to be sorted out, specially the democratic deficit. These gaps, in fact, are one of the key elements to explain the conclusions of this research. 

Once it has been possible to set an explanatory variable, and having reached a clear conclusion on the failings of the euro area, the thesis demonstrates that rather than becoming an optimal currency area, the EMU may have, in fact, exacerbated the economic asymmetries between Member States. 

Federalism is a perfect analytical frame, for it sets out the guidelines to be followed in the realm of the European economic governance. We therefore get to prospective conclusions regarding the institutional reform to be addressed in order to achieve the aim of giving efficiency and legitimacy to the governing system in the euro area. 

At the same time, we conclude that more analytical coherence is needed to construe how the political and economic actors receive and understand the euro crisis. In this context, it is necessary to assess whether the monetary orthodoxy and the budgetary discipline can offer the right solution to the problem. In this sense, the financial markets react to their perception about the political union (or disunity) in the euro area. 

One of the most relevant conclusions is that the economic and financial actors ask for a political response. A supranationally integrated system is expected. This requires a frame of political union, i.e. an explicit federal frame. The intergovernmentalist logic lacks the capacity to achieve the goal of financial and political sustainability in the euro area, not to mention the dissociation of decision-making and public opinion. As reflected in certain improvements in market, over the last five years significant progress has been made towards stabilising the euro area. 

The underlying structural reform and the market response generate a pressure towards supranationalism. The foundations of the EMU are being changed, sometimes going beyond the treaties. This trend is validated when we look at the bailout mechanisms, the ECB intervention, and, particularly, the Banking Union

The thesis is enriched by the analysis of the economic governance, and the political relevance of the single market, the budgetary procedure and the fiscal federalism. The capacity to build up a legitimate system would be an essential step to ensure the viability of the euro. Thus, the euro crisis has a political nature, which takes us to conclude that the loopholes in the institutional building put the euro project at stake, in a context in which democratic legitimacy is of utmost relevance.


miércoles, 11 de diciembre de 2013

La relevancia económica de la unidad educativa en la UE







La movilidad laboral (que permite a los trabajadores reubicarse según sus preferencias) tiene una mayor presencia en la agenda política europea. Se empieza a asumir, por fin, la importancia de los movimientos migratorios dentro del territorio de la UE, elemento esencial para el funcionamiento del mercado interior, en un escenario de disparidad creciente entre países en términos de empleo.

Los estudios internacionales destacan que uno de los factores más evidentemente relacionado con la movilidad laboral es la Educación. A mi juicio, esta variable sería la principal, dado que en los mercados locales o nacionales con mucha mano de obra poco preparada técnica o académica, la movilidad es escasa.

El hecho de que haya una mayor movilidad entre Estados miembros en el Norte que en el Sur de la UE refuerza el peso de la variable educativa (por ejemplo, la indicencia del conocimiento de idiomas extranjeros), restando importancia a la segunda variable que se suele manejar en los estudios sobre movilidad, y que se refiere a los costes de la movilidad, tanto en términos fiscales, como del coste de la vida o el nivel de renta.

Entrando más a fondo a analizar las características educativas en los páises más móviles, veremos que la duración de la Educación obligatoria es una variable relacionada directamente con la movilidad laboral regional. Este tipo de conclusiones revelan la necesidad de que las reformas educativas, que actualmente son competencia exclusiva de los Estados miembros, pasen a coordinarse a nivel supranacional, en una primera fase, para asegurar la coincidencia en contenidos de las materias troncales (las competencias básicas en idiomas y matemáticas) y la duración de la educación obligatoria. Ello tendría como primera consecuencia la homologación de las titulaciones y del sistema de calificaciones, por lo pronto, en la Primaria, Secundaria y Bachillerato.

Esto es lo que se pretende, sin éxito alguno, con los instrumentos (Europass) y con las directivas (sobre las cualificaciones profesionales) que ha ido introduciendo la UE para crear un área común de calificaciones ycompetencias.

Sin embargo, la homologación no existe, ni siquiera el reconocimiento mutuo de las cualificaciones. La experiencia indica que los Estados miembros rechazan ese reconocimiento, no por cuestiones técnicas, sino aduciendo motivos sociológicos, que, en realidad son ideológicos.

Por decirlo de un modo suave, los Estados se resisten a perder su capacidad de influencia sobre la Educación, que, como hemos constatado aquí, sigue siendo un arma de uso político (o de construcción nacional en algunos casos). El consenso en esta área ha de ser muy elevado, como los incentivos.

En este sentido, la unidad educativa en la UE podría tener un sentido funcional. Lo que se pretendería con esta homologación es evitar que el nivel formativo sea un obstáculo a la movilidad, lo que supondría una barrera no visible a la libertad de movimiento (una de las cuatro libertades que protege el Mercado Común).

Si no se realiza esta reforma de base, programas como ERASMUS o Leonardo da Vinci (programa de la UE para ofertar puestos de trabajo en prácticas en toda la Unión) poco impacto real podrán tener. La solución pasa por una integración de los programas de las universidades, junto con el pleno reconocimiento de las titulaciones, como base para los programas de formación continuada, que los mercados laborales actuales requieren.
Esta idea permite un desarrollo, en tanto en cuanto asumo que los cambios que se están produciendo en los paradigmas económico y social, tendrán un efecto spillover que alcanzará a la Educación más pronto que tarde, entendiendo que nunca se conseguirá un consenso a través de una directiva o una regulación comunitaria.
Es preciso entender que las regulaciones pueden encontrar resistencias en el ámbito nacional y pueden ser de complicada implementación, precisamente por ese empeño de los gobiernos nacionales en tutelar el sistema educativo. 
En cambio, la unificación de contenidos y calificaciones a escala UE puede ser un incentivo para el profesorado (mal remunerado, por ejemplo en nuestro país), y para los estudiantes, que tendrían la motivación de poder continuar sus estudios en cualquier universidad de su elección en todo el territorio de la UE, incentivando, no sólo la movilidad, sino su rendimiento académico. 
De este modo, sin privatizar y manteniendo un sistema universitario público, se fomentaría la competencia de forma natural, entre centros y entre estudiantes, generando un entorno win-win, tanto desde el punto de vista del mercado laboral, en claro declive, como del desarrollo de una Educación a escala europea.


* Imagen: "Camino del aire" (de: La nave de los locos)

lunes, 25 de noviembre de 2013

La Ucrania europeísta

Durante el fin de semana, hemos visto imágenes que nos retrotraen a la Revolución Naranja que aquel país vivió en 2004. Una marea proeuropeísta ha invadido las calles de varias ciudades ucranianas. Lo atestigua twitter bajo el hashtag #euromaidan #EuropeanSquare (#євромайдан). En Kiev, de forma espontánea 100. 000 personas han protestado, alrededor de la Plaza de la Independencia (Maydan Sq.).

Cuando se estaba cerrando el acuerdo de integración política y económica entre Ucrania y la Unión Europea, el pasado jueves, el gobierno ucraniano anunció que rompía las negociaciones, solicitando inopinadamente, e in extremis, al comisario Füle que cancelara su viaje a Kiev.

Este acuerdo está llamado a alejar a Ucrania de la influencia rusa. La presión del gobierno ruso, que ha tratado de impedir el acuerdo con la UE, se deja sentir sobre el gobierno. Moscú aspira a que Ucrania forme parte de una unión aduanera Rusia-Bielorrusia-Kazajastán, incompatible con el pacto de integración con la UE.

Para muchos ucranianos esa unión tiene reminiscencias soviéticas, mientras ambiciona liberarse de un pasado represor y abrazar a una Unión Europea, vista como adalid de la libertad, en su sentido más pleno, y del progreso económico y social.

La tensión ha alcanzado tales dimensiones que Putin ya acusa a la UE de practicar chantaje sobre Ucrania. Los hechos probados son que Yanokuvich ha viajado a Moscú este mes de noviembre, y fuentes aseguran que la amenaza real procedería de una guerra comercial con la subida del precio del suministro del gas ruso. La consecuencia es que el primer ministro Azarov y el presidente Yanukovich han dejado patente que desean evitar que su país se integre en el pacto con la UE.

Si inicialmente fueron partidarios del acuerdo con la UE, más tarde evolucionaron a una posición intermedia, apoyando un pacto comercial a tres bandas - por decirlo así - que uniría a Moscú con Bruselas, vía Kiev, teniendo en mente que los gasoductos que atraviesan Ucrania llevan gas de Rusia a la UE (debemos recordar los problemas de suministro ocasionados en varios países de la UE en invierno 2009).

Dicha postura es insostenible, y consciente de ello, la ex primera ministra Tymoshenko, ha afirmado desde prisión, que está dispuesta a renunciar a su libertad (una condición que la UE ha exigido desde el primer momento), a cambio de que Ucrania firme el acuerdo con la UE.

Más preocupante es que las fuerzas de seguridad hayan gaseado a los manifestantes proeuropeistas, muchos de los cuales enarbolaban pancartas del estilo “Queremos estar unidos a Europa”.  Ello hace temer un posible giro autoritario por parte de un cuestionado gobierno, electo tras repetir unas polémicas elecciones en 2010.

Este jueves se inicia la cumbre de Vilnius, en la que los representantes de la UE esperan poder contar con más apoyos para incrementar su influencia hacia el Este. Por lo pronto, los presidentes del Consejo y de la Comisión ya han manifestado su contundente desaprobación al gobierno ruso.  

Los oficiales y líderes de la Unión Europea tienen la ocasión de apostar por la transparencia plena, revelando los detalles del acuerdo, de manera que se visibilice qué parte es el "jugador honesto" en esta disputa.

La UE se juega mucho, pero sobre todo, son muchos los ucranianos que perciben que tienen la oportunidad de pasar página, de poner fin a una historia de sometimiento y emprender un nuevo rumbo político y económico, entrando a formar parte algo más que un pacto comercial, una unión de ciudadanos, como es la Unión Europea. Aquí, los ucranianos defensores de la libertad serán bienvenidos siempre.